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Adiós a la teoría del voto cautivo

Contra todos los pronósticos, el kirchnerismo retrocedió en las primarias en los 24 partidos del conurbano bonaerense, un fenómeno que muestra la fragilidad de las redes clientelares para asegurar votos, el deterioro persistente de la calidad de vida de los más pobres y la presencia de cambios demográficos y sociales en una zona electoralmente estratégica que ya tienen efectos en las urnas
Raquel San Martín
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1 de septiembre de 2013  

La foto se tomó unos días antes de las elecciones primarias de agosto, y se difundió por Facebook. Muestra una esquina de Moreno -calles de tierra, un solitario local con paredes descascaradas-, donde un cartel, sostenido por dos cajones de gaseosa, advierte: "Votemos todos y todas a Cristina y Fabián Ríos. Si no votamos, chau pensión, chau Anses, chau jubilasion, chau salarios de nuestros hijos".

Con los resultados de las PASO a la vista, la imagen -similar a muchas repartidas en toda la extensa geografía del conurbano, y que podría haberse fotografiado, con otros nombres, en cualquier momento de las últimas décadas- devuelve otra lectura posible. Muchos de los vecinos leyeron el cartel, cobraron la pensión y retiraron su bolsa de alimentos, pero, en su mayoría, no votaron al kirchnerismo.

Esa desobediencia, que a los sociólogos y antropólogos que estudian el clientelismo no les asombra en lo más mínimo, y que los punteros e intendentes también conocen muy bien, sí parece haber descolocado a muchos dirigentes del Frente para la Victoria, enfrentados a una fuga de votos por debajo, sobre todo hacia Sergio Massa, en los lugares en que parecían más cautivos.

En efecto, en los 24 partidos del conurbano bonaerense, el kirchnerismo perdió 27,4 puntos porcentuales con respecto a las elecciones de 2011, más de lo que perdió en el total del país (25,8). En todos los partidos se registró una merma de votos para el oficialismo, desde 45,5 puntos menos en Tigre, tierra opositora, a 13 puntos menos en Lomas de Zamora, tierra oficialista.

Las explicaciones para esta disminución del apoyo en el conurbano mayormente peronista son variadas: para algunos, La Cámpora no supo hacer el trabajo en el terreno y muchos intendentes terminaron jugando en contra del Gobierno; para otros, la inflación, la inseguridad y la falta de trabajo, fenómenos que se agudizan entre los más pobres, motivaron un voto castigo al oficialismo; algunos señalan transformaciones sociodemográficas que ya están teniendo impacto electoral.

En el desconcierto oficialista y en algunas explicaciones anida, sin embargo, el persistente estereotipo sobre el voto de los pobres, al mismo tiempo llevados de las narices por un plan social y racionales como para calcular costos y beneficios y "vender" su voto. Algo pasa en el conurbano, y de saber leerlo parecen depender en buena medida los resultados de octubre.

El estratégico segundo cordón

Populoso, heterogéneo, hogar de millonarios y excluidos por igual, el conurbano aloja, según el último censo nacional, a algo más de 9.910.000 habitantes (casi un cuarto de la población del país), un número que se multiplica aceleradamente: entre 2001 y 2010 su población creció un 14,1%, cuatro puntos por encima de la media nacional. Si la lupa se acerca a los dos cordones que lo constituyen, en círculos concéntricos que rodean a la ciudad de Buenos Aires, más un tercer cordón que llega hasta La Plata –en total, casi 15 millones de habitantes–, estos movimientos poblacionales muestran además dimensiones que pueden explicar resultados electorales.

"Hay un dato del último censo que ya empieza a tener impacto político-territorial. Por primera vez, los partidos de la segunda corona, los más alejados, superan en población a los de la primera corona y a la Capital", advierte Andrés Barsky, investigador del Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), y ofrece los números: la ciudad de Buenos Aires está estancada hace años en 3 millones de habitantes; el primer cordón crece poco y tiene 4 millones de habitantes, mientras el segundo crece aceleradamente y ya alcanza los 5 millones de habitantes. "La dirigencia política opera con otro tipo de lógica territorial, la de las secciones electorales. Pero esta regionalización, que agrupa partidos de distintas coronas, dificulta ver estos fenómenos demográficos", sigue Barsky.

"La gran pregunta de las PASO era ver cómo se iban a comportar los partidos del segundo y tercer cordón, donde parecía concentrarse el voto duro e irreductiblemente afín al Gobierno. Massa irrumpió desde un partido de la segunda corona (Tigre) y tuvo aliados estratégicos en partidos vecinos muy populosos de ese mismo cordón (Malvinas Argentinas, San Fernando, San Miguel y Almirante Brown) y del tercero (Pilar y Escobar), además de uno importantísimo del primer cordón industrial (San Martín). El reacomodamiento de fuerzas políticas que protagonizó el Frente Renovador se produjo en el centro del conurbano profundo, donde están sucediendo estas transformaciones sociodemográficas", apunta. Las cifras electorales apoyan el argumento: entre los 24 partidos, los 11 que más votos kirchneristas perdieron con respecto a 2011 pertenecen al segundo cordón.

Cuando se pasa del mapa a las calles, la vida cotidiana en las zonas más postergadas del conurbano puede explicar por qué ni siquiera la bienvenida Asignación Universal por Hijo y otras transferencias directas de dinero pudieron detener la fuga de votos. "El sector de los vulnerables, que hacen changas y viven del trabajo informal, ha tenido un mal 2012: se paró la construcción y la industria textil, y está sobrendeudado, porque tomó créditos a 90 o 100% anual que ahora tiene que pagar con menos ingresos. Y en 2013 la situación no ha levantado aún –apunta Daniel Arroyo, ex viceministro de Desarrollo Social de la Nación, actualmente en el equipo técnico de Massa–. Al mismo tiempo, en el conurbano se da el fenómeno del malvivir: estar hacinado, tener un mal trabajo y viajar mal, a lo que hay que sumar la inseguridad y el problema de las adicciones. Esto se fue agudizando en los últimos años. Los pobres votan en términos de oferta y de cómo perciben su situación."

De los 43.000 millones de pesos que el Gobierno destina a ayuda social, 38.000 millones llegan en forma de transferencias directas de dinero, como la AUH y pensiones no contributivas. "Hasta ahora estas políticas habían sido un factor para evitar la pobreza extrema, pero prácticamente alcanzan para una canasta alimentaria y nada más. La mayor parte de los sectores pobres no tiene trabajo formal, la inflación los impacta especialmente y la tasa de desocupación es más alta que el promedio. La mejora del consumo que se dio en los últimos años se ha interrumpido y hay un retroceso que ya no se puede compensar con las transferencias monetarias", dice Ernesto Kritz, director del área de Estudios laborales y sociales de Poliarquía.

A esto se suma un fenómeno que se está dando en otros países de la región: "En los últimos años ha surgido una nueva clase media suburbana, que ha comenzado a identificarse con los valores aspiracionales y autorreferenciales de las clases medias de los grandes centros urbanos, que en general tienen una mirada crítica del Gobierno. Con un patrón de consumo más sofisticado, ahora han comenzado a sentir el costo económico de sostener ese nivel de vida", advierte Barsky.

Agenda transversal

Un elemento parece estar fuera de duda: la vinculación de larga data de los sectores populares con el peronismo, en buena medida porque, para quien tiene que resolver todos los días problemas básicos con pocos o ningún recurso, la lealtad se devuelve a quienes responden de manera continuada en el tiempo. Y eso es lo que el peronismo (no La Cámpora, dicen algunos intendentes) siempre ha sabido hacer. Así, curiosamente, mientras parte de las clases medias pueden ver en Massa una renovación, si un intendente del conurbano se pasa a las filas del massismo no deja necesariamente de ser peronista.

"Hay un patrón que se repite en el tiempo, que es la asociación entre bajo nivel socioeconómico y apoyo al peronismo. Y esto se mantuvo en esta elección, en la que el PJ en conjunto sigue reuniendo el apoyo mayoritario de los segmentos de nivel socioeconómico bajo. La pregunta es por qué la gente eligió a un peronismo o a otro –analiza la politóloga María Laura Tagina, docente en la Universidad Nacional de San Martín y en la de La Matanza–. Probablemente, Massa haya ganado al poner en la agenda electoral dos debates de peso, como la inseguridad y la inflación, que atraviesan a todas las clases sociales. Son temas transversales que permitieron reunir apoyo transversal."

¿Será que el kirchnerismo no tiene el arraigo del peronismo en los sectores populares? "No. El kirchnerismo es peronismo, el peronismo oficial hoy. Creo que sigue siendo absolutamente fuerte en los sectores populares y que los resultados de las primarias tienen que ver con la naturaleza de una elección intermedia, en las que a los oficialismos siempre les va peor que en una presidencial, donde se está viendo quién juega por dentro o por afuera del peronismo, en un gobierno que está empezando una transición", afirma Mariela Szwarcberg, profesora del Reed Collage en Portland, Estados Unidos, especializada en movilización de sectores populares y clientelismo en América latina.

Que viven de planes sociales y por eso son "vagos". Que votan por una bolsa de comida o algunos ladrillos a quien sea que se los entregue. Que con el "aparato" se puede ganar una elección. El mundo popular es un compendio de prejuicios para la clase media y alta que lo mira de lejos, muchos de los cuales estas elecciones parecen haber contribuido a poner en cuestión. "El clientelismo es uno de los fenómenos más estudiados en las ciencias sociales en los últimos 15 años. Ya es un lugar común decir que es un prejuicio y que no explica el comportamiento electoral –dice el sociólogo Ariel Wilkis, docente y director de la carrera de Sociología en la Unsam–. Lo que hay ahora es un reacomodamiento de fracciones del peronismo que compiten entre sí y eso explica también la distribución de beneficios materiales, pero eso es parte de la lógica política y no es exclusivo del mundo popular. El clientelismo no es una variable, es una constante."

Así, el reparto de boletas, la "gestión" de planes a cambio de un porcentaje, el acceso facilitado a planes de vivienda, son postales cotidianas en muchos lugares del conurbano, tan entramadas en la vida cotidiana que hace tiempo dejaron de ser anómalas. Y también de asegurar votos. De hecho, si se mira con cierta perspectiva, esa fragilidad de las redes clientelares ya estaba probada: en las elecciones legislativas de 1997, Graciela Fernández Meijide derrotó a Hilda "Chiche" Duhalde y su poderoso ejército de manzaneras; en la década K, Francisco de Narváez venció al propio Néstor Kirchner y muchos intendentes en 2009.

"El clientelismo existe, pero es mucho más acotado de lo que se cree. En la vida cotidiana de los pobres, la política aparece de manera variable, de acuerdo con cuán intenso sea el trabajo territorial de las organizaciones de la zona donde viven. Los punteros, en muchos casos, trabajan como facilitadores para articular a la gente de los barrios con los municipios, es decir, para llevar sus demandas al aparato local de gobierno", afirma Barsky, y describe cómo los "planes" forman parte, en realidad, del complejo entramado de la llamada "economía popular": complementan changas de diverso tipo, comercio informal, empleo doméstico.

"Existe una mirada absolutamente distorsionada sobre el voto de los sectores populares. La gente más pobre tiene que resolver problemas todos los días y está mal ver las elecciones como un festival de clientelismo. Las relaciones clientelares funcionan en el tiempo, por eso el peronismo es más fuerte, porque siempre está", apunta Szwarcberg.

Para decirlo rápidamente, los más pobres deciden su voto como el resto de la sociedad. "El voto se define igual que en otros sectores sociales, por una mezcla de autonomía y dominación. Cuando se analiza a los pobres se pasa de decir que votan porque son cautivos de algunos dirigentes a que votan porque perciben la utilidad de las cosas que reciben. Esas cuestiones se mezclan", dice Wilkis.

Que ningún voto es cautivo parece ser otra lección de las primarias. Paradojas de la democracia: aquellos que el sistema político deja de lado, o mira sólo de a ratos, también pueden torcer su destino.

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