Esas odiosas comparaciones fiscales

Nadín Argañaraz
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8 de septiembre de 2013  

Si bien la usanza es enseñar a los niños a no señalar con el dedo, y a que comparar es censurable en esta etapa de formación, más adelante en la vida la comparación suele ser utilizada como un método para tomar decisiones o realizar elecciones entre distintas alternativas, tomando por cierto alguna perspectiva.

En esta columna se realiza el siempre odioso ejercicio de establecer comparaciones. Pero para innovar respecto de los debates actuales, no se tomará el caso de terceros países, ni el de la última gran crisis económica, sino que se escogen dos momentos del tiempo marcados por un cambio en una variable económica clave, como es el resultado de las cuentas fiscales del gobierno nacional. Así, se parte del año 2004, en el que el superávit fiscal alcanzó un máximo equivalente a 2,6% del producto bruto interno (PBI), y se llega a 2012, donde el déficit fiscal de 2,4% del PBI estaría mostrando, en una primera mirada, una desmejora equivalente a 5% del PBI. Las comparaciones se efectúan en relación al PBI porque no tiene sentido hablar de cifras en pesos corrientes cuando existe inflación.

Algunas reflexiones sobre estos números agregados agregan condimentos al análisis. Se puede separar el resultado fiscal según la evolución de ingresos y gastos teniendo en cuenta, precisamente, los principales componentes de unos y otros.

Por el lado de los ingresos, pueden distinguirse los ingresos tributarios del resto de ingresos públicos, entre los cuales se encuentran de manera prominente desde 2009 las rentas de la propiedad, derivadas de transferencias de utilidades de la Anses y del BCRA. Mientras que en 2004 estas transferencias eran insignificantes, en 2012 la suma de la distribución de utilidades del BCRA más las rentas del FGS (éstas no existían en 2004, pues el sistema jubilatorio aun no se había reestatizado) representó 1,2% del PBI.

Los ingresos fiscales entre los años comparados aumentaron 4,8 puntos porcentuales del producto, aumento que se convierte en 3,6 puntos si se descuentan a los ingresos de 2012 aquellos que no existían en 2004, es decir las rentas transferidas desde los organismos mencionados.

Los gastos totales, por su parte, ganaron 9,8 puntos porcentuales del producto desde 2004. De manera que si la comparación se realiza entre déficits fiscales, sin contabilizar estos ingresos extraordinarios, siguiendo el consejo de comparar peras con peras, se pasó de un superávit de 2,4% del PBI en 2004, a un déficit de 3,6% en 2012.

Si nos adentramos en el análisis de qué pasó con el gasto, podemos distinguir el gasto total del gasto primario, que es el que no tiene en cuenta los intereses de la deuda. En 2004, el pago de intereses de deuda fue uno de los más bajos de los últimos años, equivalente a 1,3% del PBI, por lo tanto el superávit primario, que surge del cálculo de la diferencia entre los ingresos totales y el gasto sin estos intereses, resultó del 3,9% del PBI. El déficit primario al que se llegó en 2012 luego de 16 años ininterrumpidos de superávit, fue de 0,2% del producto. Se pagó el año pasado 2,2% del PIB en concepto de intereses de la deuda, es decir casi un punto más que en 2004.

¿A qué se destinó este crecimiento del gasto equivalente a casi 10% del producto? La comparación entre 2012 y 2004 muestra que 4 puntos fueron a un mayor gasto en seguridad social; 2,5 puntos a incrementar subsidios; 1,5 puntos a más gasto en personal, 1 punto a aumentar el nivel de la inversión real directa, y el punto restante de aumento, al pago de intereses de la deuda.

Este fuerte aumento de la participación del Estado en la economía, ejecutado a una velocidad mayor que la de los recursos, paulatinamente fue deteriorando el resultado fiscal, hasta llegar a la situación actual, en la que los ingresos habituales (ya con récord de presión fiscal) más los extraordinarios, no alcanzan a cubrir el gasto. Al no haber financiamiento crediticio voluntario, el bache cierra con financiamiento extra a través del BCRA. El mismo se realiza, por un lado, con uso de reservas internacionales para pagar deuda, liberando así la necesidad de hacerlo con ahorro fiscal sobre la línea y, por el otro, con emisión monetaria y su impuesto inflacionario asociado por alrededor de 2,5% del PBI, precisamente un nivel similar al del déficit, y curiosamente también al aumento que tuvieron los subsidios estatales en el período.

En 2013 se dará una situación en la que el déficit fiscal podría ser similar al del año pasado, apuntalado por un mayor envío de ganancias del BCRA, que llevará a las rentas de la propiedad a un nivel de 1,5% del producto. El mix de gasto incluirá menos intereses porque habrá un ahorro de 0,7% del PBI respecto de 2012 porque no se deberá pagar el cupón PIB, "ahorro" que de todas maneras ya fue utilizado en las recientes ampliaciones presupuestarias.

La financiación del desajuste fiscal correrá nuevamente por cuenta del BCRA. Esto muestra lo clave que resultó la modificación de su Carta Orgánica en abril de 2012. El BCRA está cumpliendo con los nuevos objetivos allí enunciados y hoy, la emisión para asistir al Tesoro Nacional en la principal vía de creación de dinero primario.

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