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Los Carasucias necesitan ayuda para seguir su misión

El hogar iniciado por Mónica Carranza alberga a niños desprotegidos de entre 1 y 18 años
Florencia Saguier
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25 de noviembre de 2013  

La obra de amor de Mónica Carranza, aquella mujer que vivió mitad de su vida en la calle, entre la miseria y el abuso, y terminó dando comida y hogar a cientos de personas, continúa hoy a través de su hijo, Roberto Zuccarino, que trabaja permanentemente para que a los Carasucias, como ella los llamaba cariñosamente, no les falte nada.

‘Tuve que aprender a compartir a mi mamá con cientos de de personas’, cuenta Roberto. Cuando Mónica ya tenía su familia y un hogar en Mataderos, un chico le tocó la puerta para pedirle comida. Al día siguiente ese mismo chico volvió con un amigo, y al otro con otros más. ‘Un día subí a la planta alta de mi casa y me encontré a 50 personas comiendo’, relata Roberto. Para comprar la comida Mónica salía a vender flores artificiales que armaba ella misma con los chicos. Cuando los "carasucias" se multiplicaron y la casa les quedó chica, habilitó el comedor en una plaza a pocas cuadras de su casa.

En esa misma plaza y con apoyo del Estado, terminaron construyeron luego el hogar, un hogar que Mónica nunca pudo inaugurar debido a que enfermó de cáncer. Y aunque ella era el espíritu de la fundación, le pidió a su hijo que no baje los brazos y siga trabajando por los más desprotegidos. ‘Yo me crié viendo un ejemplo de vida, su lema era el amor, cuenta Roberto a La Nación. Aquella mesa tendida en la sala de su casa es hoy la Fundación Carasucias que, además proveer las cuatro comidas a 400 personas todos los días, mantiene el hogar para 40 chicos.

Aunque Roberto es bailarín de tango y tiene su propia compañía, es una de las principales caras visibles de la fundación. Pero no está solo, cuenta con un equipo de colaboradores que permanentemente está buscando mejorar la vida de los chicos. ‘No somos un hogar tradicional’, explica Mariano Robles, voluntario de la fundación. ‘Apuntamos a la revinculación familiar, que los chicos sigan en contacto con sus familias y si es posible, vuelvan con ellos’. Por eso, los padres pueden visitar a sus hijos cuando quieran y también llevarselos los fines de semana. Cuando las familias están en condiciones, los chicos ‘egresan’ a vivir nuevamente con ellos. ‘Los chicos, que tienen entre 1 y 18 años, vienen de contextos de pobreza, con historia de violencia y abuso, y generalmente con padres ausentes. Son chicos frágiles que sufrieron mucho’, explica Mariano.

‘Los Carasucias tienen que tener todo, hay que alimentarles también el alma’, le decía Mónica a su hijo. Los chicos en el hogar, además de ir a la escuela, hacen deporte, tienen apoyo escolar, arte, baile, asistencia psicológica, médica y hasta odontológica. ‘Nuestra próxima meta es que aprendan un oficio’, explica Mariano.

El mayor ingreso de la fundación proviene de la concesión de un garaje del Gobierno de la Ciudad, que al día de hoy está vencido y buscan que se renueve. Los alimentos los reciben también del gobierno y de la empresa Molinos Río de la Plata, pero no les alcanza. Además de dinero para asistir mejor a los chicos y sus familias, necesitan lavarropas, heladera y freezer, tv y equipo de música. Para ayudarlos, comunicarse al 4687-1872 (info@loscarasucias.org.ar). También tienen una cuenta del Banco Santander Rio – Nro. 026-026360/3.

Mónica descanza en paz, su legado continúa.

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