En Italia, Francisco gravita en la vida diaria

24 de julio de 2013  

ROMA.- Acabo de llegar a Roma luego de recorrer una vez más Italia de Norte a Sur. Como en todas las ocasiones, mi primera visita fue a la Plaza San Pedro, aunque no para entrar en la Basílica, que conozco palmo a palmo, sino con el fin de palpar ese ambiente tan especial en que se confunden personas de todas las edades, condiciones y credos en una puja denodada para sacar fotografías o comprar recuerdos. Como antes con sus predecesores, la imagen del pontífice argentino lo cubre todo; se la contempla en los medallones de distintos metales y precios, en los grandes retratos y en las pequeñas estampas, en los pergaminos con la bendición apostólica, en los calendarios y en todo tipo de objetos. Los negocios venden, junto a las sonrientes imágenes del Papa, un almanaque en el que por cada mes se observa el rostro de un sacerdote con rasgos de galán de cine. Estoy seguro de que Francisco se encuentra ajeno a todo ese mercadeo que no se condice con su talante austero, sumido en cuestiones mucho más serias e imperiosas que ocurren constantemente dentro y fuera del Vaticano.

En estos días, los medios de comunicación se refieren con lógica insistencia a la visita del papa Francisco a Brasil, adonde llegó anteayer, y a la "alerta roja" en que se hallan todos los organismos de seguridad ante la decisión del Pontífice de prescindir del vehículo blindado que usaron sus predecesores para aproximarse a las multitudes que quieren sentirlo y pedirle su bendición. Con admirable valor -y según la gente común de este país que lo siente muy próximo y lo ama sin retaceos, con temeridad-, el Santo Padre viajó en un avión de línea y ya ha empezado a mezclarse con la gente y con los jóvenes que han llegado a Río desde todas las latitudes.

A lo largo de nuestro viaje por ciudades y pueblos medievales, Fernanda y yo pudimos percibir cómo gravita Francisco en la vida cotidiana de la gente sencilla, de aquellos que sienten en sus propios corazones la ráfaga de renovación de la vida espiritual y de los cambios que creen indispensables en la Iglesia. El solo escuchar nuestro acento argentino disparaba la pregunta: "¿Conocen al Papa?". Respondíamos que lo habíamos visto hace tiempo portando una valijita negra en la estación de ómnibus de Retiro, o que habíamos escuchado alguna breve homilía en la Universidad Católica. Para mis adentros pensaba que sin duda el Espíritu Santo se había posado sobre aquel hombre de aspecto exterior severo para entregarle ahora el don de una permanente y contagiosa sonrisa.

La reflexión de las personas "de a pie", como se decía antes, que escuchamos iba en un mismo sentido: "Es uno de nosotros, un hombre que quiere cambiar las cosas en el mundo y sobre todo en la Iglesia".

"Ha metido la mano a fondo para hacer limpieza", comentó una señora paduana. "Temo por el Papa", me dijo un pequeño comerciante en la deslumbrante ciudad toscana de San Miniato. "Se ha atrevido a romper costumbres y corrupciones antiguas. No me preocupa tanto el viaje a Brasil como su día a día en el Vaticano." Un taxista nos confesó en Nápoles que el modo directo y profundo de Francisco lo había devuelto a la Iglesia. Y por fin, para no seguir con otras muchas manifestaciones, una estudiante universitaria calabresa se ensombreció cuando creyó encontrar alguna similitud entre ciertas determinaciones de Francisco y gestos del prematuramente desaparecido papa Luciani.

Al llegar a Roma, no lográbamos enfilar nuestro coche hacia la dirección de la empresa que nos lo había arrendado. Una y otra vez entrábamos por la rotonda multidireccional. Al fin logré que un automovilista se detuviese. Le pregunté cuál era el camino y respondió con una sonrisa: "Sígame, y conste que lo hago por el papa Francisco". Ambos sentimos que era una suerte pronunciar el italiano con entonación argentina y que debíamos agradecerle al ex arzobispo porteño por su carisma tan extendido y profundo.

Uno piensa, en este país tan similar al nuestro en sus virtudes y defectos, que es un regalo que este hombre que combate la corrupción, la desigualdad y la pobreza; que remarca la primacía del bien, la paz y la justicia; que exalta la grandeza del perdón en lo individual y lo social como prolongación del amor de Dios, reconozca sus orígenes en la vieja península y en nuestro país, la tierra donde nació y germinó su vida de sacerdote y de pastor. Aquí la gente sencilla lo siente uno de ellos; en la Argentina, donde la mayoría de sus habitantes comenzó a conocerlo cuando aceptaba el papado con el nombre del santo de la paz y el bien, se sabe que el líder de la Iglesia la tiene cotidianamente presente en la acción y en el corazón.

© LA NACION

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