La novia de América

Es una de las máximas cantantes pop de los Estados Unidos (vendió 90 millones de copias de sus siete discos), pero ahora, además, es el nuevo amor de Luis Miguel.
Adriana Franco
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3 de diciembre de 1999  

Mariah Carey aparece en la habitación del hotel luego de una larga espera. Llega rodeada de una verdadera comitiva: encargado de maquillaje, vestuarista, peluquero y un director de fotografía que supervisa que todo esté en orden, qué lente usará el fotógrafo y cuáles son los ángulos más convenientes.

Ella ríe y, con su risa, desarma la tensión de todos los que corren alrededor de ella. Y hasta hace travesuras, como subirse al piano o desestructurar a todos con una inesperada pose frente a la ventana. Cuando se dispone a hablar para la entrevista, decide ir a otro cuarto y pedirles a todos sus colaboradores que la dejen sola. Se tira en la cama, desabrocha el primer botón de su jean, vuelve a reír y dice: "Es que me deja la marca".

Aquí está la mujer de casi treinta años con una vida que es casi un cuento de hadas. La pequeña niña mestiza, tímida e insegura se ha convertido en una mina de oro que mueve un imperio alrededor de su voz. Ha vendido 90 millones de placas de los siete discos que editó en nueve años. Se casó con el presidente de una de las compañías discográficas más poderosas del planeta. Se divorció hace dos años y ahora su novio es otro hombre altamente codiciado, Luis Miguel. Acaba de editar su nuevo álbum, "Rainbow", y por ello está en la Argentina, en medio de una gira de promoción que va de una punta a otra del planeta.

Dice que ahora se siente feliz, que está aprendiendo a conocerse mejor. Y, sin perder la sonrisa, habla de su infancia, un tiempo difícil en el que se sentía diferente a sus amigas. "Soy una mezcla de razas. Mi madre es norteamericana, descendiente de irlandeses y mi padre, venezolano, mitad negro y mitad hispano. Es cierto que en los Estados Unidos hay mucha mezcla, pero también hay discriminación, depende de dónde vivas y de cuáles sean tus raíces. Si sos mezcla de italiano e irlandés, no hay mayores problemas porque te consideran una persona blanca normal. Si sos mitad chino y mitad irlandés, las cosas se complican. Pero la peor es mi situación: un poco negra, un poco irlandesa, un poco hispana. Se me hacía difícil decidir quién era y me sentía muy insegura porque no me parecía a mis amigos."

Sus padres se separaron cuando ella tenía cuatro años. Fue su madre, cantante de ópera, quien la alentó en su carrera. Uno de sus más antiguos recuerdos es el de Patricia, su madre, cantando una parte de "Rigoletto", la ópera. "Ella andaba por la casa cantando, una y otra vez, la misma parte, y yo la corregía. Era una parte que, no sé por qué, yo conocía; y ya sabés, cuando uno canta mientras hace otras cosas por momentos se distrae y se equivoca. Ella siempre me dice que, en ese momento, mientras cantaba esa ópera italiana, pensó de dónde venía yo, de dónde había salido."

La música, dice, siempre estuvo con ella. "Empecé a cantar cuando empecé a hablar, pero sin tener la menor idea de que eso podía convertirse en una opción para vivir." Recuerda que, por las noches, se llevaba la radio de la cocina a su cuarto, la ponía bajo la almohada y se dormía escuchando música. "Pero a los 12 o 13 años, empecé a descubrir que muchas canciones tenían una fórmula establecida, que eran previsibles en la música y en la rima, que si decía hard , luego vendría start , después de be , vendría me . No me gustaba eso y pensé que yo podía hacer algo mejor. Así empecé a escribir".

Desde muy pequeña comenzó a escribir poesías, embriones de las futuras canciones. "No sé exactamente, pero alrededor de los 6 o 7 años ya escribía poemas en un cuaderno. Recuerdo que una maestra los leyó y no creía que fueran mías, porque eran muy oscuras, poco comunes para una chica de esa edad, y pensaba que las había copiado. Pero eran mías de verdad. Mi vida no era fácil entonces, ya te dije, y la manera de sobrevivir era expresar así lo que me pasaba. Siempre sentí que cantar era una forma de liberación, de redención de mí misma. Si había cosas que me hicieran sentir triste, las sacaba fuera de mí, cantando".

Las puertas de la música

Fue durante sus años de escuela secundaria cuando compuso las primeras verdaderas canciones. Las que grabó, unos años después, en ese demo que le abrió las puertas del mundo de la música, y el corazón de Tommy Mottola, el presidente de CBS/Columbia, 20 años mayor que ella, con el que se casó tres años después, en 1993. Para entonces ya se había ido desde su Long Island natal hacia la ciudad de Nueva York. Tenía 17 años y trabajaba de moza mientras esperaba su oportunidad. "Fue entonces cuando grabé aquellas canciones del secundario con unos músicos del Upper West Side neoyorquino. Al principio no me tomaban en serio porque me veían muy chica, pero les gustaba como cantaba".

Un tiempo después, y luego de una prueba, se integró al coro de Brenda K-Starr, una cantante de música dance de los ochenta. No lo sabía entonces, pero era el primer paso hacia el gran éxito, porque poco después, en una fiesta a la que estuvo a punto de no asistir, K-Starr le entregó el demo a Mottola. Aquí el cuento comienza a tomar forma de película de Hollywood: el presidente de Columbia se fue de la fiesta, puso el cassette en su auto y, tras escuchar unas canciones, desandó el camino para volver a la fiesta y conocer a la dueña de esa voz.

Casi en una sola jugada firmó contrato y se puso de novia con el poderosísimo empresario, y en 1990 salió su primer disco, "Mariah Carey". Cuatro de las canciones llegaron al primer puesto. "Eso demostró que no estaba equivocada -asegura-, porque primero me propusieron que grabe canciones de otros, pero yo defendí las mías y el tiempo demostró que valía la pena". Con ese mismo disco consiguió un año después dos premios Grammy: el de mejor cantante pop y el de mejor artista nueva. Un éxito rotundo. "Sí, pero te confieso que yo no entendía nada de la industria musical, no sabía de rankings, discos de oro, Billboard y todo eso. Lo que me impresionaba era escuchar mi canción en la radio, eso era un golazo, sobre todo porque fui tan insegura de chica que tenía que demostrarme todo el tiempo a mí misma que sí podía".

Hacia las raíces

El fantasma de la infancia insiste. Mariah Carey rescata con pasión la figura de su madre, la que eligió su nombre inspirada en la canción "They Call The Wind Mariah" (Ellos llaman María al viento), del musical "Paint Your Wagon". Toda una marca de su madre que, esta vez, la acompañó en parte del viaje. "Ha sido un gran apoyo para mí. Luchó mucho para mantenernos a flote, y eso fue una gran enseñanza. Yo tengo dos hermanos, pero son bastante mayores y no viví mucho tiempo con ellos. Así que ella fue muy importante, llegó a tener varios trabajos para mantener la casa. Además, no es una persona muy convencional, era como medio hippie, aunque fuera cantante de ópera. Cuando yo era chica venían a casa muchos artistas amigos de ella, gente con estilos de vida muy diferente. Recuerdo a músicos de jazz, en casa, a las tres de la mañana. Tiene una mente muy abierta".

De su padre, un ingeniero aeroespacial, habla menos. Sin embargo, las raíces insisten. De nuestro país, de donde partió anteanoche, viajó a Nueva York para terminar un especial para la televisión, en el que registra un concierto que dio en su escuela secundaria y donde -otra vez- volvió a encontrarse con su pasado.

Luego aprovechará un par de días de descanso para visitar Venezuela. "Nunca estuve y quiero conocer de dónde vengo. Mi abuelo era de allí. Su nombre era Roberto Núñez -dice, saboreando el español-, pero cuando llegó a los Estados Unidos cambió su nombre por Carey porque pensó que sería menos discriminado. Es muy loco, porque eligió un apellido irlandés, que también son discriminados". En el viaje espera encontrar alguno de sus parientes o gente que haya conocido a su abuelo. "Aunque sé que es difícil porque se fue en 1928."

Sin adicción al trabajo

Pero sólo serán dos días, porque su vida es el trabajo. Carey no sólo canta sino que escribe las canciones y produce, asociada con otros, sus discos. "Pero no soy una adicta al trabajo -dice- sino que quiero que las cosas salgan bien." Disfruta, hoy, un nuevo aire de libertad. Se ha comentado mucho que, durante su matrimonio con Mottola, éste le controlaba hasta los mínimos detalles de su carrera. En cierto grado lo sigue haciendo. A Buenos Aires llegó con dos grupos de seguridad. Uno propio y otro enviado por su ex marido. Pero los que están cerca de ella son los primeros, los chicos de Mottola tienen que mantener un segundo plano.

No quiere hablar del tema, lo han aclarado antes, pero finalmente ella misma hace mención al asunto. Cuenta que ahora, por ejemplo, puede tomar clases de actuación. "Es como una terapia, me ayuda a recuperarme, a sentirme independiente y libre. Estuve muy controlada e insegura durante varios años. Me decían todo lo que tenía que hacer y pasé mucho tiempo sin ser feliz. Ahora puedo reír y divertirme, pero entonces me sentía triste y miserable todo el tiempo". No la conocimos antes, pero las risas frecuentes parecen confirmar esta nueva libertad.

Luismi, único

"Al único que escucho es a Luis Miguel", dice Mariah, casi grita, cuando comenta el boom latino en los Estados Unidos. Ningún Ricky Martin ni Enrique Iglesias. Sólo él, al que agradece en su último disco con un "gracias a Dios que te encontré". "Es un ser maravilloso -dice, con cara de soñadora-, con un maravilloso corazón. Algo muy raro en este mundo y, especialmente, en el negocio del entretenimiento."

Ambos coincidieron en Buenos Aires. "El martes fuimos a una tanguería -cuenta-. Quedé fascinada con los bailarines, quiero volver ya y aprender a bailar." Esa noche, Luismi cantó a puertas cerradas "El día que me quieras" y "Uno", y, anteanoche, en el show en Quilmes al que ella concurrió, le dedicó especialmente "Sabor a mí". Un romántico.

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