Una cabalgata entre los cóndores para emular a los libertadores

Abuelo y nieto emprenden juntos una extenuante travesía a través de la cordillera de los Andes para alcanzar Chile
Norberto Frigerio
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22 de febrero de 2014  

Que un nieto de 14 años acepte una invitación a cruzar los Andes a caballo es en sí misma una muy buena noticia. Claro que, pasados el entusiasmo y la euforia, uno asume las sorpresas que pueden deparar este tipo de arranques emocionales, más allá de la alegría profunda que encierra imaginar el retorno triunfal después de emular la hazaña sanmartiniana.

Consultados previamente los padres, Franco, mi nieto en cuestión, se sumó entusiastamente al casi incomprensible y laberíntico esfuerzo de preparar el bolso de viaje: malla para la pileta, polar grueso, ropa ligera, campera de alta montaña, guantes con piel, zapatos o zapatillas para estar cómodo en las altas temperaturas de Talampaya, pasamontaña, calzoncillos largos y la invalorable recomendación de un amigo, baqueano en las lides de montar a caballo, que me afirmó que el uso de las calzas de ciclistas, por su protección selectiva, aleja los riesgos de paspaduras y molestias. A esto se sumaban crema protectora solar de 50 grados y barra labial para combatir la sequedad del ambiente, medias de lana y zapatos con gruesa goma. Anverso y reverso de una extraña travesía en la que las temperaturas, con grandes amplitudes térmicas, de entre casi 50 grados y temperaturas bajo cero, amenazaban la cordura de cualquier viaje turístico normal.

El desafío estaba planteado y se trataba de cruzar, desde La Rioja, la cordillera de los Andes, emulando la gesta patriótica de dos héroes: Zelada y Dávila, que simultáneamente y a las órdenes de San Martín, el 17 de enero de l817, avanzaron sobre los realistas en un operativo simultáneo y de sorpresa, para sorprenderlos en el pueblo de Copiapó y el puerto de Huasco.

El gobierno riojano se responsabilizaba de la logística de esta cabalgata -alimentación, atención médica, etc.-, con la ayuda de la Gendarmería y el Ejército.

Tal vez la primera sorpresa fue el aterrizaje en el aeropuerto de La Rioja, donde -seguramente obra de alguna turbulencia, sumada a 47 abrumadores grados de temperatura reinantes- los médicos del aeropuerto se vieron en la necesidad de atender a varios pasajeros descompensados a poco de llegar a tierra.

Ya camino al primer tramo, a unos 3000 metros de altura, pasamos por la inolvidable Laguna Brava, donde se aposentan miles de flamencos mientras las condiciones de la suavidad climática se mantienen. Cuando aparecen las lluvias, siempre sorpresivas, emigran y sólo se torna refulgente su blanco espejo de agua. A un costado, el increíble y circular refugio de montaña, obra de Sarmiento allá por l880, que con su espíritu visionario construyó unos cuantos en todo el trayecto hasta Chile, para que los arrieros se protegieran de las inclemencias cuando llevaban hacienda al país vecino. Con sus techos abovedados, piedra sobre piedra, oliendo a humo, aún dan testimonio de su importancia en la aridez de los Andes.

La llegada al primer destino desencadenó el apunamiento en mayor o menor medida. Dolores de nuca, vómitos, mareos y, por cierto, no pocos ahogos fueron atendidos por un médico y dos enfermeras que no dejaban de medicar y tratar con éxito estos malestares pasajeros, aunque algunos no se disiparían y duraron todo el viaje. Salvo el adolescente que me acompañaba, que no tuvo ninguna incomodidad nunca, el resto en general se acordó en donde estaba. De cualquier manera, el mascar coca, práctica que los pueblos originales no dejan de hacer, sigue siendo la mejor receta para sortear la sensación de que la cabeza estalla. Cuenta la leyenda que San Martín proveyó a sus soldados de cebolla y ajos para mitigar estas incomodidades, así como el frío.

La humeante comida servida, que incluía un buen arroz con pollo, o fideos con albóndigas, o algún suculento guiso, no impidió cumplir con sobriedad lo que algunos habíamos escuchado: la recomendación de casi no comer y evitar el alcohol.

La primera noche el viento y cierta nevisca llamada "garrotín" no cesaron de golpear el refugio y blanquear las laderas de las montañas vecinas.

Entre gauchos, soldados, arrieros, y una veintena de expedicionarios, entre ellos varios ejecutivos, unos cien jinetes con mulas y caballos, precedidos por banderas, iniciamos la expedición con nuestros corazones que golpeaban fuerte, no sólo por el sentimiento patriótico, sino también por sentir que, en realidad, no sabíamos hacia dónde íbamos. En todo caso, reconociendo que no íbamos a un lugar de baja altura ni demasiado transitado, sin confort ni regreso anticipado. Y yo, además, llevaba a mi descendencia.

A poco de salir, la mulas se inquietaron. Los muy entendidos decían que faltaba la "mula madrina", lo cierto es que hasta que no se escuchó el sonar del cencerro cundió la incertidumbre y más de uno ajustamos bien las piernas a la montura para evitar un poco recomendable aterrizaje forzoso. No faltó algún retobe, patadas imprevistas, y hasta algún jinete que con éxito sobrevoló con elegancia a unos cuantos y llegó a tierra abruptamente, sin saber qué había pasado. Claro que frente a estos imprevistos las víctimas se sobreponen y, frente al auxilio colectivo, aseguran que no pasó nada... aunque rueguen que, cuando se pueda, les cambien la cabalgadura.

El curso de un río seco nos acompañó en nuestro lento andar un buen trecho, mientras subíamos al paso de Come Caballos, otro hito en nuestro andar. Tal vez el añil del cielo cruzado por cóndores rompía la belleza infinita de las montañas multicolores. Parecía raro ver a tamañas aves dejarse llevar por los vientos como si planearan sobre nuestras cabezas eligiendo hipotéticas presas, cosa difícil de imaginar porque con la cantidad de ropa que portábamos, además de un poncho y sin omitir el sombrero y el pasamontaña, más la mochila, cualquier intento hubiera necesitado una cantidad imposible de aves.

Si bien los malestares iban y venían, el grupo no se diezmaba. Por el contrario, la solidaridad y el buen humor nos hacían soñar en llegar a la cúspide, que se estimaba por encima de otros 500 metros, en donde la Argentina fija frontera con Chile. Tampoco, claro, se podía retornar, era casi como un huir para adelante que no admitía volver.

El último tramo de un subida de 1000 metros se hizo ya no sólo con los jinetes algo fatigados: la altura también atacaba a los caballos. Aquellos que habían sido briosos se mostraban cansinos y cada vez que se les ajustaba la cincha advertíamos cómo enflaquecían y cuán pesada les resultaba la respiración. También a nosotros. Ascendíamos lentamente mientras zorros rojizos huían por entre las piedras, zigzagueantes y veloces, y algunas llamas y guanacos, al sólo pasar y después de la sorpresa, se apartaban del camino, impertérritas e indiferentes, con sus crías al pie, como testimonio de su celebrada fecundidad, dando brincos que las alejaban en segundos de estos invasores.

Bello era ascender entre manchones de nieve o hielo; por momentos, la huella traía una especie de arbustos redondeados de profundo amarillo, que resaltaban sobre el rosa o azul de las laderas de la Cordillera. Un paraíso infinito de valles, quebradas y picos nos envolvía mientras finos hilos de agua se escurrían transparentes por entre las piedras. Sólo el viento y el andar de los caballos resonaban. Subíamos en silencio. No había resto para mucha conversación a esa altura.

Mi nieto eligió siempre ir delante de mí, bastante lejos, mirando el horizonte, como dispuesto a llegar pasara lo que pasase. Sentía al verlo, autónomo y solo, que había crecido repentinamente, que este viaje le ponía ideales y utopías, que le aportaba sueños y magia a su juventud. A mí me gustaba seguirlo vigilante con la mirada, sin que lo advirtiera, sobre todo cuando la huella se empinaba peligrosamente.

El último día sabíamos que hacia el mediodía se llegaría al encuentro con los chilenos. Salimos muy temprano, en una mañana soleada pero ventosa. Con las horas, el tiempo se endulzó y un sinfín de banderas distantes, un par de horas después de nuestra partida, nos anunció que el tiempo del encuentro se aproximaba. Formamos un semicírculo, entre todos y a paso tranquilo, como reconociendo en cada tranco la inminente reunión con los chilenos. Acortábamos la distancia , mientras el "¡viva Argentina!" y el "¡viva Chile!" brotaban de las gargantas de ambas parte. Los himnos nacionales se escucharon con la misma emoción con la que se guardó un minuto de silencio mientras un soldado hacía sonar su clarín llamando a silencio por los muertos.

Cuando desmonté, por cierto con alegría, también entendí la proeza épica, una verdadera epopeya la del Gran Capitán.

Arriba quedó una placa con el nombre de los expedicionarios que incluía el de mi nieto, y atiné a decirle: "Mirá cuando vengas con tus hijos...". Obviamente, yo ya había decidido no regresar.

Camiones de la Gendarmería en pocas horas nos dejaron de regreso en nuestro campamento. Cargamos nuestros bolsos y un par de horas después estábamos confortablemente en un hotel de Villa Unión.

La experiencia compartida con Franco será para mí inolvidable. Y la recomiendo para muchos otros, porque cinco días no es para tanto tampoco... y vale la pena.

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