En La Boca y Avellaneda, emoción y tristeza en el último adiós a los caídos

Con dolor, los bomberos despidieron a los suyos; el homenaje se repitió en todo el país
Valeria Musse
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7 de febrero de 2014  

La sirena comenzaba a sonar en el barrio de La Boca. El sonido aturdía. Pero no era un llamado de auxilio, no había corridas a las autobombas. El reloj anunciaba las doce del mediodía y, formados frente al destacamento Bomberos Voluntarios Vuelta de Rocha, 50 hombres y mujeres homenajeaban a las nueve víctimas de la tragedia de Barracas, entre ellas a su compañero Sebastián Campos. La emoción del acto provocaba escalofríos entre los presentes.

Sin romper la formación y con su mano derecha alzada para el saludo, los bomberos se conmovían. Algunos perdían la vista en el primer piso del cuartel, donde desde la noche del miércoles eran velados los restos del joven de 33 años que prestó servicios en esa institución durante más de la mitad de su vida. Otros intentaban retener las lágrimas, pero no podían evitar que el dolor se clavara en sus gargantas.

Asomados en el cuartel, los padres, hermanos y allegados de Sebastián observaban con orgullo el acto que realizaban los bomberos.

"Lo vamos a extrañar mucho", dijo a LA NACION uno de los directores del destacamento Vuelta de Rocha, Sergio Velázquez. El ensordecedor ruido de la sirena duró sólo dos minutos, pero la conmoción que había en la intersección de Garibaldi y California era de tal magnitud que la alarma pareció durar una eternidad. Al finalizar el homenaje, que se repitió en los 770 cuarteles de todo el país, los bomberos se estrecharon en un fuerte abrazo y agradecieron a sus allegados.

Al cuartel de La Boca llegaban decenas de arreglos florales enviados desde distintos puntos del país. Lo mismo ocurría con las delegaciones de bomberos. No dejaban de llegar más y más colegas para dar su apoyo en este difícil momento. "Hoy, más que nunca, tenemos que estar con nuestros compañeros caídos", enfatizó Carlos, oficial en el cuartel de Glew.

Sobre la calle Garibaldi iban y venían hombres y mujeres que vestían uniformes azules y cascos. Entre ellos se mezclaban vecinos, familiares y desconocidos que sólo querían estar presentes. Tal el caso de María Teresa Lugones. La mujer se trasladó desde San Telmo para rezar por Sebastián. "Éstos son los hombres que tanto dan", dijo, muy emocionada, a LA NACION.

Una de las personas que más se preocupaban para que la despedida del joven bombero y mecánico fuera perfecta era Marcos Herrera. Su ánimo parecía inmutable. Caminaba de un lado al otro. Y cuando se detenía, el dolor en su mano derecha vendada y en una de sus piernas le recordaba lo que había pasado horas antes con su colega. Fue él quien sacó a Sebastián de entre los escombros. "Un amigo perdió la vida", repetía una y otra vez, sin consuelo.

Tanto Sebastián como su hermano Lucas habían seguido los pasos de su padre, Cacho, quien durante más de 40 años ejerció su voluntariado en esa institución. El fallecido, padre de una niña de un año y medio, era mecánico, y por eso uno de sus jefes destacó que "la mayoría de los camiones fueron reparados por él".

Entre los funcionarios que se hicieron presentes en el cuartel de la ribera estuvieron el secretario de Seguridad nacional, Sergio Berni; el ministro de Seguridad de la ciudad, Guillermo Montenegro, y el presidente del club Boca, Daniel Angelici.

Hacia el final de la ceremonia, los bomberos formaron un cordón y, minutos después, el cuerpo de Sebastián fue trasladado unos 50 metros hasta el coche fúnebre. Otra vez la sirena, que forma parte de la vida de estos profesionales, volvió a generar escalofríos. Y un estremecedor abrazo mantuvo en pie a los compañeros del joven voluntario.

El cortejo, encabezado por una autobomba repleta de arreglos florales, partió rumbo al cementerio privado Parque Eterno en Burzaco. Fue entonces cuando el jefe Velázquez dirigió su mirada hacia la hilera de vehículos y afirmó: "Hasta que no veamos en los ojos de estos bomberos que están preparados para volver a la actividad, el servicio no será normal".

Por otro lado, en Avellaneda, en el sur del conurbano, otro de los héroes de Barracas fue despedido por sus compañeros y seres queridos. José Luis Méndez, de 31 años, era oficial principal en los bomberos voluntarios de Villa Dominico-Wilde, pero la tragedia del incendio y posterior derrumbe lo encontró en pleno servicio como personal de Defensa Civil de la ciudad de Buenos Aires.

La lluviosa mañana de ayer entristecía aún más el paisaje en la calle Brandsen al 4800. El destacamento central era cortejado por seis autobombas que custodiaban el paso de los amigos del joven padre. El subcomandante Carlos Tortonese contó a LA NACION que la triste noticia de la muerte de Méndez la dio un bombero que resultó ileso en Barracas. "Es una gran pérdida para nuestro plantel", se lamentó. El cuerpo de la víctima fue trasladado alrededor de las 11 al cementerio de Avellaneda.

El Papa, profundamente apenado

El papa Francisco, por medio de la nunciatura apostólica en Buenos Aires, hizo llegar un mensaje en el que manifiesta que se siente "profundamente apenado" por la pérdida de la vida de siete bomberos y dos rescatistas en el incendio ocurrido en el barrio de Barracas.

"Quisiera transmitir a todos mi cercanía y decirles que me siento muy unido a los que sufren y están abatidos por tan lamentable suceso", expresó el Pontífice.

"Pido a Dios que otorgue consuelo y fortaleza a los afectados por tan trágica desgracia e inspire a todos sentimientos de solidaridad fraterna, que ayuden a afrontar esta adversidad de la mejor forma posible", concluye el mensaje de Francisco, que ayer fue leído en la ceremonia de sepultura de los bomberos de la Policía Federal caídos en el incendio.

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