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Un exquisito paseo por La Isla, una pequeña París perdida en Buenos Aires

El bar Florencio, en esta calle adoquinada, huele a panes recién horneados
El bar Florencio, en esta calle adoquinada, huele a panes recién horneados Fuente: LA NACION - Crédito: Ezequiel Muñoz
Cómo es la vida de todos los días en un barrio en donde el metro cuadrado cuesta 5000 dólares; testimonios e historias en torno a estas ocho manzanas exclusivas
Verónica Dema
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2 de octubre de 2013  • 15:35

Una mucama de uniforme impecable camina con su bolsa de las compras, un paseador de perros toca un portero eléctrico y espera, varios encargados, de camisa de grafa, lustran las puertas de torres señoriales, una chica pasa trotando y se pierde en el verde de la plaza Mitre. Esta es La Isla, un barrio recoleto de ocho manzanas con una rotonda como centro, la zona de Capital con más aires parisinos.

César González, encargado de un edificio de la calle Galileo, dice: "Esto acá es siempre así, tranquiiiiilo. Como lo ve ahora, siempre". Parece referirse a la historia que Bioy Casares supo contar en La invención de Morel. Hace un año y medio que González se mudó con su mujer acá. Ella trabaja como personal de servicio del Hotel Four Seasons. "¿La isla? Deben decirle así porque uno está como aislado", dice. "Por acá no salimos, más vale vamos a visitar a la gente a otro lado".

Algo de razón tiene. Se la denomina "La Isla" porque está en un terreno elevado -antiguamente era uno de los sitios que nunca se inundaba-, desde allí apenas se oye el rumor lejano los ruidos de las cercanas avenidas Las Heras, Pueyrredón y Del Libertador. Este rincón exclusivo es uno de los más costosos de la ciudad de Buenos Aires, comparable en sus precios con Puerto Madero.

Florencio es el único comercio del lugar. Un resto bar pequeño, con capacidad para doce personas, este rincón escondido en la empedrada Francisco de Vittoria anticipa que detrás de esa puerta iluminada hay una invitación para viajar a París por un rato. "La gracia es advertirlo un día gris y pesado", se enuncia en una pizarra. Habla de un espacio en "otro nivel", quizá no sea sólo porque en el umbral haya que bajar unos escalones. Aquí la mayoría de los platos que se ofrecen tienen un toque mágico: "Revuelto de gramajo mágico: 78 pesos; guiso mágico de lentejas con vegetales: 75". También hay salmón ahumado, tartas, ensaladas y toda una variedad de pastelería que se exhibe en un mostrador de madera antiguo.

El cielo está gris y pesado, amenaza con llover. Suena My Valentine, de Paul McCartney. "What if it rained?/We didn’t care/She said that someday soon/The sun was gonna shine./And she was right,/This love of mine,/My Valentine". Una composición perfecta. La única pareja que ocupaba el bar paga y se va. Se lee en un espejo, escrito en colorado: ¿Hiciste algo para vos hoy? Grafiticar, soñar, compartir, brindar, renacer".

Transcurre una media hora en este bar que es un reducto de París. Difícil calcular el tiempo. Entra una chica que saluda en inglés. "How to say al-fa-jour?", dice. "Mai-cena", precisa. "Y un cortadou". Luego agrega una porción de torta de chocolate. Mira la pantalla de su celular para hacer el pedido. Alguien desde el aparato le recomienda esas especialidades de la casa. Toma varias fotos cuando la mesa de mármol que ocupa está completa. Entonces, sí, come con apetito; cada tanto se ausenta en la calle empedrada que le recorta la ventana.

"El silencio es lo que caracteriza a La Isla, es muy calmo el aire que se respira ahí. Quizá sea porque casi no anda gente, muy poca a pie, nunca en grupos; autos, muy pocos"

Es lunes por la mañana, casi sobre mediodía. Ningún auto circula por esta calle angosta. Un taxi sin clientes pasea por la esquina. Recién llegados de Córdoba, Mauro y Gabriela vivieron en un departamento en ese pasaje, justo pegados a Florencio. Cuentan que cuando llegaron a Buenos Aires sólo sabían que al lugar le decían La Isla y que algún corredor inmobiliario les había advertido con alarma que era el metro cuadrado más caro de toda Capital.

Pero el alquiler que vieron en los clasificados apenas costaba 400 pesos (de esto hace ocho años) y hasta tenían cable compartido con una familia de extranjeros que vivía en planta baja. Justo para ellos. "Cuando fuimos a ver el departamento por primera vez y vimos aquella ostentosa entrada con las escaleras de mármol reluciente pensamos que nos habíamos equivocado. Pero al ingresar a los doce metros cuadrados de aquel departamento entendimos la razón del precio", cuenta ahora Mauro.

Esta zona exclusiva es una de las más costosas de la ciudad: el metro cuadrado se cotiza entre 4500 y 5500 dólares, según cifras de Jorge Toselli, de JT Inmobiliaria. Los precios sólo se comparan con algunos de Puerto Madero, coinciden en el sector inmobiliario.

Decidieron quedarse porque la luz que entraba durante las siestas tranquilas abría un hoyo de alegría en aquella miniatura. "Apenas algunas ollas golpeando, los gritos del bebe de la señora extranjera y más cocinas, los pájaros, las hojas y las ramas. Toda esa gama de sonidos llenaba las estaciones y gravaban la energía tranquila y su arquitectura rica", dice.

Para ellos, el embrujo tranquilo caía no bien daban los primeros pasos sobre el pasaje Vittoria; entonces, ya toda la gran capital les parecía de otro mapa y la presencia del sol y del olor de los jardines se imponía al cemento. "Por las tardecitas caminábamos hasta la estatua de Mitre ubicada detrás de la embajada británica y desde lo alto veíamos caer la noche y nos entusiasmaba mirar los aviones de aeroparque y la velocidad de la luces de las grandes avenidas", recuerda el joven cordobés.

Su compañera, que también llegó a Buenos Aires desde un tranquilo pueblo de Córdoba para estudiar, dice que para ella era increíble estar tan cerca de dos avenidas muy transitadas, pero no escuchar el ruido de las bocinas de autos ni colectivos. "El silencio es lo que caracteriza a La Isla, es muy calmo el aire que se respira ahí. Quizá sea porque casi no anda gente, muy poca a pie, nunca en grupos; autos, muy pocos". Para ella un punto más a favor de ese barrio es que detrás del pasaje uno va directo al parque pegado a Libertador. "Ahí corría, andaba en bici, me sentaba a leer. Hacer de eso una rutina fue un placer", confiesa. Entonces, disfrutaban de las callecitas de la isla, muy parisinas todas, en especial la que habitaban: adoquinada, angosta y desnivelada.

El trapito VIP

Una de las ventajas de La Isla es que está muy cerca de las verdes barrancas que dan a Av. Del Libertador
Una de las ventajas de La Isla es que está muy cerca de las verdes barrancas que dan a Av. Del Libertador Fuente: LA NACION - Crédito: Ezequiel Muñoz

A él se lo ve en la calle todos los días, entre las 8 y las 7 de la tarde. Nelson Jara, peruano, de 40 años, es el "trapito" aceptado en La Isla. Cuando en 2001 se quedó sin trabajo, probó un día y entró a esta zona que detectó como especial y sin nadie que la trabajara. De a poco se fue ganando la confianza de los vecinos, al punto que algunos le ceden las llaves de sus lujosos autos para que los estacione mientras ellos siguen con sus cosas.

"Espere que no hay lugar, en doble fila no se pare. Ya lo voy a acomodar", le dice Jara al dueño de un auto alargado que espera desde hace unos minutos en la entrada del barrio. "Antes esto era distinto, pero ahora mucha gente se avivó y viene a dejar los autos acá y se toma un colectivo para ir a trabajar. No los mueven en todo el día", comenta. En las cuadras principales de La Isla –Av. Gral. Gelly y Obes y Galileo- los autos se estacionen de culata, lo que permite aprovechar mejor el espacio. Pero aún así los lugares son una figurita difícil. Cuando se instaló el ministerio de Seguridad se complicó el panorama.

"Poco a poco la gente me fue conociendo. Ahora me tienen confianza, Me dan la llave y estaciono toda clase de autos: Audis, Nissan, BMW. Una locura, porque nunca me imaginé manejando algo así"

El auto en marcha está detenido en mitad de la calle. El que espera y asoma el brazo por la ventanilla es Gustavo Alvarez, un abogado que tiene su buffet en La Isla. "Es un tema estacionar. Hay que esperar que se mueva alguien, pero igual no me quejo, es un lugar increíble", dice. Parece plácido en su espera. "Acá estás en Paris", dice. "Es muy especial: esas escaleras, mirá lo que son", comenta. Habla de las escalinatas que, barranca abajo, conectan con Av. Del Libertador. "Es una isla", remata.

El "trapito" ya le consiguió un lugar. En eso pasa en una camioneta oscura Sebastián Ortega. Baja el vidrio polarizado y saluda a Jara. "A él lo reconocí por la tele, sino no sé de otros famosos", acota. Dice que se hizo querer por todos, que le tienen confianza y algunas de las señoras del barrio le piden que convenza a su mujer para que trabaje de empleada doméstica en sus casas.

"¿Cerrados?, no. Poco a poco la gente me fue conociendo. Ahora me tienen confianza, incluso la gente del ministerio me da la llave y estaciono los coches. Toda clase de autos: Audis, Nissan, BMW. Una locura, porque nunca me imaginé manejando algo así", dice. Cuenta Jara que cuando llegó al barrio no sabía manejar, pero fue aprendiendo por necesidad. "En 2004 o 2005 ya sabía, tengo el registro y todo", aclara.

Un "trapito" organiza los vehículos en las calles de La Isla
Un "trapito" organiza los vehículos en las calles de La Isla Fuente: LA NACION - Crédito: Ezequiel Muñoz

- ¿Cómo aprendió? - Con los coches que me dejaban, poco a poco. Dije: ‘Voy a poner de mi parte y voy a aprender a manejar’. Los encargados me decían: ‘Vamos a dar una vuelta…y me enseñaban. Así se maneja, así y así, hasta que aprendí. En eso le doy gracias a Dios, bah! a la Argentina, porque acá me dieron confianza y aprendí todo.

Jara conversa a un costado en un cruce de calles. No descuida el trabajo con el que sostiene a su familia de tres hijos. Por día, recibe unos 200 pesos que la gente le deja como propina. El siempre dice: a voluntad. "Allá hay uno en doble fila, hace rato que está", dice. "Ve, uno se descuida…". Se despide para ir a conversar con el conductor.

Para Juana, una vecina que hace 17 años que vive en La Isla, el barrio no es el mismo desde que llegó el ministerio de Seguridad. "Lo tengo al frente de casa. Hay muchos empleados, más autos circulando, estacionan en doble fila. Era un lugar mucho más tranquilo, sin problemas. Ahora no conseguís nunca dónde ubicarte", dice. Cuenta que el "trapito" hace lo que puede. "Es bueno, yo lo saludo como a todo el mundo con respeto".

Juana cree que la zona es especial, con todo lo que necesita cerca. "Tenés las plazas y parques al lado y también todos los negocios del mundo a media cuadra. Está todo lo que necesitás", dice. Habla desde su celular. Por suerte hoy tiene buena señal, algo que no siempre sucede en La Isla. Cuenta que la llamada la encuentra en la vereda, pero que no hay problemas: no le preocupa la inseguridad. "Me siento segura porque tenemos seguridad en el edificio todo el tiempo. Más el ministerio de Seguridad y la embajada que ponen mucha policía", enumera. Es la contracara de tener dos dependencias públicas en esas pocas manzanas.

Ella aclara que La Isla no funciona como un country, que no se lo puede comparar. "Acá no es que nos hagamos todos amigos o que se armen reuniones en espacios comunes y esas cosas. Sí hay conocidos, uno sabe que hay algunas familias tradicionales, pero no es como un barrio cerrado", reitera. "Una tiene sus amistades acá, pero muchas ya las tenía de antes". Cuenta que su hijo se casó con una chica que era vecina, pero dice que eso fue una casualidad.

Gamuza en mano, en la calle Guido, una cortada que tiene como vecinos a la Embajada Británica, está Marcelo Gutiérrez. Desde hace diez años es encargado del edificio en el que vivió el premio Nobel de Química Federico Leloir y en el que aún reside la viuda. Parece relajado cuando se apoya en uno de los troncos centenarios que son su sombra, su perfume. Comenta que nació en Paysandú, una ciudad tranquila de Uruguay, y que cuando vino a Buenos Aires no imaginó que su hija, hoy de ocho años, se podría criar como él jugando en la vereda.

"Crié a mi hija a la antigua. Para mi nena este es el patio de su casa", dice, y señala la vereda ancha, de baldosas impecables, y la calle, una cortada en la que no circulan autos. "Nosotros acá estamos pegado a los jardines de la embajada, por eso es una paz total, se escuchan los pájaros, no se oyen ruidos de autos", describe. Cuenta que esta calle sin salida antes no era así sino que tenía acceso a las avenidas, pero que por un convenio la embajada pudo cerrar y cambiar verde por asfalto.

"Acá siempre está tan limpio que nadie tira nada; la gente que tiene perros pero no se le ocurre dejar la vereda con las suciedades, quedaría en evidencia"

Gutiérrez habla de las bondades del lugar y sigue sorprendiéndose. "Mire esos faroles tipo francés, los edificios de gran valor arquitectónico, los balcones con esos hierros trabajados. Uno ve que todo es una belleza y cada tanto salen notas de que acá tenemos edificios históricos", dice, y se asume promotor turístico del barrio que lo adoptó. Sus edificios vecinos son residencias tipo petit hotel, casonas y torres con delicadas molduras, muy al estilo europeo. Algunas ventanas resaltan por sus vitró de colores. "Además, este es un lugar muy seguro". En diagonal tiene una garita de seguridad con guardia permanente.

Las veredas están impecables todas, no sólo la de su cuadra. "Acá siempre está tan limpio que nadie tira nada; la gente que tiene perros pero no se le ocurre dejar la vereda con las suciedades, quedaría en evidencia", comenta el encargado. No se ven contenedores de basura desbordados, ni bolsas de consorcio en las esquinas, ni cartones, ni escombros. Ninguna postal que recuerde lo sucia que suele estar la ciudad de Buenos Aires.

Pasan unos minutos y un patrullero se detiene en la esquina, justo enfrente de la rotonda verde. Un guardia de la embajada británica se acerca a conversar. A Gutiérrez se lo nota algo inquieto. "Hablamos de seguridad, que uno se siente cuidado, pero a usted le estoy dando mucha información. ¿Tendrá un carné de identificación?", pide, y se disculpa. La tarjeta de LA NACION lo deja tranquilo.

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