El guardavidas que se convirtió en héroe durante las inundaciones en La Plata

El 2 de abril del año pasado rescató a más de 30 personas y hoy sueña con ser nadador olímpico
Ramiro Sagasti
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3 de abril de 2014  • 17:23

LA PLATA.– No sabe bien cuándo fue la primera vez que quiso ser guardavidas, pero ese debe ser uno de los primeros recuerdos de su infancia. "Salvaban gente, los aplaudían... Eran superhéroes", dijo Lautaro Lasagna, que hoy tiene 20 años y aún conserva, intacto, aquel primer impulso. De hecho, el anteúltimo verano, en 2013, aprobó el curso de guardavidas y enseguida logró su primera hazaña: se convirtió en el hombre más joven en nadar los 42 kilómetros que separan las costas de Colonia, en Uruguay, con Punta Lara, en la Argentina. Pocos meses después hizo su segunda hazaña: salvó las vidas de 32 personas y cuatro perros durante la trágica inundación en esta ciudad, que ayer cumplió un año.

Eran las seis de la tarde de aquel 2 de abril cuando Lautaro y su padre, Leonardo, salieron de su casa, en 7 entre 529 y 530, en Tolosa, a buscar a los abuelos, Roberto y Nélida, que viven en 15 bis, entre 528 y 529. "En casa, el agua ya nos llegaba a la cintura. Agarramos el kayak con el que me había acompañado papá cuando crucé el Río de la Plata, el torpedo y las aletas. En la calle no había nadie ayudando, ni un bombero...", contó Lautaro.

Su madre, Gabriela, se quedó en la casa. En el primer piso, porque ya hacía rato que la planta baja había quedado sumergida. Miró por la ventana; nunca había visto un temporal semejante: la lluvia seguía cayendo y envolvía todo con ese ruido resquebrajado y monótono, igual que el ruido blanco de un canal muerto. Lautaro y Leonardo no volvían. ¿Por qué tardaban tanto? Ya había pasado como una y no había manera de comunicarse. El hermano de Lautaro, Ignacio, de 17 años, estaba en lo de un amigo, a salvo. Gabriela vio que un hombre y una mujer habían quedado atrapados en la avenida con el auto; les hizo señas para ofrecerles refugio. Poco tiempo después, eran 16 los refugiados en el primer piso de los Lasagna.

"En el camino a lo de los abuelos, nos vieron con el kayak y nos empezaron a pedir ayuda. Primero rescatamos a una señora mayor. Después a un matrimonio joven con una beba recién nacida y un nene de dos años. Ninguno sabía nadar. Los llevamos a todos a la estación de servicio de 13 y 530, que estaba más elevada. Ahí, el agua te llegaba a los tobillos", recordó Lautaro.

Finalmente, el joven nadador y su padre consiguieron llegar a lo de los abuelos. El Fíat 600 color mostaza, impecable y todo original, del abuelo había quedado sumergido. Lautaro hizo sonar su silbato para avisar que estaba allí. Los gritos desesperados de los vecinos atravesaron el aire como flechas: "¡Ayúdenme!" "¡Me estoy muriendo!" Los abuelos estaban vivos. Los llevaron a la casa, por 529. Llegaron cerca de las ocho a la casa de la avenida 7, donde estaban Gabriela y los refugiados.

Aguas abiertas

Aquellos gritos profundos habían quedado rebotando en los oídos de Lautaro y de su padre. "Ahora vuelvo", les habían prometido, y volvieron. Ya era de noche, el agua continuaba subiendo y la temperatura, bajando. Apenas hacían pié y la correntada era tan fuerte que tenían que avanzar pegados a las paredes, sujetándose de las rejas y los huecos de las puertas y las ventanas. Los gritos provenían de todos los rincones y tuvieron que empezar a elegir. Lautaro y su padre recuerdan esa selección como uno de los momentos más difíciles de aquella noche. Salvaron a los ancianos y a los niños, a una mujer tan gorda que casi hundió el kayak, a un ciego, a los que no sabían nadar o no podían moverse... A 32 personas y cuatro perros.

El último rescate fue en 11 y 529. Lautaro y Leonardo ya habían decidido volver a su casa. "Estábamos temblando, con principio de hipotermia, y golpeados y raspados por las cosas que arrastraba el agua. Unos chicos nos dijeron desde la planta alta de una casa que en la esquina había una pareja de ancianos y no sabían nada de ellos. Fuimos a ver", recordó Lautaro.

Abrió la puerta el hombre, con el agua al cuello; su esposa estaba parada en una silla, temblando. Lautaro notó que era más fácil llevar a los ancianos a una casa de dos plantas que estaba justo enfrente, cruzando la calle 529, donde el curso de agua era más tranquilo. La ventana del piso superior estaba abierta y había alguien mirando. Lautaro gritó para pedir que alojaran a los ancianos. La ventana se cerró. Así que debían cruzar la calle 11. Era peligroso… y el agua arrastró a Lautaro tres cuadras, hasta 526. "Me golpeé, me rayé todo –dijo–. Fue cuando estábamos cruzando al segundo viejito. Perdí las aletas. Después de ese rescate sí volvimos a casa. Serían las cinco de la mañana".

Tiempo después, una vecina le regaló un par de aletas. Lautaro sigue entrenando duro. Había querido ser guardavidas porque parecían superhéroes y sus primeros rescates fueron los de la inundación. Ahora tiene otro plan: "La idea es ver si puedo llegar a Tokio 2020, para competir en aguas abiertas".

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