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Verdi renovado

Jorge Aráoz Badí
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6 de diciembre de 2013  

Un ballo in maschera, ópera en tres actos de Verdi / Orquesta y coro estables del teatro colón / Director musical: Ira Levin. director de escena: Alex Ollé (La Fura dels Baus) / Escenografía: Alfons Flores / Vestuario: Lluc Castells / Luces: Urs Schönebaum / Director del Coro: Miguel Martínez / Cantantes: Giuseppe Gipali, Fabián Veloz, Virginia Tola, Sussana Andersson, Elisabetta Fiorillo, Lucas Debevec Mayer, Leonardo Estévez, Marcelo Monzani y Pablo Sánchez / Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy buena

La primera función de Un ballo in maschera, con la que el Colón concluyó su temporada, fue una caja de sorpresas de la que saltaron ininterrumpidamente contratiempos, aciertos, errores, aplausos y protestas, todos demasiado notorios para pasar inadvertidos. Después de una semana de desasosiegos, a partir del accidente que costó la vida de un trabajador del teatro, los 25 minutos de demora antes de que se apagaran las luces para el inicio del espectáculo (tardíamente justificados por la avería de un cable de iluminación) fueron comprensible causa de angustia de un público habituado a la puntualidad, que para el Colón siempre pasó por ser obsesiva ley de hierro.

Abierto el telón, tras un desfile de imágenes de actualidad sobre la transparencia de un cuerpo, la escena se mostró ocupada por una mole con planos movibles que evocó, inequívocamente, el rudo diseño de la arquitectura fascista y, con mayor precisión, el pétreo y austero interior de una cárcel. Al abrigo de este pesado volumen se sucedieron todas las escenas, desde las frívolas o burocráticas cortesanas, hasta las que se abisman en el amor y la muerte, clave temática de la obra.

El símbolo fundamental de la puesta son las máscaras, que cubren la cabeza de casi todos y funcionan como esas insignias identificatorias que se muestran de repente dando vuelta la solapa. Con sus reconocidas talentosas características, el director escénico Alex Ollé, de La Fura dels Baus, fue aquí ingenioso y provocativo, aunque no siempre convincente. Porque no se trata de lo que dice directamente un montaje, sino de lo que hace a lo sensorio.

Por ejemplo, algo esencial con la acústica sucede al ocuparse íntegramente el escenario y dejar todo al descubierto, sin techo, sin pantallas, sin cámara. Las voces no se proyectan. Cuando el tenor protagonista, el albanés Giuseppe Gipali, con una bella voz, flexible y seductora, aunque no muy poderosa, cantaba en el centro de la escena, la audición se tornaba dificultosa tras la mitad de la sala. Sólo al avanzar los cantantes hacia el borde del escenario, se los escuchaba de manera óptima.

Casi con seguridad, un músico como el director Ira Levin tiene que haber advertido este nada insignificante detalle, aunque era habitante del foso orquestal. Pero esta vez fue evidente que aquí mandaba la escenografía, no la batuta. De paso, vale la pena dejar constancia del refinamiento, brillo, plasticidad y, sobre todo, la intensa vitalidad que exhibió la orquesta. Junto al elenco de cantantes, Ira Levin protagonizó lo mejor de esta puesta.

El barítono argentino Fabián Veloz, como Renato, fue la figura de la noche, y se llevó los más fervorosos bravos, gracias a su segura afinación, autoridad vocal e inteligente penetración en la psicología del personaje. Por su parte, Elisabetta Fiorillo, en el papel de la bruja Ulrica, también hizo honor a la preferencia de Verdi por las mezzos y los barítonos y se distinguió por el manejo de su impecable instrumento y su atrapante personalidad artística. Y Virginia Tola, como Amelia, mostró una vez más buen gusto, excelente fraseo, afinación siempre justa, notable gradación dinámica y austero sentido del dramatismo. Párrafo aparte, para el Oscar de la sueca Sussana Andersson, una verdadera fiesta para los oídos y los ojos.

El escalofriante final, con el espectáculo de la aniquilación colectiva, no alcanzó a convencer al público de esta función, que ovacionó a los cantantes y abucheó la puesta de manera resonante, implacable, extensa y casi unánime.

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