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Cortez y Fontán, dos jóvenes coreógrafos de expansivo talento

Son los creadores e intérpretes de Los cuerpos, obra de gran fuerza poética
Alejandro Cruz
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11 de abril de 2014  

"Rami, tengo al periodista de LA NACION acá, en casa, me quiero morir. La nota era hoy, hubo una confusión. ¿Podés venir ya? No te preocupes por la guita, el taxi lo pagamos a medias..." El que habla es el dueño de casa: el bailarín Federico Fontán a quien, en la siesta del día feriado, le tocan el timbre. Es el que abre la puerta de su departamento en una escena, casi, almodovariana ("Si sabía que venías, por lo menos, hubiera sacado el tender del balcón", dice). El que está por llegar es Ramiro Cortez. Tienen 24 años. Son los directores e intérpretes de Los cuerpos, excelente propuesta coreográfica con aires de David Lynch; un trabajo de un despliegue físico atrapante, ganador en la Bienal de Arte Joven.

Los dos pasaron por el Taller de Danza del San Martín. Se conocieron ahí, se dieron cuenta de que había afinidades, coincidencias y, más adelante, la necesidad de hacer algo juntos, de ponerle el cuerpo a una obra. Eso fue a fines de 2012. Eso fue, ahora en perspectiva y pasada la incomodidad del timbre, el germen de Los cuerpos.

A Federico le gustó el teatro desde chico. Quizá se deba a que su padre es cineasta. A los 16 entró en crisis porque no sabía qué hacer. Le pintó estudiar actuación en el IUNA, pero, antes, debía estudiar danza. Fue lo que hizo. Y ese estudio le generó algo tan intenso que, de a poco, fue dejando el teatro. "En la danza, siento que puedo expresar algo que no lograría desde otro lugar", dirá quien, como actor, trabajó en películas y en obras de teatro.

Ramiro, desde chico, hizo deportes. A los diez años empezó a bailar tango. En su escuela había un taller y se anotó. "Tampoco me acuerdo muy bien por qué", recuerda lo que no recuerda del todo. Luego entró al Nacional Buenos Aires con la idea de convertirse en historiador. Pero el tango lo pudo. En tren de lograr cierto perfeccionamiento y ampliar horizontes, se presentó (y entró) al Taller del San Martín.

Mauricio Wainrot, director del Ballet del Teatro San Martín, lo invitó a formar parte de la compañía (o sea, eso que se llama prestigio, salario, carrera...). Pero al tiempo se dio cuenta de que la cosa no era por ahí. Que lo suyo iba por el lado de ese trabajo que estaba tomando cuerpo y que llamaron Los c uerpos. "Me prefirió a mí", apunta Federico, y se ríen.

En los primeros ensayos montaron una "coreo" con pautas estrictas. "Queríamos un movimiento explosivo, animal, primitivo. Como trabajar sobre la carne muerta y buscarle el tono adecuado. Queríamos una escena en la que nos moviéramos todo el tiempo. Queremos probar la capacidad de los dos cuerpos siendo uno solo y largarnos a jugar", dicen. Se anotaron en la Bienal. Y entraron.

Una vez seleccionados, les asignaron como tutor al director Ciro Zorzoli (lujo) con quien trabajaron tres meses. "Nos enseñó a dejar que la pieza hable", dice uno de ellos. Y la pieza habla, y se expande y se expresa y se condensa. Al universo de Lynch que ya venían trabajando, Zorzoli sumó el de David Cronenberg. Y aparecieron esas cabezas de caballo que usan en la obra en medio de una puesta despojada. Estaban tan convencidos de lo que estaban haciendo que ensayaban todos los días. Todos ("bueno... domingos no").

En Los cuerpos lo sensual atraviesa la obra. Ramiro dice: "No fue algo que quisimos a priori, pero, inevitablemente, se desprende de las acciones". Federico agrega: "Chocamos contra eso. Nos topamos con lo erótico. Y es natural que aparezca y está bien".

Las funciones en El Portón de Sánchez se llenan. "Yo estoy completamente orgulloso de lo que hacemos. Tenemos ganas de que todo el mundo la vea. Queremos llevarla a donde sea por que es transportable y visceral", dice uno, acota el otro, hablan en plural y vuelven al singular como si fueran un cuerpo con dos cabezas (o al revés). La misma sensación que se genera en escena con esos cuerpos que se provocan, se buscan, se chocan, se repelen.

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