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Roberto Oswald: un "maestro" por derecho propio

Pablo Gianera
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16 de julio de 2013  

La inesperada pérdida de Roberto Oswald depara no solamente la ausencia de un artista irrepetible, sino también la interrupción de toda una tradición que él mismo, con su profusa y lúcida tarea más de medio siglo, tan asociada al Teatro Colón, se había encargado de acuñar.

Que el hombre que ahora asociamos para siempre con los dramas musicales de Richard Wagner haya tenido su bautismo de fuego escenográfico con Claude Debussy puede sonar paradójico. La historia, que al régisseur le gustaba contar, es la siguiente: el mandato familiar le había impuesto los estudios de farmacia y bioquímica, pero hacía tiempo que la voluntad por la escena crecía en secreto, a escondidas. Un día, el dueño de la disquería en la que el joven Oswald compraba sus óperas, le sugirió, después de ver unos bocetos para puestas imaginarias, que viera a Juan Pedro Montero, entonces director del Colón. El debut se produjo con la puesta de Pelléas et Mélisande , que subió el 19 de junio de 1962. Su primera escenografía para Tristán e Isolda , la ópera que más amaba y de la que llegó hacer más de quince producciones, llegó en la temporada de 1963, con dirección musical de Ferdinand Leitner y régie de Ernst Poettgen, que fue quien lo alentó a asumir algún día la dirección teatral. Oswald se tomó su tiempo y dirigió su primera puesta en 1979. Desde entonces, y sobre todo a partir de su productivísima colaboración con el diseñador y vestuarista Aníbal Lápiz, la definición de "maestro", que suele reservarse para los músicos, le corresponde por derecho propio, y como tal, como maestro, era reconocido por colegas, cantantes y directores musicales.

Aunque brilló también con Verdi y Puccini (ahí está, en épocas cercanas, su recordada puesta de Turandot , en 2006, en el Luna Park, con el Colón recién cerrado), la imaginación visual de Oswald tuvo siempre una inequívoca afinidad con el universo de Wagner. Si algo definía sus puestas era la extrema estilización, pero era un tipo de estilización que, radicalizada, llegaba casi a la abstracción; una abstracción que por lo demás se ajustaba como un guante a la condición simbólica de los tiempos míticos wagnerianos. Lohengrin fue la primera obra que dirigió en el Colón -aquella de 1979, ya con Lápiz-, y fue también la última, en 2011; quienes la hayan visto habrán tenido una muestra de la pericia de Oswald también como iluminador, con la maravillosa transformación, durante el segundo acto, de la noche en día. Había hecho recientemente una puesta de Parsifal para el Teatro Municipal de Santiago de Chile.

En una entrevista publicada en la nacion en 2002, Oswald contaba: "De todos los Tristanes hay un solo punto que mantuve siempre: la antorcha. Cuando ella la toma, las dos cadenas se abren, como diciendo: la dejamos en libertad de hacer lo que quiera, y entonces ella la apaga. Eso que es un hallazgo mío no se lo vi hacer a nadie. No lo copié y lo vi funcionar tan bien que fue pasando de versión en versión." Hay ahí una clave de su arte: la persecución del descubrimiento y de la invención en el interior de una permanencia.

La inesperada pérdida de Roberto Oswald depara no solamente la ausencia de un artista irrepetible, sino también la interrupción de toda una tradición que él mismo, con su profusa y lúcida tarea de más de medio siglo, tan asociada al Teatro Colón, se había encargado de acuñar.

Que el hombre que ahora asociamos para siempre con los dramas musicales de Richard Wagner haya tenido su bautismo de fuego escenográfico con Claude Debussy puede sonar paradójico. La historia, que al régisseur le gustaba contar, es la siguiente: el mandato familiar le había impuesto los estudios de farmacia y bioquímica, pero hacía tiempo que la voluntad por la escena crecía en secreto, a escondidas. Un día, el dueño de la disquería en la que el joven Oswald compraba sus óperas le sugirió, después de ver unos bocetos para puestas imaginarias, que viera a Juan Pedro Montero, entonces director del Colón. El debut se produjo con la puesta de Pelléas et Mélisande , que subió el 19 de junio de 1962. Su primera escenografía para Tristán e Isolda , la ópera que más amaba y de la que alcanzó a hacer más de quince producciones, llegó en la temporada de 1963, con dirección musical de Ferdinand Leitner y régie de Ernst Poettgen, que fue quien lo alentó a asumir algún día la dirección teatral. Oswald se tomó su tiempo y dirigió su primera puesta en 1979. Desde entonces, y sobre todo a partir de su productivísima colaboración con el diseñador y vestuarista Aníbal Lápiz, la definición de "maestro", que suele reservarse para los músicos, le corresponde por derecho propio, y como tal, como maestro, era reconocido por colegas, cantantes y directores musicales.

Aunque brilló también con Verdi y Puccini (ahí está, en épocas cercanas, su recordada puesta de Turandot , en 2006, en el Luna Park, con el Colón recién cerrado), la imaginación visual de Oswald tuvo siempre una inequívoca afinidad con el universo de Wagner. Si algo definía sus puestas era la extrema estilización, pero era un tipo de estilización que, radicalizada, llegaba casi a la abstracción; una abstracción que por lo demás se ajustaba como un guante a la condición simbólica de los tiempos míticos wagnerianos. Lohengrin fue la primera obra que dirigió en el Colón -aquella de 1979, ya con Lápiz-, y fue también la última, en 2011; quienes la hayan visto habrán tenido una muestra de la pericia de Oswald también como iluminador, con la maravillosa transformación, durante el segundo acto, de la noche en día. Había hecho recientemente una puesta de Parsifal para el Teatro Municipal de Santiago de Chile.

En una entrevista publicada en la nacion en 2002, Oswald contaba: "De todos los Tristanes hay un solo punto que mantuve siempre: la antorcha. Cuando ella la toma, las dos cadenas se abren, como diciendo: la dejamos en libertad de hacer lo que quiera, y entonces ella la apaga. Eso que es un hallazgo mío no se lo vi hacer a nadie. No lo copié y lo vi funcionar tan bien que fue pasando de versión en versión". Hay ahí una clave de su arte: la persecución del descubrimiento y de la invención en el interior de una permanencia.

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