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La originalidad de la copia

El rescate de la primera novela de Georges Perec permite entrever el dilema que nutrirá si literatura futura: cómo ser auténtico en un mundo donde la autenticidad parece imposible
Pedro B. Rey
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24 de octubre de 2013  

Bouvard y Pécuchet fue póstumo. También la mitad de En busca del tiempo perdido . Las primeras versiones de La educación sentimental , una curiosidad para expertos, esperaron décadas para salir a la luz pública, al igual que Jean Santeuil . En los últimos tiempos la condición póstuma ha perdido la excepcionalidad protectora que los editores les concedieron a las obras de Flaubert y de Proust. Parece haber mutado en una industria promotora de malentendidos: el de poner en pie de igualdad con las obras consolidadas textos apenas esbozados o que el autor descartó de manera expresa.

El caso de Georges Perec (París, 1936-1982) ha puesto parcialmente en entredicho -al menos hasta la publicación de El Condotiero - la necesidad de dosificar la proliferación irrestricta de páginas póstumas. Su muerte fulminante, demasiado temprana, la capacidad para trabajar simultáneamente en gran cantidad de proyectos y su tendencia a describir por escrito los libros que planificaba legaron un reservorio literario que desoxidó la lectura de la obra édita, que no había sido considerada en toda su sutileza.

Aunque comenzó con narraciones que oscilaban entre la estela posterior al nouveau roman y cierto desconcierto existencialista ( Las cosas , Un hombre que duerme ), Perec encontró su estilo definitivo con su adscripción a Oulipo, el taller de "literatura potencial" impulsado por Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais. El objetivo del grupo era hacer hincapié en la técnica de la novela y en la imposición de restricciones como fórmula liberadora de la narración. Perec, sociólogo de formación y que trabajó años en la elaboración de catálogos en un instituto científico, fue el representante más consistente de esa tendencia. Escribió una extensa novela lipogramática, La disparition , policial que prescinde por completo de la letra "e". La proeza del método, tan logrado que el primer lector editorial, se dice, ni siquiera sospechó el artilugio, veló la angustia, hoy evidente, que preside la ansiosa busca de la novela. Escribió otra, brevísima, en que la única vocal autorizada es la letra que faltaba en la anterior ( Les revenentes ) y una ambiciosa obra arquitectónica, La vida instrucciones de uso , que tiene como ámbito un edificio de departamentos parisiense, con sus consecuentes descripciones de estancias y objetos, multiplicidad de personajes y de citas.

El virtuosismo en la construcción, el gusto por las peripecias, el clima de comedia a veces brutal, el interés por los rompecabezas literarios y los mecanismos de la lengua, su gusto por las palabras cruzadas confinaron a Perec al papel de innovador máximo de la literatura lúdica. El término resulta mezquino. En W o El recuerdo de infancia , ya había dejado en claro hasta qué punto imaginación, autobiografía y tragedia estaban profundamente imbricadas. Je me souviens , por su parte, instauraba una poética del recuerdo ad hoc . Los textos publicados tras su muerte permitieron profundizar esa vertiente, que no olvida los "incomparables espacios de invención y de libertad" (como sostiene Bernard Magné) ejemplificados por sus grandes novelas, pero hace de su literatura un pasaporte de supervivencia.

La novedad de El Condotiero , y de allí su conflictividad, es que no forma parte del lote de inéditos, en apariencia inextinguible, de la última etapa del escritor. Es en realidad, en palabras del propio autor, la primera novela que pudo terminar. Claude Burgelin anota en el prólogo a la edición española que, tras el concluyente rechazo editorial, Perec la destinó a una futura reescritura o al descubrimiento de un exégeta fiel. De hecho, se encargaría de perderla en un episodio que recuerda la famosa valija extraviada de Hemingway. Sólo la aparición casual de una copia mecanografiada permitió que se la recuperara el año último.

Por su naturaleza primeriza, El Condotiero carece del complejo encanto de la inconclusa 53 días o de reveladoras compilaciones misceláneas como Nací , volúmenes también póstumos. El veinteañero Perec se muestra como un escritor todavía tentativo, embarullado, más preocupado por objetivar la idea de una obra deliberadamente genial que por ejecutarla. Gaspard Winckler (el nombre reaparecerá en La vida... , en similares circunstancias criminales que en esta novela, aunque más eficaces, y en W... ) es un falsario de cuadros especializado en obras del Renacimiento. Fue reclutado para el oficio por un capitalista que gestiona una red delictiva: Anatole Madera. Winckler lo asesina, sin misterios, en la primera línea. A partir de allí, la trama se remonta a los orígenes hasta que se van revelando las razones homicidas del protagonista: obsesionado por el cuadro y la figura del condotiero que da el título a la novela, una pintura de Antonello Da Messina colgada en el Louvre, el falsario arriba al peregrino proyecto de realizar un "original" renacentista, la creación auténtica de una obra maestra del pasado. El proyecto y su fracaso lo llevará a descubrir, no sin candidez, el engaño en que vivía.

El interés por las implicancias de la copia no eran necesariamente nuevas cuando Perec escribió su libro. En la posguerra hubo ejemplos de falsificadores notables que, sugiere Burgelin, podrían haberlo inspirado. Curiosamente, El Condotiero también tiene parentesco con Los reconocimientos , la novela que el estadounidense William Gaddis publicó por aquellos años y que aborda la falsificación en todas sus variantes (la obra de Gaddis tiene mil páginas, pero Wyatt Gwyon, el falsario de artistas flamencos, parece el hermano mayor, menos histérico, de Winckler).

Narrada en parte en segunda persona y en una suerte de entrevista-interrogatorio, el hipotético interés que la novela puede despertar en los seguidores del escritor, sus lectores naturales, no radica por lo demás en su construcción ni en la trama. Más bien se encuentra en la disyuntiva que enfrentaba Perec a fines de los años cincuenta y principio de los sesenta, cuando el género novelístico daba signos de agotamiento: el problema era cómo ser original en un mundo sin el menor espacio para la autenticidad, cómo traficar experiencias intransferibles sin condenarse a la gastada fórmula de lo confesional. Las soluciones a ese dilema las encontraría más tarde, en otros libros, y serían de alto vuelo.

Fuente: LA NACION

El Condotiero Georges Perec

Anagrama

Trad.: David Stacey

190 páginas

$ 175

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