El cuerno de la codicia

Sudáfrica, último refugio del rinoceronte blanco, libra una batalla feroz contra los cazadores y traficantes que lo venden más caro que el oro y la cocaína
Silvina Pini
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9 de marzo de 2014  

Es feo, sucio y malo. No despierta la ternura del oso panda ni la admiración del tigre de Bengala. Sin embargo, el rinoceronte es hoy el animal más cruelmente perseguido y se encuentra en grave peligro de extinción. La razón es económica y falaz: se adjudica a su cuerno propiedades medicinales casi mágicas y por eso el kilo se cotiza 100.000 dólares, más que el oro y la cocaína. Si pensamos que el cuerno (se lo llama así, pero es en rigor una excrecencia de la piel) de un rinoceronte adulto puede pesar hasta siete kilos, el animal se convierte en un botín viviente de casi un millón de dólares. Lo paradójico es que el cuerno podría ser cortado sin matar al animal que, con el tiempo, regeneraría uno nuevo, y lo más triste es que ninguno de los beneficios a la salud están probados.

Existen cinco variedades de rinocerontes distribuidas en Asia y África, varias consideradas extintas. Del de la India, el más grande y con aspecto de armadura, quedan 3300 ejemplares; del de Java, catalogado como extinto, quedan apenas sesenta ejemplares en libertad en Vietnam; del de Sumatra, de poco más de un metro de altura y peludo, 250 en libertad y 60 en cautiverio; del negro africano sólo hay 5000, y del blanco 20.000 ejemplares, ubicados en un noventa por ciento en Sudáfrica. Es justamente este país el que libra la batalla contra los cazadores furtivos que sólo en 2013 mataron 968 ejemplares.

Contrariamente a lo que se piensa, el cuerno no es buscado por sus propiedades afrodisíacas. En Vietnam creen que cura el cáncer, algo sin el menor sustento científico, creencia alimentada por un político que afirmó que se había sanado a partir de su consumo. También afirman que es el mejor remedio para la resaca de alcohol y drogas. En China, en el Bencao Gangmu, compendio de materia médica del sabio chino Li Shizhen, escrito a finales del siglo XVI, se dice que combate la presión alta, los calambres estomacales, la fiebre y envenenamientos varios. En Yemen es tradición que los adolescentes varones reciban una daga ornamentada con cuerno de rinoceronte llamada jambiya. Todo esto, pero en particular a la aparición de una gran cantidad de millonarios chinos dispuestos a pagar fortunas, ha elevado el precio de 400 dólares el kilo en 1990 a 100.000, presupuesto que alcanza para financiar sofisticadas misiones de caza que incluyen helicópteros y armas con mira nocturna y silenciador.

Sudáfrica se encuentra en pleno debate sobre qué otras medidas tomar además de duras penas para los cazadores. Entre ellas está la idea de envenenar el cuerno de modo que sea inocuo para el animal, pero mortal para quien lo consuma. El inconveniente es que sólo los primeros meses el cuerno mostraría el color rojo producto del veneno, pero después el polvo y la tierra volverían a darle su aspecto habitual. Por otro lado hay objeciones éticas si se piensa que algunos cazadores venden el cuerno a enfermos de cáncer. Las leyes sudafricanas prohíben la comercialización del cuerno. Algunos legisladores proponen despenalizarlo y regular el mercado a través de la cría de rinocerontes en granjas y cortando los cuernos, sin matar obviamente al animal, o estableciendo cupos anuales para caza. La ley actual prohíbe el comercio de cuernos aun de los animales fallecidos por muerte natural, y así es como las reservas públicas y privadas deben enterrar los cuerpos en lugares secretos.

El Parque Nacional Kruger es la reserva que más animales ha perdido en manos de los cazadores. Graeme Mann, gerente de la reserva privada Kwandwe, tiene la suerte de no tener bajas y mantiene discretos guardias alertas, pero que no inquieten a sus huéspedes. "Si bien tenemos una población importante de rinocerontes, no publicamos fotos de ellos en la Web para no llamar la atención de los cazadores", dice Mann. Los huéspedes pueden participar en el programa Dr Rhino, en el que duermen con dardos tranquilizadores a los rinocerontes y los mueven entre más de veinte personas para que el veterinario los examinen.

Mann se muestra optimista. Ya en otra oportunidad Sudáfrica salvó los rinocerontes. A comienzos del siglo XX la población era de medio millón y, con la moda de la caza mayor entre europeos y norteamericanos, para 1930 sólo quedaban 50 ejemplares. En 1950 se lanzó la operación rino, con el ranger Ian Player a la cabeza, toda una celebridad en Sudáfrica y prócer del conservacionismo mundial, aún vigente a sus 87 años. Player fue el inventor de los dardos tranqulizadores que permitieron manipular los 50 ejemplares restantes y ayudar a su reproducción.

Mann está pensando otras estrategias, como invitar al músico coreano Psy, célebre por su Gangnam Style, y transmitirle el enorme daño que hay detrás de una idea falsa. Tal vez después del baile del caballo, Psy pueda inventar el baile del rinoceronte y que Oriente escuche.

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