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Mi gran expedición griega

Con bandera argentina, nueve días de navegación y buena vida entre algunas de las islas más lindas del Mediterráneo
Martín Wain
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17 de noviembre de 2013  

Ya no hay seres mitológicos que surquen las aguas ni guerreros que amenacen las costas del Egeo. Ahora somos turistas en busca de pulpito con cerveza frente al mar. Es mediodía y hace dos horas vamos saltando pequeñas olas, descubriendo capillas perdidas en islotes, salpicados por gotas brillantes, escuchando rock & roll. Disfrutamos la luz y el viento en la cara. También la velocidad. Se puede recorrer de mil maneras las islas griegas, pero ninguna será más apasionante que esta expedición para tripulantes inexpertos.

En gomones semirrígidos partimos desde Atenas con todo el equipaje dentro de bolsos de marineros. El inicio no fue fácil. Luego de un par de días gastando suelas en las calles de Atenas, nos embarcamos en Anyssous, a una hora de la capital. El primer destino: Mykonos, el clásico, a 80 millas náuticas (150 km). Pero un cambio repentino del viento nos sacudió con ganas en estos mares de leyendas. Culpa de Poseidón, dirán los que saben. Empapados y mareados debimos desviarnos hacia Kea, un pueblo repleto de viñedos, donde únicamente conocimos un restaurante del puerto. Sus dueños no se fastidiaron con nosotros aunque hayamos ocupado con ropa para secar todas las mesas de su elegante terraza. Incluso nos deleitaron con pulpo, pez espada y aceitunas kalamatas, y hasta nos trajeron la cuenta dividida en diez para que cada uno pudiera pagar con su tarjeta de crédito. Argentinos, sí, cuidando el efectivo.

El organizador de este tour atípico es Adrián Dannemann, un agente de viajes de Bariloche con mucha experiencia en navegación. Él corrió regatas por todo el mundo, fue campeón argentino de velero y creó, años más tarde, este circuito por archipiélagos griegos que suelen visitarse en crucero, ferry, avión o avioneta, pero no en una flotilla de botes con 10 metros de eslora y trescientos caballos de fuerza. El recorrido total de la Expedición Acrópolis es de nueve días; unas 500 millas náuticas –900 km–, por siete islas de ensueño que pueden variar según las condiciones climáticas. La primera parte es por las Cícladas; el retorno, por las Jónicas, mucho menos visitadas.

Como capitán de la incursión, Adrián decidió un cambio de planes en Kea. Ocho de los catorce pasajeros debimos quedarnos para completar la primera jornada en ferry. El resto del grupo continuó con mar áspero y olas de hasta tres metros –muy respetables en estos botes planos– y nos reunimos todos, horas más tarde, en la isla de Siros, para pasar la noche en un hotel que el organizador reservó en el camino, en sintonía con un tour-operador local.

Pudimos disfrutar de Siros por la mañana. Sus coloridos edificios neoclásicos de tres o cuatro pisos cubren toda una colina. En la cima se distingue una iglesia ortodoxa de cúpula turquesa. También hay iglesias y capillas católicas que se asoman especialmente en los alrededores de la plaza Miaulis. La calle Chiou centraliza el movimiento de un mercado al aire libre. Hombres mayores con sacos sobre sus hombros juegan al backgammon en un paseo marítimo ideal para un café antes de partir, ahora sí, hacia Mykonos, a 85 kilómetros.

Llegamos emocionados hasta la Ibiza griega. En el festejo perdí los lentes de sol en el mar. Imposible mirar la bahía principal con el cielo despejado al mediodía. El reflejo enceguece. Pagué 12 euros por unos nuevos en un puesto de postales y suvenires. El capitán compró los suyos, exageradamente plateados, pero negoció el precio con el vendedor. Le ofreció 10 euros más un beso. El vendedor aceptó los euros y lo miró con desconfianza.

Es como si cada mañana le dieran una nueva mano de pintura blanca a este pueblo-postal mediterráneo, con sus barquitos amarrados en dos largos muelles. También impacta la cantidad de comercios en el frente de la bahía. Sólo cuando uno empieza a zigzaguear por las calles angostas de la isla aparecen habitantes reales, que no se muestran perturbados por el movimiento de tantos viajeros. Esta región vive del turismo, especialmente de los cruceristas que llegan en más de 800 barcos cada temporada.

Almorzamos con vista a molinos de viento del siglo XVI en un sector conocido como Pequeña Venecia. Las mesas están tan cerca del mar que ni hace falta extenderse para tocarlo. Es un barrio pintoresco en la playa Alevkantra. Nuestro hotel, el Manoulas, se ubica en Agios Ioannisy, una bahía contigua. Hasta ahí llegamos en una camioneta alquilada y media hora después estábamos en una piscina sin fin, frente a una playa rocosa, muy cerca de donde se filmó Shirley Valentine. A la tarde retornamos al centro para un trago con jengibre en Kastro Bar y una cena típica en uno de los restaurantes con mesas en calles peatonales mientras el dueño se peleaba con otro que intentaba convencernos de que nos sentáramos en su lugar. Hubo que calmar las aguas cuando salieron los camareros de ambas cantinas.

El puerto va subiendo su volumen a medida que avanza la noche. En yates que pueden superar los 50 metros de eslora se ven los preparativos para salir de fiesta. La gente se amontona en bares que devienen night clubs. Los menores de 25 eligen sitios como New Faces, los griegos se juntan en Uno, el turismo gay busca las terrazas de Icarus y muchos concluyen en Cavo Paradiso, por donde pasan los mejores DJ del mundo en el verano europeo y que usualmente abre a las 2 y cierra a las 10.

Otras Cícladas

De Mykonos a Paros hay 40 millas (75 km). El mar amaneció planchado –así quedará hasta el final de nuestro viaje–, de manera que los horarios de navegación son más flexibles. Pudimos atravesar cuevas con los botes y levantar un poco de vuelo: si la velocidad crucero de la flotilla es 20 nudos (37 km por hora), esa mañana alcanzamos los 40, con música grunge a buen volumen.

En menos de una hora llegamos al extremo nordeste de Paros, donde hay una escuela de kitesurfing y lanchas preparadas para esquí acuático. Allí nos dimos el primer chapuzón en las aguas transparentes, saltando desde los botes. Yannos, segundo capitán (skipper) de la expedición, trabaja durante el verano en este local montado sobre pilotes. Con sus piercings y tatuajes, cuesta imaginarlo en sus tiempos de agente de turismo, con traje y corbata. Él ofició de anfitrión: nos presentó a los instructores, nos prestó tablas de stand up paddle y aportó bebidas para todos. Después de un rato de fiesta en el deck continuamos hacia Naousa, a diez minutos. El ingreso al pueblo resultó un momento mágico. Un nuevo marco de casas blancas y celestes, esta vez en silencio, sin más turistas en el puerto. Cien gaviotas, dos gatos y nosotros, en una pequeña bahía junto al puerto. El menú: calamares y pescado frito, nuevamente a dos metros del agua.

Continuamos por mar hacia el hotel Minois. Desembarcamos sobre rocas a cien metros del hall, un arribo glamoroso frente a otros huéspedes que bajaron a tomarnos fotos. La mayoría de los hoteles costeros en la región ofrece grandes vistas. Los terrenos irregulares y las casas colgadas de las barrancas se combinan en panorámicas inigualables, como las de la isla más famosa, tal vez del mundo, para ver la puesta del sol: Santorini.

Hasta ahí llegamos desde Paros (otras 40 millas) previa zambullida cerca de unos manantiales de agua caliente cercanos a la isla volcánica Palea Kameni. Lo más llamativo es la gama de turquesas combinada con el rojo del cobre. El lugar suele incluirse en los paseos náuticos organizados desde la isla, que por arribar en lancha propia no lograron vendernos. Desde El Greco Resort, a menos de un kilómetro de Fira, la capital de la isla, nos movimos en un auto alquilado para conocer pueblitos tradicionales como Pyrgos y las playas del sur: Perissa y Vlichada, las más importantes; White Beach, con arena blanca, y Red Beach, con arena volcánica. A ellas se puede llegar en ómnibus público: la parada está frente al correo, en Fira.

Hacia el final del día todos van hacia Oia. Pueblo de altura copado por el turismo, es la tribuna más sofisticada del mundo para un momento repetido que aquí es especialmente extraordinario: el atardecer, que se espera en las terrazas con tragos, cenas y música chill out, y finaliza con aplausos. Muchos llegan hasta el pueblo en motos alquiladas, una opción más económica que el auto, pero incómoda a la vuelta cuando baja de golpe la temperatura. Es común cruzarse en la ruta con parejas cubiertas con sus lonas de playa. Ya en Fira, un buen restaurante: Nikolas, con ambiente sencillo y comida tradicional.

Las islas Jónicas

Desde Santorini, la expedición cruzó el Egeo para pasar al mar Jónico e ingresar en la costa este del Peloponeso. La primera estación fue Monemvasía, localidad medieval fortificada en una pequeña península. Fueron 90 millas de navegación en un día, porque se hizo una parada en Milos para ver cuevas, buscar pozones de aguas cristalinas y almorzar las viandas preparadas antes de partir de Santorini. Los botes llegaron hasta el pueblo mágico Folégandros, donde casi no llegan otros turistas. Se encuentra en el tope de un acantilado. Así como en las Cícladas hay exclusividad de casas blancas, en esta zona predominan los tonos colorados.

Spetses es una de las islas más importantes del archipiélago. Un clásico, aunque más sofisticado que Mykonos. Es ideal para recorrer en moto o bicicleta. Su capital es Dapia, cuyas calles principales están hechas de canto rodado blanco y negro. Es muy atractivo su puerto Páleo Liman, que combina yates de lujo con canoas de pescadores.

Desde allí hasta Hydra hay sólo 10 millas náuticas. Fue la siguiente estación: un puerto chiquito, un pueblo sin vehículos con motor. De construcción medieval y piedra oscura, el medio de transporte principal es el burro. Nada más silencioso que este sitio como fin de la aventura, por completo desconectado, para volver como delfines cruzando el mar, saltando las pequeñas olas, nuevamente hacia Atenas.

Datos útiles

  • Cómo llegar

    No hay vuelos directos entre Buenos Aires y Atenas. La conexión más sencilla es vía Lufthansa, que une diariamente Buenos Aires con Francfort, donde luego de una escala de sólo tres horas se embarca hacia la capital griega. La duración total es de aproximadamente 17 horas, saliendo de Ezeiza a las 17 para llegar a Atenas a las 16. Todos los aviones poseen pantallas de entretenimiento individual. Tarifas, desde 13500 pesos, con impuestos incluidos. www.lufthansa.com
  • El viaje

    Expedición Acrópolis: próxima salida: 24 de mayo de 2014. Por persona, en base doble: US$ 4280 + US$ 1227 de impuestos y retenciones. El pago, en pesos a la cotización oficial del día de cancelación. Incluye aéreos entre Buenos Aires y Atenas, por Lufthansa. Tres noches en Atenas y ocho en las islas. Desayunos, traslados terrestres en Atenas, equipo soporte en tierra, un bolso seco para equipaje. Con un skipper (capitán) por bote y un coordinador general de la expedición, quien sugiere considerar 35/40 euros por persona por día para comidas no incluidas y unos 200/250 por persona para el combustible. Viajes Dannemann (legajo 9655), Palacios 134, Bariloche. Teléfono: 294 4422000. Más, en www.acropolistrip.com y www.dannemann.com.ar
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