Inquietantes paralelos de la corrupción en dos orillas

Martín Rodríguez Yebra
(0)
21 de julio de 2013  

Lo escalofriante de la corrupción política no es saber que existe, sino tenerla delante de los ojos; ese instante obsceno en que una sociedad descubre las cloacas del sistema.

España vive en ese lugar incómodo desde que Luis Bárcenas decidió tirar de la manta que cubría las miserias del PP y enlodó con su venganza al presidente Mariano Rajoy, el hombre que lo había nombrado tesorero del partido.

Acorralado, Rajoy apeló al manual de pragmatismo . Dijo que el país necesita "estabilidad política" para salir de la crisis económica y que él no va a permitir que la ponga en riesgo el "chantaje" de su ex colaborador. Traducido: no importa si mintió o no; si cobró sobres con billetes de 500 euros; si su gente amañó contratos para compensar a financistas. La clave es convencer a los españoles de que no les conviene seguir chapoteando en el chiquero.

En la Argentina, la fórmula tiene arraigo. El "roban pero hacen" durante el menemismo o la indiferencia social con la corrupción a lo largo de la década kirchnerista reflejan un patrón de conducta ante el escándalo. Primero, la fascinación; después, la resignación; al final, el olvido.

La confesión de Bárcenas ocurría mientras en Buenos Aires un juez ordenaba detener al ex secretario de Transporte Ricardo Jaime. El paralelismo resulta tentador: Bárcenas "cantó" cuando lo mandaron a la cárcel, ¿se quebrará también Jaime, si alguna vez le toca ese destino?

El problema con Jaime es que ya dejó demasiadas cosas a la vista sin necesidad de hablar. Se hizo comprar un jet privado por contratistas del Estado, vivía en pisos de lujo pagados por empresarios, se descubrieron miles de correos electrónicos que desnudaron gestiones para conseguir aportes ilegales de campaña... Peor aún: el sistema de transporte público que moldeó en sus seis años de disfrute del poder saca a la luz con incruenta cotidianeidad el horror de las tragedias humanas.

A Bárcenas y a Jaime les gustan la buena comida, la ropa cara, los viajes. Jaime se exhibía en motos de alta cilindrada; Bárcenas solía guardar en el garaje de la sede del PP el trineo que usaba en sus aventuras por el círculo polar. De entre todos los parecidos, uno los hermana sobre el resto: contaban con la confianza máxima de sus superiores. Rajoy, uno; Néstor y Cristina Kirchner, el otro.

Jaime le ganaba a Bárcenas en su falta de discreción. En España recuerdan muy bien sus visitas periódicas para negociar con grandes empresas. "Venía a pedir dinero de manera descarada", relata un funcionario que lo trató de este lado del Atlántico.

El Gobierno acompañó enmudecido el ocaso de Jaime. Renegó de él como si bastara con el silencio para borrarlo de la historia. Lo mismo intenta con Lázaro Báez, otro amigo en apuros. En España, la caída en desgracia de Bárcenas amenaza con arrastrar a Rajoy. El líder español intentó conjurarlo sin hablar y ampararse en su mayoría legislativa. No le alcanza. El posible avance de la justicia, las presiones opositoras y la mancha en la reputación internacional que implica el escándalo para su país lo obligarán a ofrecer una explicación pública sobre la corrupción en el PP.

Es un matiz que habla de dos sociedades enfrentadas a decidir cuánto están dispuestas a tolerar de sus dirigentes a cambio de una tranquilizadora "estabilidad política".

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.