Todavía lucha para reconstruir su vivienda

La casa de Alicia Miño quedó partida en dos y aún está inhabitable
Sebastián Lalaurette
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30 de marzo de 2014  

LA PLATA.- Alicia Miño sigue sufriendo las consecuencias de la inundación como el primer día. A un año del trágico temporal que anegó esta ciudad, todavía no puede volver a su casa. Primero fue el agua, que convirtió en un pozo sin fondo el piso de su vivienda situada en la zona de 8 y 32.

¿Cuánto tiempo más llevará? Quién sabe. "Falta hacer la prueba de gas todavía", dice Alicia, parada en medio de la casa, mientras el ruido de una amoladora retumba en el pequeño ambiente. En el garaje se acumulan latas de pintura, puertas de muebles y bolsas de arpillera; un diario del lunes 17 de marzo asoma bajo una gruesa capa de polvo, y una mezcladora descansa junto a una silla solitaria. El living está casi listo, pero la cocina y el lavadero son irreconocibles. Falta mucho más que la prueba de gas.

En medio de los miles de historias que produjo la inundación del 2 de abril de 2013, la de Miño se destaca por la magnitud del daño material. Otros perdieron sus muebles, su ropa, sus electrodomésticos; la casa de esta contadora, en cambio, se quebró por dentro y quedó convertida en un cráter peligroso, cuando los cimientos se vieron sacudidos por el torrente que anegó los tres subsuelos de una obra en construcción en el terreno vecino.

La chica que estaba en la casa, una estudiante chilena, oyó, desde el piso de arriba, una especie de trueno; cuando fue a ver se encontró con que el living y la cocina de la casa ya no tenían piso: había un torbellino furioso. "Un pozo de doce metros", precisa Miño, porque ésa es la profundidad de la excavación en la obra vecina, destinada a construir tres niveles de cocheras.

La mujer no estaba en casa ese día: se había hecho una escapada de Semana Santa a Tandil. Fue la estudiante la que le dio la noticia. "Ahí puse TN y vi el desastre que era la ciudad", recuerda.

Al volver tuvo que mudarse a lo de un familiar, y su hermano, que vivía con ella, a la casa de unos amigos. Después se fueron los dos a la casa de una tía, a cinco cuadras de allí.

Miño pasó meses lidiando con la compañía constructora, Arema SA. Finalmente firmó un convenio de reparación de daños y la empresa se comprometió a reconstruir la vivienda, sin reconocer responsabilidad en lo ocurrido. Tras largas demoras, en septiembre empezaron los trabajos. "Pero un día llovió y el piso se vino abajo otra vez", recuerda.

Para peor, ese mismo mes se detuvo no sólo la obra en su casa, sino también todo el resto de las construcciones en la ciudad: un obrero, Germán Villalba, murió electrocutado mientras trabajaba en el mismo edificio que se construye junto a la vivienda de Miño, y la filial platense de la Unión de Obreros de la Construcción decidió paralizar todas las obras de la ciudad.

Cuando se reiniciaron los trabajos, la obra quedó a cargo de un fideicomiso. Ya ha pasado casi un año, pero las reparaciones todavía no terminaron. La casa sigue siendo inhabitable.

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