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Las posibles consecuencias de la derrota oficialista

Es de esperar que, en vez de adoptar una actitud recalcitrante, el Gobierno no siga negando la realidad e interprete que la sociedad pide cambios
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13 de agosto de 2013  

No ha dejado lugar a dudas ni ambivalencias el resultado de las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) celebradas anteayer en lo que hace a la magnitud de la derrota sufrida por el kirchnerismo en buena parte de la geografía nacional, incluyendo los más importantes distritos electorales.

A estas alturas, no vale la pena esbozar un nuevo análisis de las causas que produjeron ese resultado porque han estado a la vista de la sociedad, que también las ha sufrido y ha votado en consecuencia. En cambio, resulta más interesante y útil bosquejar cuáles pueden ser las reacciones del Gobierno y qué actitudes puede llegar a adoptar a la luz de los números que arrojaron las urnas.

Es verdad que esas cifras no se trasladarán necesaria y automáticamente a los comicios legislativos del 27 de octubre próximo para la renovación de la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. Pero también es cierto que la innegable claridad con que muestran el agotamiento del kirchnerismo impide pensar que esos resultados puedan variar drásticamente dentro de sólo dos meses y medio.

¿Qué actitud adoptará la Presidenta en sus dos restantes años de mandato ahora que la posibilidad de su re-reelección, que ya era remota, se alejó definitivamente, pues resulta innegable que el futuro Congreso no reunirá las mayorías especiales para habilitar una reforma constitucional?

A la luz de la práctica habitual del kirchnerismo de no dejarse abatir ante las derrotas, por grandes que éstas fueran, y de redoblar la apuesta como si nada hubiera ocurrido, es posible que el Gobierno se encierre aún más en sí mismo y adopte una actitud todavía más radicalizada y autoritaria, propia tanto de quien quiere negar la realidad como de quien, consciente o inconscientemente, busca castigar a los que considera culpables de esa realidad desgraciada y que abarcan desde la sociedad en general hasta los gobernadores e intendentes que se independizaron del oficialismo y que podrían padecer futuros recortes de fondos, una posibilidad sobre la cual alertó ayer Sergio Massa.

Si el Gobierno quiere, puede intentar consolarse con la vana idea de que la mayoría de la sociedad no supo apreciar en su real dimensión la revolución iniciada diez años atrás y los beneficios de la "década ganada". Esta clase de pensamiento rayano en la alucinación puede conducir a un endurecimiento de un régimen que se ha caracterizado por avasallar la independencia de los poderes, por ignorar las resoluciones del Poder Judicial y por querer sojuzgar a los jueces independientes y al periodismo crítico.

Otro argumento que abona la posibilidad de un endurecimiento es la necesidad de la Presidenta, ahora que se evaporó su re-reelección, de erigirse en la gran electora para la sucesión dentro del peronismo con vistas a la elección presidencial de 2015. Arrogarse ese papel sería una forma de intentar atenuar una irreversible pérdida de poder que, haga lo que haga y adopte la actitud que adopte, le harán sentir un peronismo al que el kirchnerismo ha maltratado y una Justicia que empezará a perder el miedo y quizá saque de su letargo las numerosas causas de corrupción que atañen a importantes funcionarios.

Sin embargo, es un interrogante si la Presidenta podrá ejercer el papel de electora. La fuerza política que lleva diez años en el poder y que es tributaria del peronismo que gobernó 22 de los 30 años de vida democrática deberá afrontar el desafío para el cual carecen de respuestas los regímenes populistas: la sucesión. El populista sólo concibe sucederse a sí mismo.

Mientras tanto, los desafíos de corto plazo de la economía –inflación, cepo cambiario, déficit de las cuentas públicas, crecientes importaciones energéticas, pérdida de reservas, fuga de divisas, precios relativos desalineados, desaceleración del nivel de actividad– se tornan más exigentes por la perspectiva de un escenario internacional menos favorable que en el pasado reciente. Es de desear que el Gobierno comience a encarar esos problemas con realismo. Falsear los índices de inflación no ha servido para luchar contra ese flagelo.

De todos modos, no hay que descartar que un régimen que ha privilegiado un relato mentiroso en detrimento de la realidad reaccione ante un golpe como el recibido mudando su libreto por una lectura más atenta de lo que ocurre y de lo que el país necesita. En este sentido, sería deseable que la Presidenta amplíe el estrecho círculo de sus consejeros y se digne a escuchar incluso a quienes no le presentan un panorama acorde con el relato kirchnerista. Pueden ser los más sinceros y los más útiles. Al fin y al cabo, ese papel lo cumplió la sociedad el domingo pasado.

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