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El inglés que viajó en todos los colectivos porteños

Daniel Tunnard recorrió la ciudad durante seis meses y seleccionó la mejor y la peor
Leonardo Tarifeño
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31 de agosto de 2013  

Quienes viajan en colectivo lo deben haber visto alguna vez. En general va sentado cómodamente en el primer asiento individual detrás del espacio reservado a las personas en sillas de ruedas, oculto entre la multitud y a la caza de aventuras de bajísimo presupuesto (¡sólo $ 1,60!). Inspirado por el libro The know-it-all , en el que el periodista A.J. Jacobs cuenta su experiencia de lectura de las 33.000 páginas de la Encyclopædia Britannica, este inglés radicado en Buenos Aires se propuso un objetivo apenas un poco más modesto: tomar todos los colectivos de la ciudad, hacer los trayectos completos y escribir el relato de esa historia.

Su plan comenzó un frío miércoles de agosto de 2009, y a la semana lo dejó por aburrido. Sin embargo, no pudo sacárselo de la cabeza. Por eso lo retomaría dos años más tarde, en la primavera de 2011, esta vez perfeccionado con un sistema que le permitía conectar los recorridos. Seis meses después había descubierto cada rincón urbano gracias a la sencilla y casi científica iniciativa de viajar en todas las líneas. El proyecto tomó la forma de un blog (www.danieltunnard.com) y ahora aparece en un libro, el insólito Colectivaizeishon, que acaba de llegar a las librerías locales.

Colectivaizeishon es un retrato social dibujado sobre la incomodidad cotidiana que representa el transporte público, un mapa de veinte asientos que elige al mayor templo del fastidio de la ciudad para revelar las costumbres porteñas. Su autor, el inglés Daniel Tunnard, llegó por primera vez a Buenos Aires en 1997, dos años más tarde volvió para pasar seis meses y ya no se fue más. A su manera, el blog, el libro y sus periplos en colectivo constituyen su peculiar homenaje a la ciudad en la que es feliz.

"La calidez de las personas siempre me impresiona. Y cuando esa calidez se manifiesta arriba de un colectivo, más aún. La gente tiene razón en quejarse, pero Buenos Aires ofrece mucho más que motivos de queja. Por eso quería escribir este libro, para que quienes todos los días padecen el transporte público no olviden ese otro lado de la ciudad", señaló Tunnard a LA NACION.

-¿Qué te sorprendió en tus viajes en colectivo?

-Muchas cosas. Por un lado, los colectiveros. A pesar de la fama que tienen, la verdad es que la mayoría son muy amables y ayudan a los pasajeros. Y por otro lado, la gente. Yo siempre viví en barrios, digamos, de clase media, como Palermo, Belgrano y Caballito, y antes de este proyecto nunca había ido a lugares como Dock Sud o Lugano. Y cuando los colectivos me llevaron al Dock, o a las villas 1-11-14 o 21, descubrí que son lugares a los que no se les tiene que tener miedo. Quienes nunca fueron, como había sido mi caso, tienen una imagen que no siempre es la real.

-¿Cuál es el mejor colectivo de Buenos Aires?

-Ah, cada uno tiene su favorito y la gente se apasiona mucho con este tema. Tuve muchas discusiones con fanáticos del 132, que a mí siempre me pareció una línea bastante común y corriente. Por cierto, he tenido la misma discusión acerca de Soda Stereo. También noté que la percepción de los colectivos cambia según el lugar del recorrido en el que vive cada uno. Yo vivo en Belgrano y me gusta el 151, pero un amigo de Almagro lo odia. La rapidez y la actitud directa del 34 me encantan, pero el 166, que recorre casi la misma ruta, me resulta horrible. El 140 ha mejorado mucho últimamente, es uno de los más confortables. Pero mi favorito es el 39 ramal C. Tiene colores lindos, choferes buena onda capaces de esperar en el semáforo si no llegaste a la parada, e imágenes de Carlitos Balá que desean "feliz cumpleaños".

-¿Y el peor?

-También es algo absolutamente subjetivo. Hay algunos muy vuelteros, como el 19, el 133 y el 130. Una vez me bajé del 86 y, mientras intentaba tomarle una foto, una pasajera me dijo: "¿Qué hacés? ¿No ves que es un desastre? La línea está buena, pero el colectivo...". El colectivo es muy importante en la vida de las personas, por eso lo querés o lo odiás por razones más sentimentales que por cualquier otra cosa. A mí me pasa eso con el 106, que odio.

-¿Qué anécdota de las que viviste en los viajes resumiría tu experiencia?

-Bueno, como cualquiera sabe, en los colectivos no pasan tantas cosas. Pero en el 46, que va de La Boca a La Matanza, viví algo curioso. Durante un viaje, a un lado de una villa, se subió un chico con una silla plegable, que abrió para sentarse en el lugar destinado a los discapacitados. Apenas se sentó, encendió un porro. Y cuando una señora con dos niños apareció en el colectivo repleto, él le cedió su asiento a la madre y reclamó a los gritos que alguien le diera el suyo a los niños. La historia me llamó mucho la atención por varios motivos, pero sobre todo porque me demostró que aun aquel señalado como marginal podía ser amable.

-En el prólogo de Colectivaizeishon definís al libro como un proyecto de "psicogeografía porteña". ¿Podrías ampliar ese concepto?

-Es una manera de invitar a los habitantes de la ciudad a salir de la rutina y ver lo cotidiano con otros ojos. Yo sé que no siempre se puede, pero vale la pena salir de la queja permanente y valorar lo positivo. El libro propone esa perspectiva lúdica, en la que subirse a un colectivo que no se toma nunca es la manera más barata y accesible de redescubrir la ciudad.

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