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Pequeñas editoriales con estilo

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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11 de septiembre de 2013  

No sabemos si los tiempos pasados fueron mejores; lo que parece cierto es que lo mejor del pasado todavía sigue llegando. Y eso sí es responsabilidad del presente. Al menos en el mundo de los libros. A pesar de todo lo que se dice de los cambios de formatos, de la predominancia de la imagen, del síndrome del déficit de atención o del encarecimiento del papel, en la Argentina se produce un fenómeno que sorprende a los editores del mundo: la proliferación de pequeñas editoriales que se dedican a publicar lo que consideran buena literatura.

El efecto es inmediato. Adhesión del lector que pide historias con estilo. Algo en su fuero íntimo sedimenta; como escribe Felisberto Hernández en su "Explicación falsa de mis cuentos": "En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. No sé cómo hacer germinar la planta? sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos." La transformación de lo que se escribe en algo poético ocurre entonces en lo que se lee. Así es como están apareciendo nuevos libros del pasado, verdaderos hallazgos que ni siquiera habían sido traducidos al español. Las traducciones más apetitosas vienen de, al menos, tres editoriales relativamente nuevas, de editores con estilo: La Bestia equilátera (Luis Chitarroni), El cuento de plata (Edgardo Russo) y Mardulce (Damián Tabarovsky). Con el sello de esta última acaba de aparecer una novela deliciosa (recordemos que Gide hablaba de los "alimentos terrestres", para referirse al gusto simbólico de la existencia), titulada con gracia, La flor pisoteada . El autor es Ronald Firbank, novelista británico (1986-1926) tildado de excéntrico por algunos críticos adustos, al tiempo que reivindicado por la erudita desfachatez con que se desliza por los géneros y la lengua (gozosa en la traducción de Ernesto Montequín).

En el prefacio, Firbank cuenta cómo surgió esta historia: en un restaurante argelino ve a una mujer norteamericana que se deja caer "con serena elegancia en una mesa", y lo lleva a exclamar en su interior "Su Majestad Somnolienta, la Reina"; luego, en la calle, "un muchacho árabe que dormitaba a orillas del mar bajo la luz radiante del amanecer", le hizo pensar en "Su Flaqueza Real, el Príncipe". Con lo que concluye: "De esos dos nombres nació La flor pisoteada". Lo que sigue es una serie de encuentros voluptuosos y desopilantes, en un país imaginario llamado Pisuegra. La protagonista, Mademoiselle de Nazianzi, una especie de Alicia decadente crecida en un Palazzetti, le implora al Señor: "Ayúdame a ser decorativa y a portarme bien". Los nombres de los personajes ensalzan la trama: "Su Torpeza Real, el Príncipe", "Sir Somebody Something" o "La Señora de las Vestiduras". Hay momentos geniales, como la ejercitación del presente indicativo del verbo "ser", aplicado a "operadora política" haciendo de la conjugación una evidencia del "ser".

La novela de Firbank se publicó por primera vez hace noventa años.

© LA NACION

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