Un recorrido por las calles de Versalles, el set de filmación de Esperando la carroza

La inolvidable escena final de Esperando la carroza en la que participaron varios vecinos de Versalles
La inolvidable escena final de Esperando la carroza en la que participaron varios vecinos de Versalles Crédito: Captura de pantalla
Las inolvidables escenas de la película aún se respiran en este barrio porteño; a casi 30 años de su estreno, los vecinos recuerdan historias y anécdotas de la revolución que generó la grabación
Verónica Dema
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12 de marzo de 2014  • 12:29

Versalles, o Versailles si se respeta su origen francés. El nombre ya suena majestuoso; como para un palacio o un teatro, el escenario donde sucede algo grande. Algo de eso hay con el barrio porteño que lleva ese nombre: fue el set de filmación de una de las películas argentinas más recordadas de todos los tiempos. Allí se filmó hace casi 30 años Esperando la carroza, dirigida por Alejandro Doria.

Susana escucha varios de los cinco timbres de la entrada, cada uno identificado con un número escrito en fibra negra. Se asoma desde una de las ventanas de esa casa de ladrillos vistos. Vive en Echenagucía 1257. Lo que resalta de la casona que habita es la terraza; hay algo familiar en ella, en ese filo desde donde Mamá Cora en un descuido dejó caer la pava con la que regaba las plantas.

Desde su hogar, cruzando en diagonal la calle angosta y empedrada, está la famosa casa principal de la película, el living de los reproches, los gritos, el papelón del velorio. A esta hora, en cambio, la casa de los Musicardi permanece en un silencio que sólo interrumpen los ladridos de un perro encerrado en la galería o en el patio interno que se adivinan desde afuera.

"Yo tengo la terraza de la película. La terraza es la mía. Ahí es donde mamá Cora cuidaba al nene"

Este es el corazón de Versalles, un barrio de casas bajas que está al oeste de la ciudad, entre las calles Nogoyá, Irigoyen y las avenidas Juan B. Justo y General Paz. Según el gobierno porteño, uno de los sitios menos ruidosos, más arbolados y con menos cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado de la ciudad.

"A la casa de enfrente la arreglaron toda. Está muy bien pintada y hasta le pusieron un mármol que recuerda la película", dice Susana. Hace tres años un grupo de fanáticos emprendieron una campaña para restaurarla, que estaba venida a menos. Hoy el frente está de un blanco impecable, con una guarda verde y naranja; el paredón del frente, aquel celeste intenso de 1985, es blanco. Justo allí se destaca la placa de mármol a la que se refiere Susana. "Yo tengo la terraza de la película. La terraza es la mía. Ahí es donde mamá Cora cuidaba al nene", dice. "La pinté, eso sí. También pinté el patio donde está la escalera que se ve en la película. La piecita de arriba también es la misma, sólo que tiene una ventana nueva".

Ella llegó al barrio hace apenas cinco años pero, aunque no vivió el momento de la filmación, es el acontecimiento del que nunca se dejará de hablar. La familia de los Musicardi, protagonizada por

Su hija adolescente, Camila, aparece por la misma ventana para ver quién pregunta por su película favorita. "Para el reestreno sí estuvimos", dice. Recuerda que en la biblioteca del barrio pasaron escenas de la película y también actuaron algunas partes en vivo. "En el [Instituto] Sacratísimo Corazón de Jesús, que es la escuela del barrio, también la pasaron como un clásico para los chicos que estudian teatro", agrega Camila; sabe de lo que habla: ése es su colegio.

Susana vuelve a intervenir: "Se involucró todo el barrio para la película. El marido de la señora de acá al lado fue el colectivero que se ve. Salió filmado y todo". Invita a consultar a la vecina. "¿Por qué no tocás al lado?", dice. Y luego sale también ella de su casa y se asegura de que alguien continúe el relato.

Fabiana Grau atiende con su perra Greta en brazos. Dice varias veces que no está presentable como para hablar, pero del entusiasmo termina recorriendo el barrio para mostrar lugares de filmación, de vestuario, para situarse en la perspectiva que tuvo la cámara en cierta toma, para indicar qué casas ya no están, qué vereda es distinta, qué árbol está desconocido de tan grande. Revive cada momento de la filmación como si tuviera de nuevo 18 años.

"Con decirte que estudié teatro y ahora soy actriz", dice, cuando empieza a recordar la época en que el barrio se convirtió en un set de filmación que incluyó a todos los que quisieron vincularse, algunos incluso como actores. "Yo estaba fascinada". Cuenta que salía para la facultad a las siete de la mañana y se encontraba con Gasalla, que estaba a dos casas de la suya en un lugar que alquilaban como vestuario. A esa hora ya empezaba a ponerse en la piel de Mamá Cora. "Venía dos horas antes que todos. Yo me quedaba mirando lo que podía, pero nunca me animé a hablarle ni a él ni a ninguno. Me inspiraban mucho respeto", dice.

Para ella fueron días en que no veía la hora de volver a Versalles. "Estaba todo el día como loca. Sabía que volvía y tenía a los actores dando vueltas por mi casa y por el barrio". Esa convivencia para ella era un encanto y llegaba al punto máximo cuando los días de lluvia su familia prestaba el garaje para que el equipo de filmación y los actores comieran ahí.

-¿Ustedes preparaban la comida?, le pregunta Susana, que escucha atenta en la vereda

-¡No! Me acuerdo que les llegaba la comida en un auto. En esa época ver un radiotaxi era como un ovni, comenta Fabiana

"Ni una foto, ni un autógrafo les pedí. Nada". Mira su celular, como si quisiera mostrar que con algo así hubiera bastado. Pero eran otras épocas. No se pensaba en fotos para etiquetar en Facebook o en cómo viralizar su buena suerte en twitter.

Enseguida abandona el lamento y recuerda la gran anécdota de la familia, algo que había adelantado su vecina Susana. "El colectivo que se usó era de mi papá. El era conductor de la línea 108, que es la que aparece", empieza a contar. "Como el extra no sabía frenar de golpe, después de practicarlo mil veces, Doria se plantó y dijo: ‘Al colectivo lo va a frenar usted’. ¡Ese usted era mi papá!". Y sigue: "Entonces el hombre gordito que se ve en la toma de frente es mi papá, pero el que habla con Mamá Cora cuando lo enfocan de costado es un tipo joven bigotudo, nada que ver con él". Aclara que es una infidencia que cuenta ahora que pasó mucho tiempo.

Susana se despide y entra a la casa de Fabiana: va a aprovechar a saludar a su mamá que supo que estuvo enferma. Fabiana sigue repasando detalles que no olvida y que tiene ganas de contar. Mira hacia el frente, a la casa tipo chorizo que fue la locación central; ésa con la galería y el patio interno tan típico de clase media argentina venida a menos. Difícil no sentir un eco de aquellas disputas desafortunadas, como la de Elvira con su vecina al otro lado del teléfono. "Nos cortaron el agua esta mañana. Menos mal que la charlatana del lado me imita en todo. ¡Yo hago puchero, ella hace puchero! ¡Yo hago ravioles, ella hace ravioles! ¡Qué país!". Entonces viene lo del teléfono descolgado y la vecina que ineluctablemente corta.

"Me acuerdo que ellos iban armando la casa que necesitaban tomando diferentes partes de varias de las nuestras. Los dejábamos hacer. Estábamos todos contentos de que usaran lo que quisieran"

"Me acuerdo que ellos iban armando la casa que necesitaban tomando diferentes partes de varias de las nuestras. Los dejábamos hacer. Estábamos todos contentos de que usaran lo que quisieran", dice. Y en minutos encastra varias piezas del rompecabezas. "La cocina donde Mamá Cora cuida al nene es la de la casa de al lado de la principal, la eligieron porque era más luminosa que la original; el comedor y la terraza son de otra; acá de la esquina a media cuadra es la casa de Jorge y Susana, los que tienen a la abuela; de la esquina para el otro lado, al frente del chino, es la casa de Brandoni, los ricos; y esa casa de ahí enfrente no estaba, se veía el tapial".

De repente se detiene y se acuerda de la beba que aparece en la película. Acompaña una cuadra y media hasta el frente de la casa de Yamila Bruno. Ahí se despide. La beba de entonces en agosto próximo cumple 30 años. Está de vacaciones con su novio. Su mamá, Cristina Gómez, comparte el entusiasmo de sus vecinas al recordar aquellos días en los que llevaba a su hija de siete meses al set de filmación, a quien tenía que amamantar en los cortes.

"Buscaban una recién nacida para la película y le preguntaban a la gente de acá. Querían que fuera del barrio", cuenta Cristina. "El llanto que se escucha es de Yami también. Lo grababan aparte", dice, orgullosa. Aclara que su beba era tranquila, pero en esos días lloró mucho. "Como los que hacían de sus papás gritaban tanto, ella lloraba como loca". Se toma la cabeza. Como será que había desatado tal llanto que no la podían calmar, por eso en la toma en que le cambian el pañal las que se ven son las manos de Cristina y no las de la mamá de ficción. "Sólo cambiándola yo logró calmarse", agrega.

- Jorge: ¡Susanaaaaa!

- Susana: No puedo dejar la mayonesa, ¿querés que se corte?

(Llantos de la beba de fondo)

- Mamá Cora: Debe tener hambre, le voy a preparar una mamadera. Está tan nerviosa, ¿quiere que le dé una cucharadita de tilo?

- Susana: ¡No, no le dé nada! ¡Déjele el chupete en la boca y déjela tranquila! ¿Dónde está la mayonesa?

- Mamá Cora: No parecía una mayonesa, Susana. Hice flancitos.

Cristina recuerda que el día del estreno fueron todos. Una fiesta para la familia. Su marido de entonces no estaba tan seguro de dejarla actuar. Pero ella lo convenció. "Es algo que sabía que no me olvidaba jamás. Conocer a Doria, tan sensible. Todos eran gente sencilla, simple y siempre nos trataron muy bien", dice. Y suma un detalle: "¡Y vos sabés que nos pagaron! Me acuerdo que mi marido trabajaba en una casa de seguros y lo que nos dieron era más que un mes de su sueldo".

Desde la casa de Cristina se ve la plaza de Banff, escenario de varias tomas de la película y de la imagen final, cuando al compás de la canción infantil Tengo una vaca lechera Mamá Cora y un grupo de otros abuelos ensayan un final entre caminata y baile. Fue una revolución para el barrio de entonces, porque para esta escena Doria convocó a varios de los vecinos como extras. Incluso estuvieron allí las dueñas de la casa principal, Eva y Elvira.

Betiana Blum (que se puso en la piel de una de las Musicardi), repasa ese episodio final y dice: "Es una defensa a los viejos, una carta de amor a ellos. La película está dedicada a los ancianos que, junto con los chicos, son los más indefensos". Para esta actriz con 50 años de trayectoria, la obra sigue vigente porque toca un tema que permanece, que cruza todas las épocas.

Cristina, la mamá de la beba de casi 30 años, coincide: "No pierde actualidad. Tuve una experiencia similar con mi ex suegro. Eran varios los hermanos de mi marido y nadie quería tenerlo en su casa. Estuvo acá hasta que se murió". Muchos viejos son en las familias algo que hay que encajar a alguien, al que menos se queje.

"Cuando yo era joven los geriátricos eran cosa rara, porque pese a todo los viejos vivían con algún hijo. Ahora ya las familias aguantan menos. Los viejos van directo al geriátrico"

Luis Brandoni, esposo de Blum en la ficción, cuando habla con LA NACION también repara en las relaciones familiares, el tema que nunca pasa de moda. "Hay convenciones que no se cumplen, cariños no ciertos, solidaridades que no se expresan", dice. "Y hay algo que cambió y es el hecho de que cuando yo era joven los geriátricos eran cosa rara, porque pese a todo los viejos vivían con algún hijo. Ahora ya las familias aguantan menos. Los viejos van directo al geriátrico".

La plaza de Banff, en parte enrejada y también en remodelación, no luce como entonces. Una señora mayor camina vestida de jogging por uno de los senderos, apura el paso y pregunta: "¿Estás juntando firmas por lo de la plaza? ¿Viste qué desastre?". Un señor sin agenda que cumplir observa y descansa plácido en uno de los bancos; a su lado juega un perro. Algunos grupos de jóvenes conversan bajo la arboleda. Una pareja se besa; un viejito mira en esa dirección, pero está como en su mundo. Ya no hay películas que filmar. Ya nadie grita ¡Acción!

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