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Justin Bieber: un recital corto y accidentado

Natalia Trzenko
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12 de noviembre de 2013  

De las cimas de la fama al subsuelo de la infamia. Todo lo que sucede en la vida de Justin Bieber desde que se convirtió en un fenómeno global con apenas quince años –hace frenéticos cuatro– se dirime en las redes sociales. La historia empezó en YouTube gracias a unos videos subidos por su mamá, Patty. La cuestión era compartir su orgullo por el sentido del ritmo de ese hijo que tuvo aún siendo una adolescente, a una edad bastante similar a la de esas chicas que anteanoche se desgañitaban de bronca ante la evidencia: el ídolo tiene pies de barro. Para las fanáticas argentinas, parte de un ejército mundial autodenominado Beliebers –un juego de palabras entre el apellido del cantante y believers, creyentes–, el paso de la alegría inmensa a la tristeza infinita ocurrió cuando el cantante canadiense, a una hora de comenzado su segundo recital en River, decidió suspenderlo. Según había adelantado el mismo Bieber durante la tarde, vía Twitter, una intoxicación alimenticia lo tenía en reposo y en muy mal estado físico, pero aun así había decidido regirse por la premisa de "el show debe seguir", algo que finalmente no pudo cumplir. De hecho, dos horas después de lo anunciado, comenzó el show, pero menos de una hora después el cantante abandonó el escenario abruptamente. El desconcierto se volvió desconsuelo cuando minutos después regresó, pero sólo para anunciar que le resultaba imposible seguir con el recital. "Me siento enfermo. Quería salir al escenario a hacer el mejor show, pero no me siento bien. Odio hacer esto, no quiero desilusionar a mis fanáticos. Los amo a todos con todo mi corazón. Son increíbles. Mil disculpas otra vez", dijo el cantante, de 19 años, que un día antes había tenido que dejar el hotel Faena, donde se alojaba, por el asedio de sus fans. Antes de llegar a Buenos Aires, el principito del pop ya había tenido problemas en Río de Janeiro por hacer grafitis callejeros sin permiso, algo que mostró orgulloso desde su cuenta de Instagram. Lo dicho: la vida entera de Bieber transcurre a la vista de todos, multiplicada en cuanta plataforma digital y social esté a su alcance y el de sus representantes. Esos que desde el principio entendieron, gracias al efecto viral de esas imágenes en YouTube, que tenían entre sus manos un nuevo tipo de fenómeno. Al primer ídolo cuya vida entera estaba minuciosamente documentada desde su nacimiento y, más importante, era susceptible de compartirse en las redes sociales para crear un nuevo tipo de fanáticos. Un grupo que siente que el éxito de Justin de alguna manera les pertenece. Y algo de razón tienen.

Después de todo es lo que él, o más bien su descubridor y representante, Scooter Braun, les viene repitiendo desde el principio. Sin ellos, el muchachito del pequeño pueblo de Stratford, en Canadá, no sería lo que es: una estrella pop global de 19 años capaz de provocar una revolución mediática cada vez que estornuda un poco fuerte.

Si la intoxicación fue o no fue, si su intento de cumplir con el compromiso asumido a pesar del malestar físico fue un acto heroico o una irresponsabilidad, no importa demasiado. Tampoco que haya terminado prematuramente un concierto –el hecho de que cumpliera casi una hora sobre el escenario lo exime del incumplimiento de contrato–, un incidente que en el mundo de las giras musicales suele ocurrir.

Lo cierto es que lo notable del caso Bieber –como el de Miley Cyrus– parece derivar de la combinación de las pasiones que despiertan los ídolos adolescentes entre sus pares desde siempre, con la novedosa posibilidad actual de que puedan comunicárselo al mundo con machacona insistencia. Si las fanáticas de The Beatles gritaban hasta quedarse roncas por la emoción de tener a sus ídolos cerca, hoy el alarido es continuo e infinito. Un tuit arriba del otro discutiendo el Biebergate con una efervescencia típicamente adolescente de la que los medios se contagian demasiado rápido. Y sin tener la excusa de la edad a su favor. Otra vez el efecto viral, aunque ahora, en lugar de armar el pedestal del ídolo, parece ser que llegó el momento de bajarlo de un hondazo. Supuestas noches de excesos y declaraciones desafortunadas –hace pocos meses, en su visita al museo de Ana Frank en Amsterdam, el cantante aseguró que la chica hubiera sido una Belieber– molestan mucho a los padres de esos chicos que tienen su habitación tapizada con la cara del muchacho. Esos padres que siguen sin entender muy bien por qué sus nenas insisten en cambiarse el apellido para empezar a usar el de Justin. Y que anteanoche miraban desconcertados el llanto de tantas, al tiempo que ellos trataban de manejar la indignación por el dinero invertido en el berretín de sus hijos –algunos pagaron más de ocho mil pesos–. Mientras, a su alrededor, las aguas se dividían entre quienes defendían a Bieber y quienes decidían que ya nos les quedaba nada en lo que creer. Fiel rebaño del templo del pop adolescente que ellos mismos ayudaron a construir, anteanoche, muchos de los fanáticos de Justin Bieber dejaron de ser creyentes. Y, como corresponde, inmediatamente lo anunciaron en Twitter, en 140 caracteres, o menos.

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