Alberto Salcedo Ramos: "Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por el polvo que tiene en sus zapatos"

Leonardo Tarifeño
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14 de octubre de 2013  

Acompañó al niño Wikdi, indígena de la región colombiana del Chocó, en su travesía de cinco horas a pie por el camino de selva y barro que lo lleva a su escuela rural. Asistió a más de un velorio para ver en acción a Chivolito, uno de los últimos animadores de ceremonias mortuorias, quien se gana la vida gracias a los chistes de dudoso gusto que cuenta durante las despedidas finales de las familias a sus seres queridos. Y durante años vivió una larga relación de admiración y desencuentros con el gran boxeador Kid Pambelé, a quien retrató en un libro magistral. Ganador de los Premios Rey de España y José Ortega y Gasset, entre otros, el colombiano Alberto Salcedo Ramos es uno de los grandes periodistas latinoamericanos contemporáneos, un narrador salvaje que prefiere oír a preguntar, tal vez porque sabe que la verdad aflora allí donde nunca se la espera. "La verdad no sucede: se cuenta", dicen que dicen en el Caribe colombiano; fiel a la sabiduría popular de su país, Salcedo Ramos oye y narra, convencido de que el periodismo sólo sobrevivirá si, como la Scheherazade de Las Mil y una Noches, logra entretener a su tirano de ocasión con el poder de las historias.

-Gay Talese, a quien usted admira mucho, ubica su origen como narrador en la sastrería familiar, donde durante su infancia escuchaba todo lo que los clientes le confesaban a sus padres. Del mismo modo, ¿cuándo y dónde cree que las historias comenzaron a fascinarlo?

-Yo tengo un origen similar, sí. De los 4 a los 17 años viví con mis abuelos en un pueblo, Arenal, en el Caribe colombiano. Mi abuelo era un hombre adinerado, que a duras penas podía leer, pero que después de trabajar mucho había pasado de campesino a ganadero. Por eso, él tenía peones que a veces llegaban a la finca a cobrar algo, o a dejar el queso, o a traer la leche. Y yo oía hablar a esos campesinos y me quedaba impresionado. Las voces de esos campesinos fueron mis primeros periódicos. Porque te digo algo: el periódico El Tiempo -el único que se leía- recién llegaba al pueblo a las 4 de la tarde, cuando las noticias habían dejado de ser noticias. Así que en el diario yo leía las noticias como historias, no como novedades.

-¿Las historias que escuchaba eran más reales que las de los diarios?

-Por lo menos más interesantes. Cuando yo escuchaba hablar a los campesinos, sentía que me enteraba de algo. Me informaban. Los primeros libros que leí no fueron escritos: eran esas conversaciones, que para mí tenían mucho de libros orales. Por eso yo diría que desde muy niño aprendí que las cosas que me interesan casi nunca están en los periódicos.

-¿Dónde están?

-En la vida. La vida incluye los periódicos, claro, pero lo que me suele interesar está en los bares, en los parques y en las calles. Soy un reportero que reivindica el valor de la calle. Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por la cantidad de polvo que tiene en la suela de sus zapatos. Creo en eso profundamente.

-¿La manera de hablar de aquellos campesinos influyó en su prosa periodística?

-Ojalá. La oralidad del Caribe colombiano es muy rica y colorida, y siempre está salpicada de anécdotas y ocurrencias. Por ejemplo, una vez hubo una sequía muy larga en el pueblo, y dio la casualidad de que por esos días, en un supermercado de Barranquilla, me encontré con un campesino que trabajaba con mi abuelo. Así que aproveché para preguntarle si no había llovido por Arenal. Y me contestó: "Noooo, la sequía que hay es tan grande que ahora los sapos se mueren sin haber aprendido a nadar" ¡Me pareció precioso! Puro lenguaje campesino, lleno de imágenes.

-Dice que reivindica el valor de la calle en el periodismo. Pero si hay que reivindicar algo tan básico, quiere decir que el periodismo está muy mal.

-Y, sí: hay que reivindicar ese valor porque la vida de los periodistas cada día transcurre más en los escritorios y menos en la calle. Es curioso, el periodismo se ha convertido en un trabajo de oficina. Antes, cuando se producía un hecho que requería la palabra de un personaje público, los periodistas buscaban a esos personajes; ahora entran a sus cuentas de Facebook o Twitter para ver qué dicen. Yo digo que Twitter es el iTunes del periodismo: así como en iTunes descargas y almacenas canciones, en Twitter almacenas y descargas declaraciones de figuras públicas. Y así el periodismo se vuelve aburrido. A mí me aburre mucho el periodismo cuando no es producto del esfuerzo del periodista por descifrar lo que está más allá de su ventana.

-¿Cómo se evita ese aburrimiento?

-En mi caso, con la curiosidad. Yo creo que me hice periodista porque me niego a que-darme con dudas. Y por eso salgo a la calle a enfrentarme con la realidad, para ver qué dice la realidad sobre las dudas que yo tengo. Por supuesto, no se trata de resolver todo, sino de contar esas historias. A mí me interesan más los periodistas que hacen preguntas que los que dan respuestas.

-Dicen que los fracasos enseñan más que los éxitos. ¿Qué aprendió de su peor error periodístico?

-Hay un error espantoso que yo cometí cuando tenía 24 años, que me enseñó a ser responsable. O a intentar serlo, por lo menos.

-¿Cómo fue?

-Mira, en 1984, el actor italiano Franco Nero fue a filmar una película a Colombia. Por alguna razón, él decidió hospedarse en una casa familiar y no en un hotel. En esa casa se enamoró de la empleada doméstica y la embarazó. El asunto resultó un escándalo, la chica apareció en todos los noticieros y a Nero le hicieron un juicio porque él negaba la paternidad. Con esa actitud, él vulneraba la dignidad de la mujer, que era negra y pobre, y pisoteaba su buen nombre. Poco más tarde, a Nero lo metieron a la cárcel en Cartagena, y cuando se acercaba la Navidad de ese año, un juez venal lo dejó libre y permitió que él se fuera de Colombia para nunca más volver. La mujer se quedó sola, con su bebe sin padre. Al año siguiente, cuando se aproximaba el Día de los Inocentes, un fotógrafo del periódico en el que yo trabajaba me entregó una foto de ella con su bebe en brazos, y entonces hicimos una nota en la que decíamos que Franco Nero se había regresado de Italia para reconocer a su hijo.

-Pero en realidad era una broma del Día de los Inocentes.

-Sí. Al día siguiente, esa mujer se presentó en el periódico. ¡Con una humildad! ¡Con una decencia! Y me preguntó si yo hubiera hecho esa misma broma con mi hija como protagonista. Me sentí muy mal, y lo que hizo que esa bofetada fuera aún más contundente fue su gran decencia. Su sentido de la dignidad. Ahí aprendí, creo que a tiempo, la importancia de ser responsable. La responsabilidad no es un valor agregado, es inherente al periodismo.

-¿Y el caso inverso? ¿Qué trabajo suyo lo considera un acierto?

-Bueno, yo escribí una crónica, Un país de mutilados, sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia, en el noroeste del país, que es la región del mundo más afectada por las minas. Y ese texto ayudó a hacer visibles a esas personas, no solamente por el drama del día en que sufrieron el percance, sino también por los padecimientos que debían vivir para que el Estado los atendiera. Yo no soy nada mesiánico en mi trabajo, no lo veo como algo con una misión. Pero con mucha frecuencia descubro que ciertas historias que cuento hacen visibles a los invisibles. Y me gusta que el resultado sea que esos invisibles luego reciban un poco más de atención.

-Narrar a las víctimas puede ser doloroso, ¿pero no es todavía más difícil contar la vida de personajes ambiguos, que son héroes y villanos a la vez? Por ejemplo, el polémico boxeador Kid Pambelé, protagonista de su libro El oro y la oscuridad.

-Yo creo que cuando uno procura ser justo al contar una historia, tanto el lector como el personaje se dan cuenta de eso. Se nota si uno narra con naturalidad y buena intención. Yo procuro ser justo, aspiro a eso.

-¿Qué le falta a la crónica latinoamericana? –El reto de la crónica es aproximarse al poder para mostrarlo, explicar su dinámica y poner en evidencia cómo incide en nuestras sociedades. En eso estamos en deuda. Las crónicas sobre el desarrapado y la villa mi-seria ya empiezan a agotarse. Por ejemplo, yo creo que el gran tema actual en nuestro continente es la minería, que destruye todo el ecosistema. Los magnates de la minería son los bárbaros modernos. Se infiltran en el poder político, compran conciencias y ponen a los congresistas de cada país a aprobar leyes que les garanticen impunidad.

-Contar ese mundo con la aspiración a ser justo es una deuda grande, ¿no?

-Ah, sí. Nadie es tan bueno como cree su mamá ni tan malo como cree su enemigo. Esa debería ser una máxima de nuestro oficio.

Bio

Profesión: periodista

Edad: 50 años

El colombiano Alberto Sal-cedo Ramos nació en Barranquilla y se crió en Arenal, un pueblo del Caribe. Una de sus reglas periodísticas se la debe a Woody Allen: "Todos los estilos son buenos, menos el aburrido". Sus libros, de La eterna parranda o El oro y la oscuridad. La vida gloriosa de Kid Pambelé, siguen esa ley al pie de la letra

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