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Realismo spanglish

En la prosa del autor de Así es como la pierdes, drama y humor se combinan para retratar la carga de rigor que sobrellevan los inmigrantes latinos en Estados Unidos
Emiliano Sued
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11 de octubre de 2013  

Durante la lectura de las mejores páginas de Junot Díaz sobresalen dos elementos: el drama y el humor. Pero lo mejor de esta fórmula es que se entrelazan hasta torcer los labios del lector que sonríe; en sentido inverso, la ironía y el humor negro conjuran todo patetismo o desorientan un eventual compromiso crítico. Por detrás de los problemas de faldas del protagonista de Así es como la pierdes, en mayor o menor medida casi siempre emerge un mismo drama, el de los inmigrantes latinos en Estados Unidos. Una lucha cargada de discriminación, rigores y frustración. Del mismo modo, en la novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao, luego de presentar a su desgraciado protagonista, el narrador reflexiona: "¿Quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos. Mamma mia! Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho".

El séptimo relato de Así es como la pierdes, "Invierno", cuenta el origen de la biografía de Yunior, el personaje que atraviesa la obra de Junot Díaz. Es la historia del niño dominicano que viaja con su hermano y su madre de Santo Domingo a Nueva Jersey cuando el padre finalmente ha logrado instalarse allí. En esas páginas, los primeros tiempos del protagonista lejos de su patria: del hogar pobre pero cálido de la tierra natal al frío ambiente del extranjero: "Era nuestro primer día en Estados Unidos. El mundo se había congelao". Afuera, la nieve persistente de Nueva Jersey; adentro, dos niños y una madre aislados por la férrea decisión del padre, que pronto los abandonará. El final de su adolescencia instala otro tema recurrente: la necesidad de salir del gueto para ir a la universidad, para torcer un destino de marginalidad o, simplemente, para escapar. Porque siempre se trata de escapar: "el deseo inextinguible de estar siempre en otro lugar"; el malestar que caracteriza a la madre de Óscar y a su hija; una pulsión que se hereda, que la arrastra fuera de Santo Domingo, en el caso de la madre; fuera de Nueva Jersey, en el caso de Lola. Un horizonte que cada vez promete menos, un cielo que se ha cargado de oscuras nubes, porque como bien resume la protagonista de "Otra vida, otra vez", "no hay promesa que sobreviva a ese mar".

La historia política de la República Dominicana, en particular la violencia de los años de la dictadura de Rafael Trujillo, corre por la parte baja de las páginas de La maravillosa vida breve de Óscar Wao, colmando las notas al pie. Aun en este caso, su narrador multiplica por cien la pequeña humorada con la que Rodolfo Walsh inicia el prólogo de Operación Masacre, cuando recuerda las repercusiones de la revolución de Valle para aquellos jugadores de ajedrez tan ajenos a la política: "La única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana". Por su parte el narrador, que repone "los dos segundos obligatorios de historia dominicana", cuenta el asesinato del sanguinario dictador en estos términos: "Dicen que iba rumbo a un culo aquella noche. ¿A quién le sorprende? Un culócrata consumado hasta el final. Quizá en su última noche, El Jefe, arrellanado en el asiento trasero de su Bel Air, pensaba sólo en el toto rutinario que lo esperaba en la Estancia Fundación".

La maravillosa vida breve de Óscar Wao ofrece otra combinación. En el comienzo del capítulo "Los tres desengaños de Belicia Cabral (1955-1962)", que lleva por subtítulo "Miren a la princesa", aparece la prosa que se apropia del cuento infantil: "Antes de que hubiera una Historia Americana, antes de que Paterson se desplegara frente a Óscar y Lola como un sueño [ … ] estaba la madre, Hypatía Belicia Cabral: una muchacha tan alta que a uno le dolían los huesos de las piernas de sólo mirarla, tan negra como si la Creadora, al hacerla, hubiera pestañeado". En esas estructuras consecutivas aflora el ingenio poético de Díaz, así como también gran parte de su estilo hiperbólico, especialmente notable –recurrente, tal vez– cuando se ocupa de la voluptuosidad femenina: "Sus tetas eran globos tan inverosímiles, tan titánicos, que provocaban en las almas generosas compasión por su portadora y hacían que cada varón en su proximidad reevaluara su triste vida".

Junot Díaz es dominicano pero escribe en inglés, salpicando su prosa de spanglish. Sus narradores se mueven por la primera, la tercera y hasta la segunda persona. Muchas veces adoptan un punto de enunciación móvil, que acompaña al personaje desde el presente, como si se tratara de una cámara. A pesar de las escasas descripciones de los espacios, el relato no pierde la oportunidad de transmitir la sordidez de los ámbitos por los que transitan sus personajes. Ese Tercer Mundo donde todavía son posibles las leyendas y las supersticiones –como la historia sobre la maldición fukú con la que empieza La maravillosa vida breve…– pero configurado por un realismo que ya no tiene nada de mágico.

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