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Dejar y ser dejada

Natalia Laube
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7 de septiembre de 2013  

Malditos (todos mis ex) / Texto: Mariela Asensio, Reynaldo Sietecase/ Dirección: Mariela Asensio/ Elenco: Raquel Ameri, Hernán Herrera, Marina Lovece, Constanza Molfese, Ariel Pérez De María, Federica Presa, Federico Schneider/ Diseño de vestuario: Vessna Bebek/ Realización de vestuario: Noelia Moreyra Parissi/ Diseño de luces: Ricardo Sica/ Asistencia de dirección: Paola Luttini/ Producción ejecutiva: Antonella Schiavoni/ Sala: Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943/ Funciones: sábados, a las 22:30/ Duración: 65 minutos.

Nuestra opinión: buena

Reseñar una obra centrada en las relaciones de pareja exige, antes que nada, señalar una verdad de Perogrullo: nada de lo que tiene para decir Mariela Asensio sobre el amor -nada de lo que nadie tiene, a esta altura, para decir sobre el amor- aportará alguna novedad sobre el asunto del que más se ha pensado, escrito y representado en la historia.

Para quien entendió que el arte no está necesariamente compuesto de novedades, Malditos (todos mis ex) ofrece una mirada con el sello estético y retórico de Asensio sobre el final de los vínculos amorosos. Con ese afán se cuenta el recorrido sentimental de una mujer desde su adolescencia hasta el presente, sin develar si los hechos representados están basados en la vida de la propia Asensio o si el personaje es netamente ficcional (una decisión que genera también una incertidumbre: ¿estamos ante algo parecido a un biodrama?). Como sucede con las historias de vida atrayentes, la que se narra acá está construida sobre un terreno irregular: alguna vez fue su protagonista la que mendigó amor, alguna otra desairó a sus enamorados; de vez en cuando no supo a cuál de los dos grupos remitir su condición.

"Una aclaración verdaderamente importante: todo esto será algo confuso porque yo soy todas y ya no soy ninguna", introduce Federica Presa, una de las actrices en escena. En Malditos , todos los roles femeninos representan a la misma mujer, desdoblada en las distintas etapas cronológicas y emocionales de su vida. Rememorando un divorcio conflictivo, recordando un amor que nunca fue, despreciando a un hombre que nunca significó demasiado, la protagonista ofrece un show sobre sí misma que alterna con clásicas canciones pop. La trama se va construyendo mediante el encadenamiento de pasajes musicales y escenas que recuerdan una y otra vez su condición ficcional, lejos, como siempre en el universo Asensio, de la búsqueda realista: el personaje de Presa sugiere a las demás versiones de sí misma sumar mayor emoción a ciertos fragmentos o restar dramatismo cuando "la cosa se está yendo muy a pique".

El relato no deja de lado, por cierto, la mirada masculina sobre estos asuntos. Para sumar esa cosmovisión, Asensio convocó al periodista y poeta Reynaldo Sietecase, quien escribió los diálogos de los varones. El resultado: un texto que esquiva -a diferencia de otras obras de Asensio- el camino del feminismo explícito, cristalizado en una puesta que va del pop azucarado a un hiperrealismo oscuro. Plan ideal para la catarsis con amigos y totalmente evitable en una primera cita.

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