Como en los viejos tiempos

Patrimonio de la Humanidad y tesoro familiar con más de cuarenta dueños, Santa Catalina es la estancia mejor conservada de la ruta jesuita cordobesa. Un viaje al 1600
Diego Valenzuela
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21 de julio de 2013  

Visitar la estancia Santa Catalina es tomar contacto con uno de los mejores testimonios del siglo XVII y XVIII que se preserva en la Argentina. Porque su estado de conservación y el entorno rural, el mismo que hace tres siglos, lo transportan a uno literalmente a un pasado remoto. Llegar ya es un disfrute. Son apenas 70 kilómetros desde la capital de Córdoba, y desde Jesús María, por la ruta E53, los últimos 13 son de tierra: el camino serpentea y mantiene escondida la estancia, entre las ondulaciones del terreno. De pronto aparece a la derecha un conjunto de casas de piedra y adobe: es la ranchería, el pueblo donde vivían los peones y esclavos, hoy transformado en despensa y bar. Enfrente, el ingreso a la majestuosa iglesia de impactante color blanco.

Santa Catalina está abierta al turismo como museo de sitio, con restricciones para la visita de las zonas residenciales. Pero en una reciente escapada, la Revista tuvo oportunidad de conocer todos los secretos, tanto de la iglesia como de la estancia, en compañía de Daniel de la Torre, uno de sus varios propietarios.

Sus dueños (unos 40) están organizados  como un consorcio familiar y se administran con sus propios recursos económicos, sin aportes de otros orígenes. "Esto no es una queja ni lamento, lo asumimos como responsabilidad social", dice Daniel, que es arquitecto y cumple la función de intendente del lugar. La gran mayoría de ellos van asiduamente; cada grupo familiar tiene sus habitaciones predeterminadas, y pasan allí vacaciones, feriados, fines de semana, entre fútbol, asado, cabalgatas, lectura y charlas.

Esta estancia, con su inconfundible templo barroco, se distingue por varias razones: sus orígenes datan de 1622, se trata de la única que sigue en manos de la misma familia desde 1774 y es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2000. Además sigue siendo residencia y lugar de culto, como en los viejos tiempos: no sólo se bautizan y casan los hijos de la amplia familia propietaria, sino que cualquiera puede concertar un casamiento en ella o acudir a misa. Alejandro de la Torre (37) es abogado e hijo de Daniel: "Para nosotros Santa Catalina es parte de la familia. Me bautizaron, me casé y bauticé a mis hijos en la iglesia. Las cosas trascendentes de nuestra vida suceden allí".

La iglesia depende de la parroquia de Jesús María y el párroco oficia misa, como en cualquier templo. Este es un legado del primer comprador, luego de la expulsión de los jesuitas del virreinato: en el acta de compra de la estancia (1774) Francisco Antonio Díaz se asume como patrono de la iglesia y toma la responsabilidad de proveer el pasto espiritual a los pobladores.

Los orígenes

La Compañía de Jesús se establece en Córdoba en 1599, crea en 1608 el noviciado para la formación de sus miembros y en 1610 el Colegio Máximo, que da inicio a la primera universidad argentina. Para mantener los colegios, los jesuitas construyeron un sistema de 6 estancias con fines productivos.

La historia de Santa Catalina arranca en 1622, con la compra de tierras al herrero Luis Frassón –antiguo miembro de la expedición de don Jerónimo Luis de Cabrera–. Los trabajos de construcción demandaron 150 años.

La estancia es un mecanismo de relojería que sigue funcionando hasta hoy. Una obra de ingeniería hidráulica trae agua del río, a 5 kilómetros, con un pequeño acueducto, y un sistema de túneles abovedados de 250 metros de longitud, para desembocar en el Tajamar. Hoy sigue siendo la única fuente de agua de la estancia, de la pequeña localidad cercana y de los campos aledaños.

El predio tuvo 167.500 hectáreas y se dedicó principalmente a la cría de mulas (llegó a tener 14.000 cabezas), ganado entonces de valor muy superior al vacuno, porque se vendían en el Alto Perú para el trabajo en las minas.

La familia Díaz

Santa Catalina estaba funcionando a todo vapor cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de los dominios españoles, en 1767. La salida de los padres fue intempestiva y traumática, y la estancia se ofreció en subasta pública. Ahí apareció Francisco Antonio Díaz, alcalde de primer voto de la ciudad de Córdoba, en 1774, para comprarla con el compromiso de sostener la iglesia y el culto. Es decir, desde hace 239 años se encuentra en la misma familia, un caso único en el país, especialmente por el valor patrimonial del lugar.

El español Díaz, coronel del Ejército Real, pagó 90.717 pesos y 4 ½ reales, y realizó su propuesta de compra en estos términos: "Me allano a comprarla con todas sus tierras, esclavos, edificios y ganado bajo las siguientes condiciones: que la iglesia haya de quedar a mi disposición, reconociéndome como patrono de ella… me haré cargo de los gastos… manteniéndola con toda la decencia… Teniendo un capellán que suministre el pasto espiritual… entregándoseme todas las alajas (sic) y ornamentos". Así se firmó la escritura.

Su segundo dueño, el coronel don José Javier Díaz, fue el primer gobernador patrio elegido por los cordobeses en 1815 y 1820. En su rol de 2º jefe del regimiento de tres mil hombres de Córdoba, participó en la reconquista de Buenos Aires, fue dos veces gobernador de Córdoba, impulsor del Congreso de Tucumán de 1816 y sostén de la campaña libertadora del General San Martín con 100 mulas ensilladas y ropa de abrigo producida en los telares de Santa Catalina.

La estancia

El casco se componía de la iglesia, el cementerio, la residencia, los talleres y la huerta: es un conjunto amurallado de unas 8 hectáreas, más la ranchería con sus 50 habitaciones. Se hacía de todo en la estancia, hasta la ropa y los sombreros para los peones. Tuvo molinos, hornos de ladrillos y tejas, carpintería, bodega, panadería, jabonería y hasta lechería.

Santa Catalina era un complejo ganadero, agrícola y artesanal, en el que se criaba ganado mular, caballar, bovino y ovino, se hacía agricultura y fruticultura. Su giro productivo no fue menor: según los inventarios en los tiempos de la expulsión, los indios conchabados y esclavos eran más de 500 (al momento de la tasación significaban un 33 % del valor de la estancia).

Como mostró Carlos Mayo, "el ideal de la empresa jesuítica es la autosuficiencia, vender y no comprar, diversificar la producción  dado el empleo masivo de mano de obra esclava". Los esclavos producían todo lo necesario para su subsistencia y la de los conchabados.

El inventario de 1767 releva una chacra para el cultivo de trigo, 12 arados con sus rejas, y una huerta donde se levantaban entre vides y nogales, 314 membrillos, 200 durazneros y 207 manzanos.

En la ranchería (habitaciones de piedra, barro, y techos de tirantes, cañas y tejas) vivían quienes trabajaban en la estancia. Las esclavas solteras lo hacían en una casa de cinco habitaciones cercadas.

El patrimonio que compró Díaz hace dos siglos y medio tiene un valor histórico incalculable: hay instrumentos musicales (un clave, siete violines, dos violones, una trompa marina y un arpa) y numerosos objetos expuestos en la iglesia: la llave del sagrario de plata, vasos para la comunión, candelabros, cruces, relicarios, mobiliario y numerosas imágenes y esculturas.

La fachada de la iglesia y el cementerio forman un conjunto imperdible de estilo barroco como el que dominaba la arquitectura palaciega y eclesiástica durante el siglo XVII en el centro de Europa. En su cementerio queda la lápida del nieto de Francisco Antonio Díaz, Gabriel Díaz (1817-1856), que recuerda una historia trágica de engaños. La lápida no tiene signos religiosos porque murió asesinado en una incómoda situación de amores.

Historias curiosas

Personajes y sucesos se cruzan en el rico pasado de Santa Catalina. Una historia repetida entre la familia es la de Doménico Zipoli, músico y hermano jesuita que vivió y murió en Santa Catalina. Fue un experto en música litúrgica barroca: sus restos se encuentran en el pretil de la iglesia recordados con una pequeña placa.

Entre los Díaz prevalecieron los sentimientos mayoritariamente unitarios, en una época fuertemente federal. En ese contexto, el joven Felipe Díaz se dirigía a reunirse con grupos unitarios del general Paz en 1841 cuando fue detenido y se ordenó su fusilamiento. El destino quiso que uno de los encargados de efectuarlo sea un ex peón de Santa Catalina, entonces soldado federal, quien lo dejó huir. Como agradecimiento, Felipe le regala sus botas de potro y le hace una promesa: hacer una función religiosa en homenaje a Santa Catalina de Alejandría, promesa que se cumple en forma continua desde 1840, todos los últimos domingos de enero.

Fue estrecho el vínculo de Santa Catalina con Julio Argentino Roca y el cordobés Miguel Juárez Celman, quienes discutieron la política nacional en sus salones. Elisa Funes Díaz era la mujer de Juárez Celman, hermana de Clara Funes Díaz, que se casó con Roca. La estancia La Paz, que era parte de la Estancia Santa Catalina, la heredan Elisa y Clara de su madre Guillermina Díaz de Funes. Roca amplía el casco y hace un parque de 100 hectáreas diseñado por Carlos Thays. Elisa y Clara veraneaban en Santa Catalina, y Juárez Celman y Roca tenían una gran amistad con Gregorio Gavier, otro integrante notable de la familia de Santa Catalina.

Gavier, gobernador de Córdoba que sucede a Juárez Celman en 1883, fue un dirigente liberal que tuvo peleas con la Iglesia Católica y llevó adelante medidas progresistas en la provincia (por ejemplo, en su gestión llegó el teléfono). Daniel Gavier, su hijo, trajo de Europa la tecnología de producción del cemento portland e instaló en 1906 la primera fábrica de cemento de América del Sur. Daniel Gavier era el abuelo de Daniel de la Torre, quien nos llevó a recorrer la estancia.

En Santa Catalina también se sintió la tensión clave del siglo XX, entre peronistas y antiperonistas. A Alejandro Díaz Bialet lo miraban raro: fue juez hasta el 55, y en los 60 empezó a actuar en política junto a Jerónimo Remorino (canciller de Perón desde el 51). Participó de la Hora del Pueblo, del Frejuli, y fue electo senador en marzo de 1973 por la Capital en la elección que ganó Héctor Cámpora, para pasar a ser presidente provisional del Senado. Su hija, Cristina Díaz Bialet (casada con Daniel de la Torre), lo recuerda así: "En Santa Catalina se cruzaban una mayoría de católicos y liberales con los nacionalistas y peronistas. Mi papá fue casi un accidente geográfico, un auténtico peronista entre tantos liberales".

Por poco Díaz Bialet no fue presidente: cuando renuncia Cámpora y es elegido Perón, por ley de acefalía debía ocupar el cargo transitoriamente Alejandro Díaz Bialet, por ser presidente de la Cámara de Senadores. Como no era de extrema confianza de Perón, fue el enviado argentino a la reunión de países no alineados, y quedó a cargo del Poder Ejecutivo el titular de la Cámara de Diputados Raúl Lastiri.

La historia late en Santa Catalina.

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