Bonnefoy visita a Borges

Pedro B. Rey
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6 de diciembre de 2013  

El perfil de un escritor se hace libro a libro. Yves Bonnefoy (Tours 1923), que recibió días atrás en Guadalajara el Premio Fil de Literatura en Lenguas Romances (el viejo Juan Rulfo), comenzó su obra a mediados del siglo pasado, con libros que transformaron el panorama de la poesía francesa de entonces ( Del movimiento y la inmovilidad de Douve ). De a poco fue sumando ensayos sobre literatura (es ineludible su aproximación a Rimbaud), sobre arte (los renacentistas, Giacometti), "relatos en rêve " ( Rue Traversière ), traducciones (mucho Shakespeare, Yeats). Puede decirse que publicó en progresión geométrica y que, a sus noventa años, es una rara avis : el autor prolífico al que no le sobra una página.

En 1999 tuve la oportunidad de entrevistarlo en el Collège de France, una tarde de verano, en una París soleada, pero espectral de tan vacía. Entre otros muchos temas habló de Borges, del que se estaba cumpliendo el centenario. Lo conoció personalmente. Con él visitó, por ejemplo, la casa natal de Nathaniel Hawthorne en Nueva Inglaterra, cuando el argentino estaba dando las conferencias Norton, en Harvard. Ese recuerdo quedó fuera de la edición final del intercambio (publicado oportunamente en la revista argentina Las Ranas y que el poeta incorporó con generosidad a L'inachevable , donde reunió reportajes que le realizaron en las dos últimas décadas), pero no otra anécdota significativa que quizá valga la pena reproducir.

Bonnefoy es, en el contexto francés, un lector de Borges a contracorriente. Le molesta que se lo lea como "el satisfecho practicante de una poética textual de la escritura". Vale decir, como un autor posmoderno, lúdico; no uno en el que se revela una contradicción más profunda, trágica: la que opone literatura y vida. Para ejemplificar su idea, el poeta contó la última visita que le hizo cuando Borges se encontraba internado en el Hospital Cantonal de Ginebra. Lo acompañaba su amigo, el crítico Jean Starobinski. Estaban hablando de Virgilio, al que los tres admiraban, cuando de pronto, Borges intervino animadamente: "¡Sí, Virgilio, pero no se olviden de Verlaine!". La relación de Borges con la cultura gala era, como se sabe, de una tirante ironía. Le gustaba reivindicar a un autor menor, Paul-Jean Toulet, y no hay que descartar en "Pierre Menard", como sugería Juan José Saer, una colosal broma contra Paul Valéry. El sentimental Verlaine fue para Bonnefoy, en boca de Borges, una completa sorpresa: "Al gran poeta por excelencia, a la figura de proa del gran arte y el pensamiento occidentales, él le contraponía, en pie de igualdad, al marginal, al vagabundo, al que no rechazaba ninguna debilidad de escritura, ningún manierismo, ningún pequeño ardid, pero que, en un nivel más profundo, en su concepción de la poesía, no se mentía a sí mismo". Después de despedirse, cuando ya estaban en el pasillo, Borges se irguió sobre la cama y les gritó a Starobinski y a él: "¡No se olviden de Verlaine!". "Virgilio... y... Verlaine", repitió. De esas palabras ("las últimas que le escuché"), Bonnefoy deduciría una enseñanza poética ejemplar, un modo propio de leer al autor de "El remordimiento".

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