Roberto Russell: "Hoy, las sobreactuaciones en política exterior responden a impulsos, a cuestiones ideológicas"

Experto en estudios internacionales, cree que la diplomacia argentina actúa “sin entender qué pasa en el mundo”, como mostró la posición presidencial frente al conflicto de Crimea
Claudio R. Negrete
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30 de marzo de 2014  

De las pocas certezas que hay en el mundo hay dos reconocidas: los cambios son permanentes y todo ocurre con extrema rapidez. De allí que sea complicado explicar los vértigos de la política internacional en medio de una transición de era que alumbrará, en su final, otros vínculos entre los países y con los nuevos actores nacidos en este siglo. En ese marco, dice Roberto Russell, "la Argentina tiene una creciente irrelevancia" en el escenario mundial, marcada por "sobreactuaciones que responden a impulsos y cuestiones ideológicas", y que muestran "la falta de premisas claras en política internacional". Venezuela, el acuerdo con Irán y la reciente alineación con Rusia en el conflicto de Crimea se suman para explicar "la pérdida de peso relativo del país en el mundo".

Russell conoce como pocos la academia, los códigos de la diplomacia y qué está pasando donde se producen las pujas por el poder mundial. Obtuvo el doctorado en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins en Washington, y hoy es director del doctorado y de la maestría en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, y fue director de Asuntos Académicos del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), el lugar donde se forman los profesionales de la diplomacia, aunque en estos tiempos la militancia kirchnerista sea allí más importante. Su último libro es Argentina 1910-2010: balance del siglo (Taurus).

-¿Existe una política exterior argentina producto de esta etapa democrática?

Hay un sentir colectivo de que es un país que cambia mucho su política exterior, y es cierto. Subyace la idea general de la declinación permanente del país, de que la Argentina viene mal desde hace mucho tiempo.

Desde los años treinta se habla de la declinación. El período de Raúl Alfonsín fue el fin de la Guerra Fría, la última fase del modelo que empezó con el peronismo en los cincuenta. Después vino Carlos Menem, que es un típico producto de pos-Guerra Fría y la adecuación exagerada de la Argentina a ese nuevo mundo que es el de la victoria de Occidente. Y luego está la etapa del kirchnerismo, ya que la Alianza continuó los lineamientos de Menem, a la que le tocó un mundo muy distinto. Para Néstor Kirchner el factor determinante de la política exterior fue el factor interno. Hizo la lectura de que la crisis de 2001 y 2002 fue consecuencia de lo que había hecho antes Menem adhiriendo al Consenso de Washington, al neoliberalismo y al alinearse con Estados Unidos. De todas maneras, en todo este tiempo no hemos logrado tener relaciones estables con los países de interés directo de la Argentina, como Brasil y Estados Unidos.

–De los presidentes de este período está claro que Néstor Kirchner fue el que menos conocimiento e interés tuvo por la problemática internacional.

–Sí, era un presidente más de cabotaje. En el caso del kirchnerismo hay una idea muy fuerte, que es el gran fracaso de lo anterior y la necesidad de darle gobernabilidad al país con un presidente con una legitimidad de origen muy baja. Entonces, lo interno determinó las primeras acciones de su política exterior y, además, concentró el manejo de la política exterior en función de las necesidades de la política interna. Él mismo dijo que las relaciones con Estados Unidos y Brasil iba a manejarlas él, que no era un tema de la Cancillería. Menem tampoco era un presidente con formación de política internacional, pero tenía gente a su alrededor que conocía el mundo, como Domingo Cavallo y Guido Di Tella. Y Alfonsín tuvo a Dante Caputo. Nada de esto se encuentra en el kirchnerismo.

–¿Dónde se ubica hoy la Argentina en el contexto mundial?

–Está de moda hablar del aislamiento del país y no estoy de acuerdo, porque en definitiva el país está en el Consejo de Seguridad, en Unasur, y en el G-20. No está aislado. En realidad, lo que la Argentina tiene es una creciente irrelevancia. Hace varios años que vive un proceso de irrelevancia: no se nos consulta, no tiene peso en decisiones importantes en el plano internacional, salvo en algunos temas como en derechos humanos. Y mantiene un peso relativo en América del Sur. Viajo mucho y en el mundo no se habla de la Argentina.

–Y cuando se habla, ¿qué se dice?

–En los ámbitos donde me muevo las posiciones son muy críticas respecto del Gobierno y también del país, que es difícil de comprender. Entienden que es una nación que vive sistemáticamente perdiendo oportunidades y que en esta década hemos tenido oportunidades extraordinarias. La percepción que hay es que la Argentina no las aprovechó adecuadamente, básicamente en lo económico.

–Las calidades profesionales tan distintas de Dante Caputo y Héctor Timerman, ¿pueden explicar el deterioro de la política exterior argentina?

–El actual canciller tiende a sobreactuar y no es por discurso propio, sino por el contexto de la concentración de poder que tiene el Gobierno. Menem también tenía gestos de sobreactuación, pero la Cancillería se mantenía en una gestión profesional, cumpliendo los objetivos políticos que le marcaban. Los casos de sobreactuación de Menem están relacionados a cuando se lo postuló al Premio Nobel de la Paz o se ofreció a mediar en el conflicto de Medio Oriente. Pero eso formaba parte de una estrategia. Ir a la primera Guerra del Golfo y dar un portazo al Movimiento de No Alineados fue una forma de sobreactuación del menemismo pensada como una estrategia. Hoy, las sobreactuaciones responden a impulsos, a cuestiones ideológicas, a no entender qué pasa en el mundo. Y están muy ligadas a la política interna, lo cual es terrible para la política exterior de un país, porque se pierde capacidad de reacción. No se puede entender la posición de la Argentina con relación a la crisis venezolana si no es por el impacto que ella puede tener aquí. Ésta es una lógica que tiene mucho que ver con lo que el Gobierno hace en la región. Tenemos cien años de sobreactuaciones en política exterior y es un fenómeno muy argentino. Un canciller que ante cualquier acontecimiento sale a responder cuestiones que, incluso, van en contra de lo que están haciendo las propias agencias del Estado muestra falta de coordinación. Es el signo de estos años y quedará en la historia.

–El acuerdo con Irán por la investigación del atentado contra la AMIA, ¿fue una puesta en escena, una sobreactuación o un intento de sacar beneficio a una coyuntura determinada?

–Se pueden hacer diversas conjeturas, pero es de esos temas que nos despiertan una gran perplejidad. Es una política que rompe con lo que el propio kirchnerismo venía haciendo y que, por otro lado, tiene un fuerte impacto negativo en la relación con los Estados Unidos. Es una prueba más, quizá la más contundente, de la falta de premisas claras en el tema de política internacional. No está claro cuál fue el beneficio que se buscó con ese acuerdo y, además, se puso a toda la colectividad judía en contra. Cuesta entender por qué se hizo, más aún ahora que Irán tiene un gobierno que se supone que es más flexible, que conversa con Estados Unidos, pero no con nosotros. Es un papelón. Este caso demuestra también la ausencia de la cancillería argentina en la toma de decisiones.

–La Argentina es potencia agropecuaria, está en la mesa chica de los líderes mundiales. Sin embargo, no ha sabido hacer de esta ventaja un instrumento para instalar otros temas de su agenda. ¿Por qué se desaprovecha esa oportunidad?

–Esto tiene que ver con lo que decía antes. No hay equipos pensando; existe una Cancillería bastante desarticulada y que no se usa plenamente. No es un fenómeno sólo del kirchnerismo; este gobierno ha exacerbado esa tendencia. Por lo tanto, en los temas en los que el país podría pesar más, no pesa como sí lo hace Brasil. La Argentina espera a ver qué hace Brasil o qué sucede en el mercado porque, sencillamente, no está en la mesa de estas discusiones básicas y es por su peso relativo. Aquí hay un proceso general de pérdida de peso relativo del país en el mundo. Esto es lo esencial y no tanto el supuesto aislamiento.

–En la crisis de Ucrania, la Presidenta justificó a su manera la decisión de Rusia de anexar Crimea. Y lo hizo contra la posición de Europa, a pesar de que la Argentina sigue siendo miembro extra-OTAN.

–El canciller Guido Di Tella decía que ser aliado extra-OTAN es una cucarda y que no tenía ninguna importancia para la Argentina en términos militares y estratégicos. Y como casi nadie se acuerda de que somos un país aliado extra-OTAN, el gobierno kirchnerista mantuvo en silencio esta condición porque es un aspecto que forma parte de la agenda positiva con Estados Unidos. En el conflicto de Crimea, se vuelve a mostrar improvisación y a poner la política interna en primer lugar. No se apoya la anexión de Crimea por parte de Rusia pensando en Malvinas, pero al mismo tiempo se dice que Occidente impone sanciones que no sirven y que tiene un doble estándar, algo que suena bien a los oídos de muchos argentinos, pero que nos coloca en una posición disfuncional y ambigua frente a una crisis en la que deberíamos haber estado junto a Europa y Estados Unidos, y que tiene implicancias que pueden ser negativas en la cuestión Malvinas.

–¿Por qué el kirchnerismo no supo destrabar el conflicto por la soberanía de Malvinas?

–Donde el país carece de políticas constantes es, precisamente, en el tema de las islas Malvinas. No hemos sido capaces en los treinta años de democracia de establecer ciertos acuerdos internos de cómo manejar esos vínculos. El kirchnerismo hizo todo lo opuesto a lo de Menem y, en realidad, tuvo resultados parecidos. Ni la seducción funcionó ni la diplomacia del enojo sirvió. Esta cosa de estar siempre enojado no lleva a ninguna parte, porque no te escuchan. En cambio, Gran Bretaña demuestra que sí tiene una política clara.

–¿Qué expectativa hay en el mundo sobre el cambio de poder que habrá en el país en 2015?

–Hay una posición de wait and see. Es decir, vamos a ver qué pasa con este país que es tan difícil de comprender y que tiene una historia de declinación. Están como nosotros internamente viviendo el proceso de saber cuál y cómo será la salida de este ciclo kirchnerista. Ésta puede ser la posición de Estados Unidos, los países europeos, del mundo financiero y de los negocios. La región está bastante convulsionada como para que la Argentina agregue otro problema. En cambio, Venezuela y Ecuador esperan que continúe el kirchnerismo y si no ocurre eso verán una derrota de la llamada "revolución y transformación de América latina".

–¿Qué nuevo orden mundial se está gestando?

–Estamos viviendo un proceso de transición y de distribución del poder y de las riquezas globales. Los países que suben cuestionan a los que bajan. Y este proceso se produce en un marco donde Estados Unidos declina relativamente y otros ascienden, pero no llegan. Después hay un conjunto de organismos internacionales, en gran medida creados por los países que declinan, que no pueden cumplir ninguna función relevante, como es el caso de Naciones Unidas. Este mundo del multilateralismo de organismos internacionales estará muy sacudido durante mucho tiempo.

–¿Qué agenda deberá afrontar el próximo gobierno argentino?

–No es un mundo tan bueno como el que encontraron Néstor Kirchner y, luego, Cristina. Pero será un mundo favorable que, además, necesita lo que nosotros tenemos. Seguirá la demanda de lo que producimos, sectores con una gran potencialidad como el agropecuario y el minero. Esto sí se está mirando desde afuera, esperando un clima mejor para canalizar inversiones. Al que le toque gobernar, tendrá un mundo bastante bueno. El problema está adentro, en las cuestiones políticas marcadas por una herencia muy pesada como el avance del lado oscuro de la globalización, con crimen organizado y el narcotráfico. El aumento de la conflictividad social y las dificultades para lograr acuerdos internos podrán tener incidencia en la política exterior, sin dudas. Recomponer la pérdida de relevancia del país en el mundo depende de nosotros, de reconstruir una política exterior eficaz y constante. Creo que hay condiciones para que la Argentina pueda recuperar peso y sus vínculos internacionales. Otra cosa importante es que la Argentina no ha tenido en estos años políticas antioccidentales. El país votó en Naciones Unidas muy parecido a Chile y Brasil. En temas clave, de enorme interés para Occidente, el país tiende a votar más o menos parecido a Estados Unidos.

–¿La Iglesia del papa Francisco se consolidará como una protagonista clave? ¿Podrá ayudar a la Argentina?

–Puede jugar un papel muy positivo precisamente por todos los temas de la agenda global que requieren una acción colectiva para ser enfrentados, como la pobreza, la marginalidad, el narcotráfico y la inmigración. Son todos temas cercanos a la Iglesia. Además, el Papa tiene un liderazgo en un mundo donde no hay líderes, por eso él ha ocupado este espacio. La Iglesia puede poner mucho libreto y presión para que los temas estén sobre la mesa. Sin duda, un papa argentino beneficia al país, es un factor en política que hay que saber jugar. Pero es un mito nacional que el Papa vaya a involucrarse en el tema de Malvinas. Cero posibilidades. Soy terminante en esto. Pedirle al Papa que hable con el primer ministro británico por este tema es una tontería. No corresponde. El Papa no tiene que hablar de este tema. En absoluto. Él es el Papa, no un argentino. No puede hacer absolutamente nada.

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