Hacer negocios, hacer el bien

Un capitalismo con rostro humano convertiría el bienestar de las personas en parte de la razón de ser de las empresas. La innovación y los valores, indispensables
Mori Ponsowy
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17 de noviembre de 2013  

En los últimos años, algunos economistas han propuesto la idea que para que el capitalismo no desaparezca, debe convertirse en un capitalismo más amable. Uno que considere a las personas como algo más que meros consumidores; uno que entienda la diferencia entre maximizar el consumo y maximizar la calidad de la vida; uno que no sacrifique el futuro en aras del presente.

La primera vez que leí acerca de esto fue en un libro de Umair Haque llamado Betterness: Economics for Humans y me pareció una teoría tan utópica como optimista. Sin embargo, después de terminar el libro fui topándome de casualidad con hechos que me hicieron pensar que Haque tenía razón. El primero: mi sobrino, que tiene trece años, inventó junto con un par de amigos un programa para celulares que ayuda a organizar las horas de estudio, y el programa resultó tan bueno que una de las marcas más prestigiosas de teléfonos ya lo ofrece de manera gratuita a sus usuarios. Ahora, los chicos están desarrollando un nuevo programa para ayudar a personas con discapacidad a comunicarse a través del móvil.

Me topé con el segundo caso en el consultorio de un médico: para mi asombro, esa vez no tuve que esperar una hora antes de que me atendieran, sino que a los dos minutos de haber llegado, ya estaba frente al doctor. No sólo eso, sino que él parecía recordar perfectamente quién era yo, por qué estaba ahí, y no lucía apurado por atender al próximo paciente. Salí asombrada, y se lo comenté a la recepcionista. "Es que ahora tenemos un programa nuevo –me explicó–. La gente saca turno por Internet, el doctor tiene las historias en su computadora y ni siquiera tiene que escribir a mano las recetas." Le pregunté de dónde habían sacado el programa. Ella sonrió y dijo: "Lo desarrolló, especialmente para nosotros, ese señor que ves ahí".

El señor en cuestión estaba agachado, arreglando algo en una computadora, me saludó con una mano y, cuando salió de abajo de la mesa, me contó su historia. "Tuve un hijo enfermo muchos meses y, de tanto ir a consultorios y hospitales, me di cuenta de la cantidad de tiempo que perdían los médicos, las secretarias y los pacientes en tareas que podrían hacerse de forma más rápida y eficiente." En cuanto su hijo se curó, decidió dedicarse a desarrollar el programa.

El tercer caso tiene como protagonista a Bridget Oei, una chica que cursa el último año de secundaria en Manchester, Estados Unidos, y que inventó un aparatito que permite que implantes como el marcapasos funcionen con la energía de nuestra propia respiración, en vez de con baterías que deben cambiarse regularmente mediante una cirugía.

Creo que hoy no podemos ni siquiera imaginar cómo será el mundo del futuro pero, después de haber conocido estos casos, me gusta pensar que Haque tiene razón y que, sin que nadie se lo proponga, la revolución de los valores ya ha empezado. Grandes empresas tradicionales como Sears, Blockbuster, IBM y Xerox se han venido abajo porque no se dieron cuenta de que debían cambiar para poder subsistir. Hoy, las compañías que más crecen son las que han convertido la innovación en parte de su estrategia. Pero no se trata de una innovación basada sólo en desarrollar nuevos productos, sino también en agregar algo realmente positivo a la vida de los consumidores.

La economía global está cambiando a paso acelerado y las empresas tal como las conocemos están haciéndose obsoletas. Para ganar en un mundo en el que la competencia es feroz, la innovación es indispensable, pero también lo son los valores. Un gran producto puede ser un elemento importante para alcanzar el éxito, pero los consumidores piden productos innovadores que, además, tengan un rostro humano. Para poder seguir creciendo, no sólo las empresas, sino también profesionales como los médicos, los arquitectos y los diseñadores, deben estar atentos a las necesidades de la gente. Un capitalismo con rostro humano convertiría el bienestar de las personas en parte de la razón de ser de las empresas y traería aparejada la posibilidad maravillosa de que hacer negocios y hacer el bien puedan ir de la mano con más frecuencia que nunca.

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