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La educación a las puertas de un gran cambio

Jorge Mosqueira
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27 de octubre de 2013  

"Si Galileo regresara a la Tierra y lo llevasen a un quirófano no sabría dónde está. Con toda esa tecnología puesta al servicio del ciudadano. Pero si lo llevasen a una universidad, sí que lo sabría, porque vería mesas, pizarras y tizas". El ejemplo no podría ser más adecuado para ilustrar la antigüedad de nuestros sistemas educativos. Fue enunciado por Josep A. Planell, rector de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), augurando que el futuro de la educación no está en las aulas actuales, sino a través de la formación online. De ser así –y cada vez caben menos dudas que es el camino que estamos recorriendo- debemos prepararnos a cambiar nuestros esquemas sobre los análisis de selección, que pone especial atención sobre el tipo de universidad o carrera de los postulantes. Más aún: tal vez termine importando en primer lugar su actitud y vocación por aprender. Después vendrá el resto.

Si revisamos nuestros criterios habituales, podríamos encontrarnos con sorpresas poco agradables. Una determinada universidad, prestigiosa por su nivel de exigencia y sus altísimos aranceles, no otorga una seguridad incuestionable sobre nuestras pretensiones. Todo depende de lo que entendamos de la palabra exigencia. Si dicha virtud implica cumplir a rajatabla con todos los requisitos impuestos por el régimen académico hasta alcanzar las notas más altas, puede ser que el producto no resulte ser el sujeto más formado, sino el más disciplinado.

Esta condición colisiona con las necesidades actuales, que busca sujetos inteligentes pero, sobre todo, creativos.

Una experiencia realizada con niños norteamericanos demostró que el sistema educativo vigente va esmerilando el pensamiento divergente -o lateral, según Edward De Bono– en proporciones alarmantes. La experiencia consistió en preguntar cuántos usos se les puede dar a un clip para papeles. La mayoría de la gente puede enumerar diez o quince, pero podrían llegar hasta doscientos aquellas personas que sean excepcionalmente creativas.

El grupo que llegó al mayor porcentaje, un 98%, fueron niños de jardín de infantes. La experiencia continuó, haciendo la misma pregunta a los mismos niños, cinco años más tarde. Llegaron al 50% y el porcentaje fue aún menor cuando arribaron a los trece y quince años. Es una tendencia negativa que da qué pensar, porque se supone que debería ser al revés: a mayor educación, mayor amplitud para relacionarse con el mundo que nos rodea. La conclusión a la que llegó Sir Ken Robinson, quien condujo el experimento, es que el sistema educativo es motivo del deterioro, ya que todos somos potencialmente creativos, pero pocos sobreviven a la invasión de los rígidos parámetros académicos.

En una entrevista a Isaac Asimov, realizada en 1988, éste anticipa el uso de las computadoras como medio universal y accesible para educar, con la ventaja de que cada uno puede regular el aprendizaje de acuerdo a sus intereses, sus necesidades y a su propio ritmo.

Así se hacía antes de que se inventara la escolarización masiva y los niños ricos tenían un tutor que personalizaba su desarrollo, en vez de meterlos en una cuadrícula etaria, como se hace hasta hoy. Es un tipo de formación cuyo paradigma está basado en la revolución industrial, una etapa que va siendo superada, (si no violentada) por los emergentes que se manifiestan en las empresas y en la sociedad, sumidas por el acoso del mundo líquido, los millenials, la diversidad, en fin, todo aquello que, con justificada razón, nos desconcierta.

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