La lógica del absurdo

Una impecable puesta teatral trae a la memoria las perplejidades que causaban todavía las obras de vanguardia en el pasado
Hugo Beccacece
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31 de enero de 2014  

Sábado por la noche. Muy pocas butacas vacías en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Era la primera de las tres únicas funciones en las que la compañía del Théâtre de la Ville, de París, ofrecía Rhinocéros , de Eugène Ionesco, con la dirección de Emmanuel Demarcy-Mota. La presentación fue posible como una extensión del Festival Santiago a Mil, en Santiago de Chile. Entre el público, estaban Jean-François Guéganno (director del Institut Français de la Argentina), el dramaturgo Claudio Tolcachir, la actriz Leonor Manso, el crítico de música popular Jorge Andrés, Alejo Florín (el médico de las celebridades literarias), las escritoras Luisa Valenzuela y María Gabriela Mizrahi, y el diseñador Marcial Berro. Podría decirse que la representación fue casi la celebración de un aniversario. Hace poco más de medio siglo, en 1963, en la misma sala, Luis Mottura puso en escena la misma obra de Ionesco. El elenco estaba integrado nada menos que por Juan Carlos Gené e Iris Marga, además de Alberto Argibay y Fernanda Mistral. El vestuario era de Eduardo Bergara Leumann.

En El rinoceronte , uno de los personajes aparece identificado como "el lógico". "El lógico" no para de elaborar falsos silogismos, de los que extrae conclusiones absurdas, que provocan carcajadas en el público. Pero no sólo risas? La memoria, en mitad de la función, interpuso entre el escenario y la nuca de la señora sentada delante de mí la presencia fantasmal de un gran lógico argentino, admirador de Ionesco y Borges, hoy sólo recordado en el país por los especialistas. A mediados de la década de 1950, cuando el director Francisco Javier puso en escena en Buenos Aires La lección , una de las primeras obras de Ionesco, el público porteño quedó perplejo (la obra fue vista por muy pocas personas). Más tarde, cuando se dio La cantante calva en el Instituto de Arte Moderno, de la calle Florida, la situación había cambiado. Ionesco se había puesto de moda en París, en Londres y, como cabía esperar, Buenos Aires no se resistió a esa tendencia. En aquellos años, la Facultad de Filosofía y Letras estaba en la calle Viamonte, entre San Martín y Reconquista. Profesores y alumnos de Letras, Filosofía, Sociología y Psicología se precipitaron sobre la pieza, que se daba en la vecindad. Entre los espectadores de aquella versión de La cantante calva , había uno muy especial. Alberto Coffa (1935-1984) era en esos años un joven ingeniero que, apenas recibido, se inscribió en Filosofía. Lo que siempre le había interesado era la lógica, la epistemología y la historia de la ciencia. Gregorio Klimovsky, el gran profesor de esas materias, detectó de inmediato de quien se trataba. Los dos tenían algo en común, además de la vocación: un sentido del humor admirable. Alberto cayó bajo el hechizo de Ionesco como había caído bajo el hechizo de Borges. Coffa fue durante dos meses, una vez por semana, a ver La cantante calva . En cada función, se desternillaba, pero cada vez por una razón distinta. "Cómo no te vas a reír", decía. "Si te gusta la lógica, cómo no te va a gustar el absurdo. En el absurdo, tenés todas las lógicas posibles." Terminó por emigrar: era demasiado inteligente y trabajador para perder tiempo. La claridad en el laberinto era su pasión. Coffa hizo una carrera internacional brillante. Publicó un solo libro (póstumo), La tradición semántica de Kant a Carnap , que concluyó su esposa, Linda Wessels. Esa obra marcó un hito y es hoy un clásico sobre el tema. Coffa no se privaba en las notas al pie de página de hacer bromas sobre Ludwig Wittgenstein. En sus clases de la Universidad de Indiana, Alberto refutaba, corregía teorías o alertaba sobre ciertas esquinas peligrosas de la epistemología. Empleaba para ello comparaciones hilarantes con las Crónicas de Bustos Domecq , por ejemplo con "El teatro universal" y con la arquitectura "inhabitable" de "Eclosiona un arte", donde Borges y Bioy Casares describen una casa de vanguardia cuyas escaleras, umbrales, ventanas, pisos y techos no cumplen la función habitual: responden a otra lógica, la del absurdo. En Internet, hay una fotografía de la tumba de Coffa en el Stepp Cemetery, de Indiana, donde se leen dos citas de Borges. La primera es del poema "Spinoza":

...el hombre quieto que

Está soñando un claro laberinto.

La segunda, del poema "Ricardo Güiraldes":

Nadie podrá olvidar su cortesía,

Era la no buscada, la primera

Forma de su bondad, la verdadera

Cifra de un alma clara como el día.

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El escritor René de Céccatty, que ha colaborado a menudo como autor con Alfredo Arias, publicó en Francia, el año pasado, Un renoncement ("Un renunciamiento"), sobre la vida de Greta Garbo. De Céccatty se ocupa de Garbo a partir del momento en que ésta deja el cine, después del fracaso de La mujer de las dos caras ( Two-Faced Woman ), dirigida por George Cukor en 1941. El libro comienza cuando Greta llega a Roma ocho años después para ocuparse de los preparativos de su retorno a la pantalla. El proyecto parecía ideal para ese período de su vida, de su belleza (tenía 44 años) y de su carrera abandonada. El productor independiente Walter Wanger la había entusiasmado para que interpretara a un personaje de Balzac, Antoinette de Navarreins, la protagonista de la novela La duquesa de Langeais , que termina sus días en el retiro de un convento. Wanger hasta había pensado en el director más apropiado para ese film, Max Ophüls, que acababa de tener un gran éxito en 1948 con Carta de una desconocida . La película jamás se filmó y se convirtió en un símbolo de la soledad, poblada de admiradores, de la estrella. Sobre la base de ese episodio, De Céccatty traza la biografía de la actriz y, en particular, el alejamiento de las cámaras, una decisión que no fue tal, o lo fue a medias. Por pereza, el espejo, que mostraba la distancia cada vez mayor entre el mito de la cara más hermosa del mundo y la realidad, se encargó de todo. El libro tiene una documentación exhaustiva, que no acaba de resolver el misterio Garbo, pero ofrece una interpretación muy atendible: la de una mujer sin identidad, atrapada por sus personajes y la falta de deseo.

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