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Osvaldo Bonet: murió uno de los grandes actores y directores de la escena nacional

Susana Freire
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31 de julio de 2013  

De bajo perfil, trabajando sin levantar la voz, hasta se podría decir que tímidamente, querido por todos los que lo conocieron, así se podría definir a Osvaldo Bonet, actor y director que brilló en la radio, el cine (como actor y asistente de dirección), la televisión y, sobre todo, en el teatro (medio en el cual desarrolló la mayor parte de su profesión) y que murió ayer, a los 95 años. Sus restos se trasladarían hoy a la mañana al Cementerio Jardín de Paz, en Pilar.

Este actor de raza, considerado como uno de los más coherentes y consecuentes de su generación nació el 30 de septiembre de 1918 y estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Hijo del profesor de literatura Carmelo Bonet, fue un gran defensor de la escuela pública. "Me apasionaban la física y la matemática. Me preguntaba qué iba a pasar cuando se dividiera el átomo. En aquel momento pensábamos que si se lograba hacerlo, habría tanta energía en todo el mundo... ¡Qué iba a pensar yo que cuando murieron miles de personas en Hiroshima y Nagasaki eso era la división del átomo! Eso me generó una profunda desilusión... Sólo gracias a la ganas de vivir es que producimos cosas, entre las cuales está el teatro, ese juego de representarnos para ver cómo somos, eso de hacer muecas frente al espejo."

Esas muecas lo llevaron a encarar definitivamente esta profesión (estudió en el Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico Carlos López Buchardo) hasta el punto de que es casi imposible en esta reseña enumerar las obras en las que participó. No hubo autor que no lo contara en alguna de sus representaciones: Beckett, Shakespeare, Osborne, Orton, Pirandello, Chejov, Lope de Vega, Daniel Veronese, Bernard Shaw, Carlos Gorostiza, Tirso de Molina, Osvaldo Dragún y decenas de dramaturgos más.

Lo mismo sucede con los premios que se le prodigaron justificadamente: Ace, Trinidad Guevara, APA, Pablo Podestá, Acita, Municipal, Casa del Teatro, Fondo Nacional de las Artes, entre muchos otros.

Dirigió la Comedia Nacional Argentina, fue el primer director artístico del Teatro General San Martín, director del Teatro Nacional Cervantes y director nacional de Teatro y Danza, y fue el propulsor, en 1985, al frente de esta entidad, de la realización de la Fiesta Nacional del Teatro.

Era un hombre totalmente comprometido con la actividad teatral. Con motivo del 50° aniversario del Teatro San Martín, del que fue director de actores, manifestó: "Para mí, el San Martín fue una gran parte de mi vida. El teatro se fue haciendo en la misma medida que mi carrera. Recuerdo que me metía en la construcción para espiar cómo iba creciendo. No puedo dejar de recordar que este teatro fue inspirado por Antonio Cunill Cabanellas, mi maestro, y siempre tuve devoción por él. Además de actuar y dirigir, llegué a ser director artístico en 1968. Tengo miles de recuerdos, pero los más fuertes fueron el abrazo que nos dimos con María Rosa Gallo al terminar la función de Las troyanas , o cuando Victoria Ocampo vino a ver Los mirasoles , que yo dirigía, y me dijo: «Esto es una maravilla», o el agradecimiento de Ernesto Bianco al salir de un ensayo de Cyrano de Bergerac [obra que el actor estaba protagonizando en el momento de su muerte]. «Esto te lo debo a vos», me dijo, y aún lo sigo escuchando." También María Rosa Gallo recuerda aquel abrazo y otros momentos no tan agradables en materia teatral, que sucedieron durante las últimas décadas: "Sobre todo en nuestro país, donde hubo y hay muy pocos gobiernos que han mostrado interés por la cultura, tener el Teatro San Martín es una maravilla. Después de tantos años de luchas y a pesar de haber conseguido la ley del teatro, son pocas las posibilidades de hacer obras importantes. El San Martín facilita esto, que no es solamente para los actores, sino para todo el público".

Entre tema y tema, recordaba a su maestro Cunill Cabanellas, a sus padres, sus juegos infantiles y a sus compañeros de escena, como María Rosa Gallo, Lydia Lamaison, Alfredo Alcón, Onofre Lovero, Julio Chávez, Claudio Tolcachir, Veronese y cientos de jóvenes teatristas a los que él definía como aire fresco: "Bueno, necesitaban un viejo para la obra", bromeaba cuando se le preguntaba por qué lo llamaban para actuar. "A mí me gustaban los proyectos además porque me interesa el intercambio generacional. Ellos me eligieron y eso me pone contento porque el lenguaje que manejamos a la hora de trabajar, a pesar de las diferentes edades, es el mismo."

De la misma manera se sentía cómodo con sus compañeros de la misma generación: "Trabajar con los jóvenes me resulta agradable. Pero también los actores viejos son frescos y divertidos; no se crea. Para mí, el teatro es como una especie de impulso; será por eso que me cuesta explicar mi apasionamiento por la actuación. ¿Vio los perros cuando juegan con su propia cola? Así es. Cuando era chico cada dos por tres jugaba al teatro. Invitaba a mi madre y a las sirvientas de casa, abría una puerta que daba al patio y ellas se sentaban. Yo hacía algo, me aplaudían un poco y luego se iban. Ese juego permanente lo tuve desde chico; era muy fantasioso".

Esta actitud infantil la mantuvo durante toda su vida. Fue un actor y director que siguió optando por aquello que lo provocaba, que lo hacía sentir más fresco y más vivo, y esto justifica su permanencia en los escenarios porteños.

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