Florida, un circo a cielo abierto

El paseo fue copado por artistas, mendigos, vendedores y falsos refugiados
Evangelina Himitian
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20 de noviembre de 1999  

Sebastián Ciuara tiene seis años y dice que es rumano. Todos los días se sienta en una sillita roja en una esquina de la calle Florida, con un acordeón y un cartel que reza: "Soy refugiado. Mi padre e morto y mi mama enferma. Ayúdeme por favor".

Esta es una escena cotidiana de la peatonal porteña. Según cuentan los comerciantes, desde hace seis meses se ha duplicado la cantidad de gente que pide dinero en esta calle.

La anciana que se sienta en Florida y Perón y la mujer boliviana con un niño en brazos, en la entrada de Galerías Pacífico, ya no son la única clase de mendigos que abarrotan la peatonal. Familias kosovares, niños gitanos y personas con discapacidad física. Todos piden dinero y forman parte de las tardes de Florida.

No están solos. Se suman los artistas callejeros, los lustrabotas, los vendedores ambulantes y los promotores que pueblan el paseo en sus once cuadras.

Esta suerte de romería inquieta a la Asociación Amigos de la Calle Florida: "No comprendemos por qué el gobierno porteño hace la vista gorda, si existen ordenanzas municipales que prohíben la mendicidad y los espectáculos públicos en la peatonal", aseguró Damián López Moreno.

Cuando cae la tarde, comentan los comerciantes, Florida se vuelve insegura. Los delincuentes que rondan la zona obligan a los dueños de los negocios a bajar las persianas de sus locales cada vez más temprano. "Esto se pone muy pesado después de las 18.30", cuenta Walter González, encargado de un negocio de ropa que fue robado varias veces.

Hace dos meses, la comuna cambió las veredas de la peatonal. Sin embargo, la gran cantidad de basura que se acumula en las aceras desluce notoriamente este paseo. Los que revuelven en las bolsas de residuos de las casas de comida invaden la noche en la peatonal.

Un refugiado rumano

Sebastián Ciuara, de seis años, habla un idioma indescifrable. No es rumano, pero tampoco castellano. Dice que hace dos meses llegó a la Argentina en un barco con su familia y que ahora viven en un hotel de Constitución.

Hace sonar su acordeón y pide: "Señor, por favor me compra papas fritas". Una mujer con un niño en brazos se le acerca y lo reta en otro idioma. Entonces, abandona la idea de las papas fritas y vuelve a pedir monedas.

La señora resulta ser Elena Ciuara, la madre de Sebastián. En su media lengua, cuenta una versión distinta de la del cartel. No está enferma y su esposo está vivo. "El papelito lo hizo un señor del hotel", explica.

Según Elena, llegaron a nuestro país hace seis meses con otras dos familias, contactados por un hombre inglés que les dijo que en la Argentina tendrían posibilidades de trabajo.

"Cuando llegamos acá, nos llevó con otro hombre, que nos hizo el cartel y nos dio una pieza para vivir. Nosotros le damos la plata que juntamos y él nos da comida, y a veces también 5 o 10 pesos", aseguró.

En un momento, un hombre que no creyó en la historia del cartel de Sebastián le gritó a la mujer que fuera a trabajar y que dejara de explotar a los niños. Un policía se acercó y le ordenó a Elena que se fuera de la zona. Media hora más tarde, calmados los ánimos, la familia Ciuara se volvió a instalar, con silla y acordeón.

Otras dos familias rumanas también dicen presente en la peatonal, cada una con su historia. Algunos les creen y otros no. Sugestivamente, todos los carteles que llevan están manuscritos con la misma letra.

Por una moneda

Un niño gitano, con la cara y las manos sucias, se acercó a un grupo de gente que miraba un espectáculo. Para pedir una moneda, el chico se arrojó a los pies de un hombre. Se le colgó de la ropa y lo persiguió hasta que le dio un peso.

Según Sebastián Núñez, que atiende un quiosco de diarios, esto es moneda corriente: "Cada vez hay más chicos de la calle. Hace algunos meses, apareció este grupo de niños gitanos. Dicen ser sordomudos, pero después me piden cambio. Y no precisamente por señas".

Pero no todos mendigan. En la puerta de un edificio antiguo, en Florida 348, un grupo de hombres vestidos con traje negro, barba y sombrero instaló una mesa de apuestas.

El juego de la tapadita consiste en adivinar dónde quedó la bolita roja. Cuando alguno se acerca, los sujetos le muestran un grueso fajo de billetes y lo invitan a participar. La apuesta mínima son 30 pesos.

Un niño atrae la atención en Florida y Viamonte. Se llama Mariano Silva, tiene ocho años, toca el arpa y todos los días viaja en tren desde Almirante Brown. Sus padres son desocupados y lo acompañan.

"No somos mendigos; tuvimos que buscar el modo de poder seguir pagando los impuestos hasta que consigamos trabajo", comentó la madre.

Según dice, la gente los ayuda: "Juntamos entre 10 y 20 pesos por día de esta manera. Por lo menos, podemos vivir".

Estas son algunas de las escenas más crudas de la peatonal. Mendigos, niños de la calle, rateros y vendedores ambulantes.

Además, están los artistas callejeros y los lustrabotas, a razón de cinco por cuadra, que buscan ganarse la vida en la calle Florida.

Todos forman parte de la economía del rebusque porteño.

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