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Christodoulou, inolvidable para los argentinos

Osvaldo Príncipi
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10 de agosto de 2013  

El ámbito boxístico siempre fue rico y generoso para evocar las hazañas de los grandes peleadores de cualquier tiempo; también para resaltar las gestiones de los más pícaros promotores o describir, tal si fuesen monumentos históricos, a los célebres estadios, donde se gestaron los combates inmortales. Siempre hubo lugar para los halagos masivos aunque, extrañamente, los árbitros, que compartieron tantas jornadas épicas sobre los rings, han quedado relegados a la hora del recuerdo y del elogio, inmersos en una curiosa indiferencia.

Sin embargo, hoy se rompe con esta última regla con un reconocimiento universal hacia un referee partícipe de las páginas más espectaculares del boxeo argentino: Stanley Christodoulou.

El árbitro sudafricano, de 69 años, celebrará esta noche su participación en la dirección de 200 combates mundialistas cuando trepe al cuadrilátero del estadio Roberto Durán, de Panamá, para impartir justicia en el pleito entre el local Anselmo Moreno y el colombiano William Urina, por la corona gallo (AMB).

Christodoulou fue aquel que otorgó el máximo crédito de aguante y resistencia al bonaerense Víctor Galíndez, cuando en medio del drama y la sangre noqueó al norteamericano Richie Kates faltando un segundo para el campanazo final, un 22 de mayo de 1976, sagrado para el calendario popular deportivo nacional. Conocida y repetida es la anécdota descriptiva de su camisa bañada en sangre, que hasta hoy se exhibe en el museo del deporte de Johannesburgo -sede del match- y de sus evocaciones hacia el inolvidable campeón de los semipesados.

Creer en el hombre y su espíritu guerrero sobre el ring fue el concepto que, también, aplicó el 10 de diciembre de 1994, en Monterrey, cuando el santacruceño Jorge Locomotora Castro guardaba una bala noqueadora en su repertorio y en su corazón, emergiendo del desastre para noquear a John David Jackson, ante el asombro de los mexicanos y del mismísimo Don King.

Ya se había convertido en un amuleto fortuito para el pugilismo local; el pampeano Miguel Ángel Castellini se consagró ante el español Jose Durán, en Madrid, con su presencia en el ring, en 1976, y el chaqueño Sergio Palma conmovió a Estados Unidos bajo su conducción, cuando barrió del "tinglado" a Leo Randolph, el campeón americano, en 1980.

Un sinfín de clásicos gloriosos se disputó bajo su control: Marvin Hagler vs. Roberto Durán; Aaron Pryor vs. Alexis Argüello o Pipino Cuevas vs. Tommy Hearns, entre tantos, que lo llevaron a ingresar al Salón de la Fama, en 2004, recibiendo honores hasta de su presidente, Nelson Mandela.

Hoy tendrá su gran reconocimiento, al celebrar su segundo centenar de peleas mundialistas. Algo no muy frecuente en este oficio. Siempre dio una chance más al "soldado herido en combate". Esto significó ir contra la corriente, desafiando la postura de la mayoría. Por fortuna y por sapiencia, siempre le salió bien.

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