La princesa que no sabía nada

La hija del rey Juan Carlos dijo que no sabía nada y confiaba en su marido
Martín Rodríguez Yebra
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9 de febrero de 2014  

MADRID.– La infanta Cristina bajó del auto en la puerta de los tribunales y encaró su calvario particular con esa sonrisa tan ensayada durante la educación palaciega, como si llegara a inaugurar el edificio. Susurró un "buenos días" hacia las cámaras y se unió a su abogado.

La parodia de normalidad duró 15 segundos. Una vez dentro del juzgado de Palma de Mallorca, lo nunca visto: la hija del rey, despojada de privilegios, enfrentó un interrogatorio de seis horas en el que intentó despegarse del fraude del que está acusado su esposo, Iñaki Urdangarin, y que hizo añicos la imagen de la corona.

"Yo confiaba en mi marido", respondió Cristina al juez penal José Castro, que la citó como sospechosa de evadir impuestos y lavar dinero de la trama de corrupción.

Aislada del ruido de las protestas en su contra y de las sirenas que ululaban en una ciudad blindada para garantizar su seguridad, la infanta se aferró a una estrategia bien calculada, relataron testigos del histórico procedimiento judicial.

"No sé, no me consta, no recuerdo" Una y otra vez negó haber participado de la gestión de Aizoon, la empresa propiedad del matrimonio a la que se desviaron al menos 1,2 millones de euros de los fondos públicos que Urdangarin obtuvo a través de la falsa entidad benéfica Nóos.

El juez la bombardeó con casi 400 preguntas. Le mostró una a una las facturas de Aizoon que, según la causa, se usaban para justificar el ingreso del dinero de Nóos en los bolsillos de los duques de Palma. "Yo no hacía la contabilidad", respondió ella.

Alegó que desconocía el origen del dinero que entraba en la sociedad, aunque durante seis años pagó casi todos sus gastos personales con una tarjeta de crédito de Aizoon.

Castro sospecha que así la infanta y Urdangarin buscaban evadir impuestos. Se lo dijo de manera brutal, según testigos: "Señora, usted ha pasado como gasto de la empresa hasta un ticket de pa rking de un euro, ¿qué pensaba, que iba a colar?" (que nadie se daría cuenta). Puso énfasis en el "señora": nunca la llamó "alteza".

En la causa se registran 698.000 euros cargados en la contabilidad de Aizoon cuando en realidad eran gastos particulares. En un momento de tintes cómicos, Castro le mostró otra factura por lecciones a domicilio de salsa y merengue, consignada en las cuentas de la sociedad. "No lo recuerdo; sólo tomé clases de flamenco hace muchísimos años", replicó ella. Castro, andaluz de nacimiento, ironizó: "Me congratulo".

Tampoco sabía -según dijo- que los empleados domésticos de su palacete de Barcelona fueron inscriptos como personal de Aizoon para aprovechar un incentivo fiscal.

La infanta declaró que jamás se había sentido "un escudo ante Hacienda", como calificó uno de los testigos su participación en la trama.

La figura del rey salió al ruedo cuando Castro le preguntó a Cristina si sabía que su padre le había pedido a Urdangarin en 2006 que abandonara Nóos. "Sí", respondió ella.

Urdangarin y su socio Diego Torres embolsaron 6,4 millones de euros de contratos públicos otorgados a dedo por los gobiernos regionales de Valencia y de las Islas Baleares entre 2003 y 2006. A través de una red de firmas fantasma hicieron que el dinero de "beneficencia" fuera a sus arcas. La infanta, que figuraba como vocal de Nóos, negó saber cómo funcionaba el instituto.

Se ventiló también el préstamo de 1,2 millones de euros del rey a su hija para comprar su casa. "Es mi padre y confía en mí", dijo ella. Aclaró que lo está devolviendo, aunque ahora su situación económica la obliga a estirar los plazos.

Castro citó a la hija del rey porque vio en su actitud una maniobra para lucrar con los ingresos ilegítimos que embolsaba Urdangarin. Y por eso le preguntó por qué había participado en esa empresa si su esposo podría haberlo hecho solo.

"Él me sugirió que tomara el 50% y yo confiaba en su buen hacer", dijo. Nunca sugirió que Urdangarin la hubiera engañado. Se movió en una delgada línea para defenderse sin acusar a su marido.

Estuvieron juntos toda la semana en Barcelona preparando el día D para la infanta y para la monarquía. Ayer amanecieron en un apart hotel y salieron cada uno en su coche: ella hacia el aeropuerto; él, en rumbo desconocido.

Era la primera vez que un miembro de la familia real se sentaba ante un juez como sospechoso de corrupción y desde primera hora España entera -en especial la clase política y la Casa del Rey- siguió en vilo la información que llegaba desde las islas Baleares.

"No podemos irnos más contentos -señaló el abogado que encabeza la defensa de Cristina-. La infanta ha colaborado con la justicia, ha contestado a todo, sin privilegios. Pudo demostrar su inocencia. Ahora la justicia seguirá su camino, pero no podía ser un día mejor."

Los querellantes no coincidían. "Fue puras evasivas. Dijo que de todo se encargaba su marido y que ella firmaba lo que él le pedía. Se defendió con la teoría del amor", ironizó Virginia López Negredo, abogada de la organización Manos Limpias.

El Palacio de la Zarzuela eligió mostrarse distante. Nadie de la Casa del Rey acompañó a Cristina ni se emitió ninguna valoración oficial sobre la audiencia.

Castro dejó el juzgado sin hablar, bajo una ovación. Ahora le toca decidir si procesa a la infanta o si, como piden el fiscal y los organismos del gobierno, la sobresee. Sólo entonces podrá saberse si al juicio que deberá enfrentar su marido irá como sostén emocional o como una más en el banquillo de los acusados.

Del editor: cómo sigue.

Vaya o no a juicio, el daño para la infanta ya está hecho: fue separada de las actividades reales y su hermano, el futuro rey, no quiere saber nada de ella.

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