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Después de la debacle

Reunidas en un solo volumen, Frío y Subte, dos novelas póstumas del argentino Rafael Pinedo, presentan mundos apocalípticos con los restos de una civilización fracasada
Martín Lojo
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15 de noviembre de 2013  

A comienzos del nuevo milenio, con los restos de la crisis de 2001 todavía calientes, una serie de ficciones distópicas imaginaba el futuro. Con el antecedente de la novela El aire de Sergio Chejfec y una zona de la narrativa de Marcelo Cohen, estos relatos actualizaban ese género de ficción prospectiva que desconfía de toda promesa científica evolutiva y especula sobre la degradación de los vínculos sociales y la cultura humana. La punta de lanza fue Plop (2002), la primera novela de Rafael Pinedo, acaso la más cruda y violenta de estas versiones argentinas del género, que continuarían, entre otros, Oliverio Coelho, Pedro Mairal o, ya en el presente, Ricardo Romero.

A la visión sombría del futuro, Pinedo sumaba un ejercicio de exploración antropológica que emparenta su escritura también con Runa , de Fogwill. Ganadora del premio Casa de las Américas, Plop construye un paisaje en ruinas en el que grupos de nómades, acosados por la contaminación del agua, recorren basurales en busca de los pocos restos vegetales y animales con que alimentarse. La prosa seca, de frases breves y adjetivación mínima, es el medio para despojar a los personajes de toda característica humana más allá de la supervivencia estricta, a la que poco a poco se suman los rasgos de una cultura arbitraria y violenta. Después de la debacle, nos dice el autor de Plop , los restos de la humanidad se reducen a su esencia: la lucha brutal por el poder.

La obra que comenzaba con tan impactante relato se frustró por la muerte de su autor, víctima de un cáncer en 2006. Rafael Pinedo nació en 1954. Se graduó de computador científico en la UBA y fue también actor de teatro. Aunque comenzó a escribir relatos en su juventud, recién retomó la escritura a los cuarenta años. De ese trabajo se conservaron, aparte de Plop , dos novelas, Frío y Subte , editadas primero en España, y que ahora Interzona recupera en un solo volumen, junto con el poema narrativo El Laberinto .

A juzgar por los niveles de destrucción y recreación cultural de los relatos, se podría inferir que componen una trilogía en la que Frío y Subte son los extremos y Plop un estadio intermedio. La protagonista de Frío es una profesora de Economía Doméstica en un convento-escuela asediado por una suerte de glaciación que obliga a todos sus habitantes a huir. Temerosa tanto de la disciplina de las monjas como de la lascivia que cree ver en el portero, la profesora decide esconderse y permanecer sola en el edificio. A partir de allí sólo le resta sobrevivir: asegurarse leña y abrigo para soportar las noches, proteger sus alimentos y cazar, higienizarse, evitar transpirar o llorar para no morir bajo una camisa de hielo o destrozar sus lagrimales con gotas congeladas, resistir a los animales predadores. Sobre todo, guardar la piedad religiosa, tarea difícil ante la falta de confesores y ministros que conduzcan las ceremonias, y que lleva a cabo interpretando a su modo las consignas de su misal. Las ratas que infestan el edificio son su primer enemigo, pero luego de que la protegen involuntariamente de una horda de atacantes se convierten en sus aliadas y poco a poco, mientras avanza su soledad y ensimismamiento, en las fieles de un nuevo culto. Entre la disciplina religiosa que sostiene su resistencia anímica, el confuso descubrimiento de su deseo sexual y el comienzo de una animalización paulatina, la profesora crea un modo de redención mística monstruosa en algunas de las escenas más perturbadoras y potentes de la novela.

Sin perder esa veta de exploración antropológica, Subte se centra en la acción. Su protagonista es Proc, una niña de doce años embarazada que forma parte de una tribu que vive en la superficie de la tierra devastada. Evitan la luz del sol, ya que produce inmediatas enfermedades mortales. La ley del grupo exige el encuentro sexual apenas sus miembros alcanzan la edad reproductiva. En el momento del parto, cuya naturaleza fisiológica se desconoce, una comadrona abre el vientre de la parturienta y saca al feto, que recién recibirá entidad humana cuando la madre le pasa su alma. Birm, uno de los ancianos de la tribu, es el único que conserva cierta memoria del pasado sobre cuyos restos viven: "Uno va por el túnel, encuentra un cuarto pequeño, entra, los cables se cortan por el peso, el cuarto se cae, uno se muere. Eso es un ascensor". En el comienzo de la novela, Proc huye de una manada de lobos en los túneles abandonados del subterráneo, donde recolecta los hongos con que se alimenta. La supervivencia en las profundidades le permitirá, antes del fin, reencontrar sus instintos a partir del impulso ciego de su propio cuerpo y escapar a la condena de su cultura.

Más cerca del relato kafkiano, El Laberinto reduce la estrategia de Pinedo a su mínima expresión. Un personaje debe sortear una serie de cámaras y cuartos, trampas, pisos falsos, espadas que caen del cielo, acorde a la forma de un antiguo videojuego pero incorporando sensibilidad al protagonista, que desconoce ser manejado por otro. La supervivencia es el único sentido posible: "No se lucha con El Laberinto/ Sólo se sobrevive". "Hay una sola salida a El Laberinto : aceptar vivir en él."

Es difícil imaginar qué dirección pudo tomar la obra de Pinedo. El rescate de estos relatos permite, de todos modos, comprobar la efectividad de una escritura que se somete a fuertes restricciones y logra sostener la agilidad narrativa sin perder potencia y capacidad reflexiva. El Laberinto , de ineludible referencia borgeana, es una pálida metáfora de la cultura como una cárcel violenta y arbitraria. Pero Frío y Subte abren alternativas a esa ausencia de salidas. El monstruo místico que crea la protagonista de Frío la rescata de la sociedad a la que ya no puede volver y le brinda un momento de iluminación extática; el impulso vital del cuerpo salva a Proc de su propia tribu. En los mundos de Pinedo la debacle de la civilización es sólo un punto de partida, la mayor de las amenazas es en realidad la continuación de la cultura humana. Sobrevivir es escapar de ella.

El legado de VidalMuy discutido en vida, Gore Vidal sigue siéndolo después de muerto. En el estudio de la casa en que murió en julio de 2012, quedaron en estantes las 25 novelas y los 26 volúmenes de no ficción que llevan su firma. El actor y director Burr Steer, sobrino de Vidal, esperaba, por una promesa del escritor, heredar los derechos de su obra, pero no es lo que sucedió. Gore Vidal legó finalmente toda su fortuna a la Universidad de Harvard. El testamento original designaba a Howard Austen, su compañero de toda la vida. Luego de la muerte de Austen, Vidal hizo una enmienda a favor de Harvard en 2011.

Frío/Subte Rafael Pinedo Interzona 216 páginas $120

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