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En época de PlayStation, las bolitas conservan su magia

Tinka es la primera fábrica de canicas del país y la única en América del Sur; produce y vende 92,4 millones de unidades por año
Carlos Manzoni
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27 de octubre de 2013  

"Alvarucho" salía cada día de su casa con una bolita y volvía con decenas de esas esferas en los bolsillos, luego de largos duelos de "chantas justas", "triangulitos", "hoyitos", "líneas" y "caminatas" en las polvorientas calles de Colonia Seré. Era plena temporada de canicas en aquel pequeño pueblo bonaerense y, como en todo el país, un inconfundible tintinear se adueñaba de cada rincón, donde los adultos se entreveraban con los chicos y todos se desvivían por quedarse con el "puchero" más grande.

Así como a finales de los 70 el certero "Alvarucho" era Jorgito Álvarez, sin que nadie reparara en que el apodo provenía de una deformación de su apellido, las bolitas eran bolitas. Ninguno preguntaba de dónde venían. Nadie sabía que ese tesoro de cristal se forjaba en Tinka, la única fábrica que aún existe en la Argentina y América del Sur, y la primera en el país que se dedicó al arte de transformar el vidrio molido en vergeles, ónix, lecheritas, japonesas y bolones.

Tinka fue fundada en 1953 por Víctor Chiarlo y Domingo Vrech, en San Jorge, Santa Fe, y debe su nombre a algo que el primero de ellos escuchó en una calurosa tarde formoseña. "Unos chicos que jugaban en la calle gritaban: «Tinka» o «te tinké» cada vez que le pegaban con una bolita a otra -cuenta Víctor, de 83 años-. Y así fue cómo decidí bautizar a la fábrica con esa palabra."

De aquel galpón de chapa equipado por una máquina armada por los propios socios salía el juguete más barato que aún hoy puede tener un chico. Hasta los 90, cuando se inundó el mercado con marcas chinas y mexicanas, Tinka proveía 80% de las bolitas que rodaban por el país o se guardaban como trofeos en tarros, cajas y botellones.

La rústica máquina casera producía 12.000 bolitas por día; muy lejos de las 400.000 unidades diarias que fabrica la firma hoy, gracias a tres máquinas con tecnología china y a dos hornos fundidores. De los 92,4 millones de bolitas y bolones que hacen por año, 60% se destina al juego y 40% se comercializa para uso industrial (la mayor parte se aplica en envases de aerosol).

Nadie sabe adónde van a parar tantas bolitas, cómo se preguntó Alejandro Dolina en su cuento "La decadencia de la bolita" (en Crónicas de un Á ngel Gris), pero Adrián Ñáñez, hijo de Víctor Chiarlo y administrador de Tinka, jura que se venden todas. La característica bolsita de red de 100 unidades llega a las manos de los chicos a un precio de entre $ 12 y 20, según el barrio. "Como son baratas no se las cuida tanto como un juguete caro, y así es como se pierden muchas", comenta Ñáñez.

Lo que sí se sabe es de dónde vienen. Tinka recicla 10.000 kilos de vidrio por semana, proveniente de Cristalería San Jorge y de botellas, damajuanas y sifones, con el que en cinco días se logran 2,2 millones de bolitas. "Se trabaja en forma alternada, por lo que una semana se usa vidrio de botella y otra, de cristalería, que es el más fácil de manejar y el que da la mejor bolita", explica Ñáñez.

Como para pegar a chanta justa (sin que pique en el suelo) desde el medio de la calle hasta el cordón de la vereda, para fabricar este juguete se necesita precisión. El vidrio es fundido en un horno a 1300 grados de temperatura hasta formar una lava roja, que luego se hace chorrear en forma permanente. "Ahí, unas tijeras la cortan en trozos, como si fuera un chorizo de vidrio, de un centímetro de largo. Una bolita tiene 16 milímetros de diámetro, y un bolón, 25", detalla Chiarlo.

Aunque la preferida por cada uno era la "pegadora", esa pieza especial gastada por mil batallas y que se reconocía con sólo tocarla, entre las bolitas se distinguen las vergel y ónix, las japonesas (en el interior del vidrio transparente se entrecruza un espiral de colores vivos), los piojines y las lecheritas (de vidrio opalizado). Estas últimas fueron llamadas así por Chiarlo, debido a su color blanco.

Tinka ya no fabrica las japonesas, porque no puede importar unos tubos de 50 centímetros de largo y 10 de diámetro, que no se hacen en el país. Éstos, que están divididos en tres compartimentos en los que se colocan los minerales oxidantes que dan el color, se meten en el horno en un lugar y momento justos para que se mezclen con el vidrio común. También las lecheritas son cosa del pasado, ya que no se consigue vidrio opalizado, antes tan común en los envases de cosméticos.

Este oficio tiene mucho de la maña del jugador "de rastrón", que se sabe cada desnivel del terreno, y de la paciencia del ducho en la "caminata", que va ganando de a una. Como dice Chiarlo, se requiere mucho de lo artesanal, porque cada uno de sus 12 empleados sabe cómo está el vidrio con sólo ver su color.

El hombre que fundó Tinka hace 60 años afirma que en la fabricación de bolitas hay una parte de misterio que tratan de conservar. Ese mismo misterio que tenía el tiro pegador de "Alvarucho", ése con el que "pelaba" a todos y se llenaba los bolsillos.

Seis décadas de labor con vidrio

La empresa Tinka fue fundada en 1953 por Víctor Chiarlo y Domingo Vrech. En 1956, este último deja la sociedad, e ingresa Ricardo Reinero. Poco después, se une Ángel Chiarlo, hermano de Víctor. En 1993, muere Reinero, por lo que ocupa su lugar su hijo Juan Miguel. En la actualidad, la fábrica cuenta con 12 empleados y es administrada por Adrián Ñáñez y Lucas Chiarlo (hijos de Víctor), y Silvina Chiarlo (hija de Ángel).

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