Lecciones de los 90 para no errar otra vez

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
Al igual que la década kirchnerista, la que correspondió al gobierno de Menem resultó una oportunidad perdida. Y, como ahora, las bases endebles de un modelo consumista pasaron la factura
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14 de abril de 2014  

Sin haber gozado de las condiciones extraordinarias de la década que acaba de transcurrir, la de los años 90 fue, al igual que ésta, una gran oportunidad desperdiciada: la Argentina no logró acercarse al desarrollo ni redujo la pobreza. Como la actual, estuvo también marcada por un modelo consumista. Vale la pena repasarlo, junto a otros aspectos significativos del período menemista, en la idea de que nos ayude a no desaprovechar la próxima oportunidad que se le presente al país.

Junto con el gesto aperturista de convocar a figuras destacadas de distintas disciplinas y sectores en un hecho inédito de la política en el país, Menem hizo un valioso intento de suturar la vieja herida entre peronismo y antiperonismo que condicionó la vida política argentina por más de 40 años, de 1946 a comienzos de los años 90. Ese intento, sin embargo, se vio empañado por el descrédito que sobrevino a la corrupción generalizada, a la sumisión del Estado a intereses particulares y a la ostentación impúdica de los últimos años del ciclo. Muchos creyeron, en aquellos años, que se iniciaría una era de unión y concordia entre los argentinos. Pero las autoridades de la última década se empeñaron -con éxito- en crear una nueva antinomia de similar virulencia entre los que adhieren y rechazan al kirchnerismo.

Si bien la reformada Constitución -aprobada con el acuerdo de los dos grandes partidos- incluyó avances y aggiornamientos en distintos campos, no debe olvidarse que fue inspirada en un bajo instinto continuista.

En cuanto a la organización del Estado nacional, se cometieron algunas tropelías, como el desguace a favor de las provincias de dos ministerios que fueron pilares en la construcción de la nacionalidad: los de Educación y Salud. Amén de que algunas provincias hicieron una buena gestión con lo que heredaron, el Estado nacional vio menguada su capacidad de implementar políticas públicas a nivel nacional en esas dos vitales áreas. La medida escondía además una argucia contable a favor del centralismo, que desembocó en la situación actual de dependencia financiera de las provincias, que las pone de rodillas ante el poder central.

La decisión de suprimir el servicio militar obligatorio se enmarcó en la entonces comprensible intención de quitarles espacio a las Fuerzas Armadas para erradicar definitivamente el estropicio que significaron para el país los golpes de Estado. Además, tuvo un objetivo presupuestario (reducir gastos), y por fin -¡cómo iba a faltar!-, una intención demagógica: congraciarse con los votantes jóvenes, a quienes se libraba del peso del servicio militar. Hoy cabría preguntarse si la conscripción, más allá de sus aspectos negativos, no sería útil para un empadronamiento general de la población joven y como una escuela formativa en el carácter y la disciplina, necesarios para la vida del trabajo y el respeto a la autoridad que exige cualquier actividad laboral. O si, de haber continuado, no habría sido un antídoto contra la creciente delincuencia, algo que los expertos en estas materias podrán responder.

Entre otros vicios gestados en esos años está la injerencia del Poder Ejecutivo en la Justicia, una práctica que infelizmente no sólo ha continuado, sino que se ha intensificado de forma exponencial.

Quizás el mayor éxito -aunque pasajero- de los años 90 vino de la mano del programa económico, que combinó el control de la inflación (que había atormentado al país por más de 40 años), la apertura al comercio mundial y la modernización de los servicios públicos, algo que se logró con las privatizaciones y el acceso al crédito externo.

Esa combinación hizo posible un ciclo de inversiones en petróleo, gas, electricidad, infraestructura y muchos otros sectores. Al margen de que muchas privatizaciones pudieron estar muy mal hechas, la modernización se llevó a cabo sin comprometer un solo dólar de deuda pública, ya que la deuda la asumieron los privados. El teléfono pasó de ser un bien imposible a uno accesible y se acabaron los históricos cortes de luz, algo que debería ser recordado en estos tiempos. En ese marco, se produjo la revolución productiva del agro, con el consiguiente aumento espectacular de la producción, que tanto contribuyó al interior y al bienestar de la sociedad en general.

También, en los primeros años el modelo propició el consumo social, gracias a la estabilidad, a la apertura comercial y al resurgimiento del crédito en cuotas. Se aseguró así adhesión política al plan. Sin embargo, el programa estabilizador estaba basado en un ardid: "Un dólar igual a un peso". Eso exigía como mínimo el manejo riguroso de las otras variables económicas, cosa que finalmente no se hizo.

El panorama se vio agravado al hacerse mixto el sistema de pensiones y permitir el ingreso de operadores particulares (las AFJP), lo que privó al Estado de los aportes que se pasaron al nuevo régimen. Hecho el cambio sin la pericia con que se hizo en Chile (donde es el pilar del mercado de capitales de su exitosa economía) y sin prever la vía de financiamiento alternativo para el Estado por lo que dejó de percibir, se agudizó el cuadro general de debilidad del modelo.

En un contexto semejante, si se gasta mucho más de lo que se recauda, algo que han acabado haciendo todos los gobiernos (tanto en democracia como en dictadura), el faltante -aunque no sea lo ideal- se puede cubrir con crédito, pero sólo por un tiempo. O, aún más grave, con emisión sin respaldo

Es legítimo que la medicina prepaga y el colegio privado sean sagrados para muchas familias. Pero si se arriba a un punto en que no se pueden pagar y se deja de abonar el alquiler o se hipoteca la casa para conservarlos, llegará el día en que la familia acabará en la calle. Lo mismo ocurre si es el Estado el que se hipoteca en lugar de las familias (para conservarles a éstas sus prerrogativas) a fin de sostener un nivel de salarios que la sociedad, y el Estado en particular, no puede afrontar.

Una vez liquidados los activos públicos disponibles, agotado el acceso al crédito y sin posibilidad de emitir, en este caso por la sujeción al dólar, el modelo terminó como era inevitable: como una represa que explota y arrastra todo aguas abajo. Es decir, a todos los argentinos. Y muchos de los logros de ese período. Y, peor aún, también algunos principios elementales del proceso de desarrollo de las naciones, como las condiciones necesarias para estimular la inversión, que quedaron comprendidas en el denostado "neoliberalismo". Si los equilibrios macroeconómicos, la estabilidad de precios y el libre comercio y circulación del dinero son parte del demonio "neoliberal", el país no tiene otra alternativa que el fracaso permanente. Si al desarrollo se llega con inflación, cepos y controles de precios, entonces los campeonatos se ganarían perdiendo los partidos. Si la disciplina fiscal no cuenta, tampoco contarían los entrenamientos en el deporte.

Con fines demagógicos (vaya la originalidad: se buscó llenarle los bolsillos y regalarle viajes a Miami a la clase media) el programa se había implementado sobre la base de dos premisas explosivas: una ecuación salario-dólar que hizo sucumbir en la competencia (y generar desocupación) a vastos sectores productivos del país, sobre todo los del interior, y dejaba al Estado sin margen de maniobra ante cualquier eventualidad, y para peor, financiado con deuda externa. Y si precisaba una "ayudita", lo sazonaron con las proclamadas relaciones carnales con los Estados Unidos.

Para los países, la deuda que financia consumo es imposible de devolver, ya que no genera capacidad de repago. Por esa vía se conduce a la sociedad al precipicio. No obstante, desde el poder la tentación es grande: a diferencia de los créditos familiares, a estos préstamos los disfruta un gobierno (el que hace el gasto y contenta a la sociedad) y lo pagan los que vienen después. Si bien el intento modernizador y de integración al mundo fue una jugada acertada, devino en un modelo consumista financiado con deuda externa. O sea, la peor variante de un modelo consumista. De todos modos, con modelos consumistas no se sale del círculo vicioso: ajuste-carrera salarial-crisis fiscal-ajuste.

Pese a que el contexto económico internacional no fue el más favorable, se trató de una gran oportunidad desperdiciada. Los canales que se abrieron y la confianza que el mundo internacional de los negocios depositó en el país resultaron defraudados en todos los sentidos.

Vaya paradoja de los tiempos: los dos sectores mas rentables y denostados del capitalismo, la banca y el petróleo, son convocados hoy para salvar lo que queda del actual modelo.

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