La experta en chicos

Maria Inés Falconi: la escritora de novelas y libretos para niños y adolescentes destaca la necesidad de volver al teatro de texto.
(0)
27 de noviembre de 1999  

"Escribir dramaturgia no solamente plantea la necesidad de un oficio, sino la de despojarse de barreras y ahondar dentro de uno en lo que se quiere decir, para encontrar el cómo", dice María Inés Falconi, una autora que es muy conocida por los lectores y espectadores adolescentes. Su elección de abordar temas de conflicto, no frecuentes en la literatura para ellos, ha abierto un canal de vínculos que parece fortalecerse a medida que crece su producción.

"Caídos del mapa", "Hasta el domingo" y "El nuevo", son los títulos más significativos de su teatro para adolescentes, mientras "Mentiras de grandes", "Paquetito" y "Guau", se dirigen a los más pequeños. Entre las características de su propuesta figuran un acercamiento al mundo del niño, mucha acción con diálogos escuetos y jugosos, secuencias simples, humor, y un tratamiento sobrio, sin detenerse demasiado en lo doloroso, ni tampoco minimizarlo.

Algunas de sus historias se han incorporado a la narrativa. Entre las distinciones obtenidas por sus espectáculos figuran el premio de Argentores y el Fondo Nacional de las Artes, y menciones en Venezuela y España, para "Hasta el domingo".

Activa e inquieta, también dirige teatro y, como docente, coordina talleres de expresión teatral para niños y adolescentes en la Universidad Popular de Belgrano, donde también realiza seminarios de dramaturgia infantil.

-Ud. habla de volver al "teatro de texto". ¿Por qué?

-Es fundamental la necesidad de rescatar el teatro de texto, en contraposición al que está sometido a la imagen y a los efectos especiales, del musical con gran despliegue visual, en el que ambos, teatro infantil y para adultos, pierden vitalidad y poder de comunicación, renunciando a la posibilidad de abordar temas más profundos.

-¿Se debe esto a la preminencia de la imagen?

-Actualmente, en general la "estrella" es el puestista, el que arma el contexto visual, mientras el texto y la actuación se diluyen. Pienso que el teatro no es competencia de la TV ni del cine, es otra cosa: se trata de un contacto vivo entre los seres humanos.

-¿Qué considera fundamental al escribir teatro para niños?

-El dramaturgo tiene que tener en cuenta la puesta, pero lo visual juega sin reemplazar al texto, apoyando la historia. El nivel de atención del chico es esporádico, por eso necesita ese hilo de donde sujetarse, que es el relato. Esto suele descuidarse mucho y cuando no hay historia se tiene problemas con la manera de resolver el final. Cuando el teatro es de texto, cuando importa lo que el actor dice y hace, aunque la palabra se transforme en acción, el niño no la niega si la historia le interesa. Se trata, en definitiva, de algo muy simple: una situación inicial en la cual alguien quiere conseguir algo de lo que carece. Luego vienen las peripecias que ese personaje enfrenta -que es con quien se van a identificar los niños y hacer su catarsis- y no puede terminar igual que como empezó. Las cosas en la vida a uno lo modifican. Por eso, la obra tiene que ser como una escalera, si no, es plana, no pasa nada, aburre.

-¿Es cierto que el chico es un espectador difícil?

-Hay una tendencia a suponer que los chicos son incapaces de prestar atención, de hacer silencio. La subestimación, si está, se transmite desde el escenario a la platea. Se combina con una especie de facilismo, como si hubiera recetas tipo comida rápida: tantos decibeles de música, tanto de coreografías y muecas, tanto de efectos. Y a lo mejor ningún compromiso.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?