Las nuevas formas de aprender

Fuera de las aulas. Viajar, cambiar de contexto, dialogar, crear redes, trabajar con libertad, abrirse a otros puntos de vista. Ésas son algunas claves de las clínicas y residencias, espacios flexibles que se expanden y atraen la atención de las instituciones más tradicionales
Melina Berkenwald
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27 de diciembre de 2013  

"Residencia" y "clínica" son palabras de uso cotidiano. Parecen simples y concretas pero dentro del ámbito cultural, específicamente en el arte contemporáneo, enmarcan dos tipos de proyectos diferentes y necesarios.

Las residencias de arte existen en todo el mundo y ofrecen un nuevo contexto de trabajo, generalmente geográfico pero también relacional. Hay diferentes formatos que varían en función de cada programa, el tiempo que duran, la cantidad de artistas que reciben, las facilidades técnicas y edilicias o las posibilidades que otorga cada lugar, entre otras variantes. Todas brindan un paréntesis en el que el artista trabaja en su obra.

Pero este "trabajar" no es necesariamente hacer o terminar un proyecto, sino también pensar y reflexionar sobre el trabajo, y experimentar ideas lejos de presiones cotidianas, expositivas y comerciales.

Las residencias favorecen la interacción y el diálogo con nuevos colegas y escenas, al generar redes y contactos que abren futuras oportunidades. Algunas ofrecen facilidades técnicas y equipamientos específicos, y son varias las que conjugan éstas y otras posibilidades. Es habitual que en las residencias se desarrollen proyectos de tipo site-specific, relacionados con el nuevo espacio que se habita en forma temporal.

Generalmente las residencias incluyen por lo menos una actividad principal que lleva el nombre de "estudio abierto", en el que se abren al público los talleres de trabajo. También pueden incluir presentaciones audiovisuales, entre otras actividades que vinculan el proyecto con la sociedad. A través de sus programas y actividades oxigenan tanto la práctica del profesional como de la comunidad que las alberga, y si bien son instancias importantes en la carrera del artista no son proyectos de formación per se.

En Buenos Aires, las residencias artísticas surgieron a partir del año 2000 con las residencias El Basilisco y RIAA, que ya han cerrado, y otras que continúan como las de la Fundación ACE, el Centro Rural de Arte, el Proyecto URRA y la Residencia Corazón. A su vez hay otras que se integran con otros emprendimientos, como las residencias que alberga cheLA, CIA, Ripac, Tres Pinos junto al Museo la Ene y Zona Imaginaria, o las que coordina la Secretaría de Cultura de la Nación.

Si bien la suma de estos proyectos ofrece un abanico de posibilidades interesantes, éste es aún pequeño y a veces disperso o esporádico. En algunos casos falta equipamiento, mejor programación o financiación más estable. Hace falta desarrollar o mejorar espacios edilicios y programas que ayuden en su desarrollo, crecimiento y sostén. Esto posibilitará tener una mayor capacidad para recibir artistas de distintas provincias y del mundo, así como también generar redes de intercambio para enviar artistas nacionales al exterior.

Hace falta difusión e información para que no se confunda una residencia con una mera estadía, un viaje o encuentro grupal, porque aunque impliquen hospedaje, traslado e interrelación, son primeramente plataformas de trabajo y vinculación con programas profesionales y para practicantes profesionales.

Encuentro y reflexión

Distinto es el eje relacionado con las clínicas, generalmente llamadas clínicas de arte o de reflexión de obra, que es un término y un formato propio de la Argentina. En Buenos Aires se desarrollaron en los años noventa a partir de una necesidad de complementar la educación teórica de los artistas –muchas veces deficiente o incompleta– y también para suplir la inexistencia de posgrados.

Las clínicas conformaron espacios educativos privados, impulsados por artistas como Gumier Maier, Schvartz, Iommi, Noé y Suárez, y luego Aisenberg, Barreda, Girón, Macchi, Siquier y De Sagastizábal que, entre otros, enarbolaron el formato, cada uno con una propuesta particular. Y sin duda los espacios de formación del Taller de Barracas y la Beca Kuitca han sido parte fundante en su desarrollo.

En su esencia, la clínica implica un encuentro entre artistas en formación, coordinado por un artista con cierta trayectoria, donde se reflexiona sobre los trabajos de los participantes. A diferencia del taller de arte, la clínica no es un espacio para producir obras o aprender técnicas. Es un encuentro para dialogar y revisar trabajos realizados o que se están haciendo.

Ya desde principios de este siglo, en Buenos Aires las clínicas comenzaron también organizarse dentro de instituciones, como por ejemplo el programa Intercampos del Espacio Fundación Telefónica, que ya ha concluido. En los últimos años las clínicas se multiplicaron y hoy en día hay una oferta amplia de clínicas de artistas y también de otros profesionales del medio.

A su vez, más instituciones universitarias y parauniversitarias han desarrollado programas que las incluyen o formalizan. Por ejemplo, el Programa de Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella, que está buscando obtener aval oficial, el CIA, el Lipac en el Rojas y las clínicas del Centro Conti. También las clínicas desarrolladas por fundaciones privadas, grupos de artistas y galerías como es el caso de ABC, EPAC o PAC –que desde el año próximo trabajará en alianza con el espacio Panal 361–, entre otras.

Es evidente la consolidación del formato de la clínica y su innegable utilidad, y el incremento de su demanda, que transforma el presente en un momento fructífero para evaluar la calidad de los programas, cuidando de no generar modas pasajeras o efectistas, y también para promover más programas de grado y posgrado que busquen el aval oficial curricular.

Sin duda las residencias de arte y las clínicas de reflexión complementan y acompañan a otras entidades e instituciones del medio cultural. Si bien a veces son más intangibles y por ende menos visibles que otros proyectos, son igual de importantes en el desarrollo profesional de los artistas y en la calidad y apertura de la escena cultural.

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