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Vélez, otra vez campeón

Chilavert: el arquero atajó un penal y selló el 0 a 0 que permitió la consagración, porque también igualó Gimnasia.
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19 de agosto de 1996  

El empate sin goles ante Independiente le sirvió a Vélez para conseguir el título en el torneo Clausura y agregar, de este modo, una nueva conquista a las que obtuvo en estos últimos cuatro años de esplendor, con tres campeonatos locales y otras tres coronaciones en el ámbito internacional (las copas Europeo-Sudamericana, Libertadores e Interamericana). Ayudó al festejo de Vélez la igualdad 1 a 1 entre Gimnasia y Esgrima La Plata (el único que podía arrebatarle esta alegría) y Estudiantes.

El conjunto conducido ahora por Osvaldo Piazza también soportó una buena cuota de sufrimiento, cuando Independiente dispuso de un penal a los 17 del segundo tiempo, que ejecutó sin fuerza Jorge Burruchaga y detuvo el paraguayo José Luis Chilavert.

Carlos Bianchi, el forjador de este grupo de campeones, dejó Roma por 72 horas para acompañar a sus ex dirigidos en un festejo que se extendió hasta la medianoche.

Vive de festejo

Vélez no sólo transpiró esfuerzo, también sudó nerviosismo; cuando alzó en el festejo sus brazos de campeón ya no le quedaban uñas por comer; pese a que en los últimos años eligió a la gloria como insustituible compañera, ayer tembló como un primerizo cuando estuvo delante de ella. Quizá todas estas cuestiones hayan sido la noticia, porque el resto forma parte de los firmes trascendidos que en la luminosa tarde de Liniers tuvieron confirmación oficial: Vélez es otra vez campeón y Chilavert, tantas veces el héroe en el arco rival, esta vez fue el salvador en el propio al desviar el penal de Burruchaga. Para no confundir las cosas, primero dejaremos a salvo los inobjetables merecimientos de este nuevo título. Lo construyó a lo largo de 19 partidos.

Hecho ese apunte, ahora se puede señalar, sin riesgo de ser injusto, que a Vélez le faltó fútbol y serenidad para escribir el último capítulo. Se complicó mucho ante un Independiente que eligió un planteo de ocasión, de espalda a su rica historia: con un líbero (Bustos), con marcas personales (Arzeno sobre Flores, Rotchen-Posse y Páez- Camps), con un batallón de seis hombres para ocupar el medio campo y con un único delantero (Calderón) de pocos recursos para valerse por sí solo. Frente a eso, Vélez chocó, se equivocó y padeció.

Más emoción que calidad

No fue un gran partido, pero en el segundo tiempo se lo vivió con la emotividad propia de toda definición, sobre todo cuando pasó a importar tanto lo que ocurría en Liniers como en La Plata. Porque Vélez arrancó tan mal y atolondrado en el segundo tiempo que supo lo que era el miedo. Regaló la pelota con sus imprecisiones e Independiente se encontró con el control y la iniciativa en medio de tanta desesperación rival. Herrera no acierta un pase, al rato lo imita Gómez y Banegas comete un pecado de juventud al derribar a Calderón dentro del área.

¿Quién podía sacar a Vélez de semejante atolladero? ¿Quién podía devolverles la ilusión y el alma al cuerpo a toda una multitud? Y sí..., quién otro que Chilavert. En la última jugada del primer tiempo, una estupenda atajada de Mondragón en un tiro lo había privado a Chilavert de agigantar su figura de arquero-goleador. Pues bien, si no pudo ser decisivo haciendo un gol, lo fue al evitarlo en su arco. La intención lo llevó a tirarse sobre su izquierda para desviar el penal de Burruchaga.

La acción tuvo un doble efecto: Chilavert mantenía el cero en su valla y todo Vélez renació en ganas y temperamento. Entró Pandolfi para tener más creación en la llegada; Vélez ya buscaba con más decisión y Mondragón demostró que no quería ser menos que su colega; le atajó en forma estupenda un cabezazo a Flores y le tapó dos entradas a Posse; al final lo auxilió el travesaño en un remate de emboquillada de Gómez. Chilavert ya era el padre y el abuelo del título al impedir, aun con la mano fuera del área, una corrida de Alvez. El final en La Plata llegó como el preaviso del éxtasis; cinco minutos después, Hay bajaba el telón en Liniers. Atrás habían quedado los nervios, la desesperación, el miedo y las radios pegadas a las orejas. Ya no había cercos para la euforia y se había levantado el estado de sitio al corazón de todo Vélez.

Trotta dio la vuelta olímpica en Roma

A la fiesta le faltó un invitado de lujo. Carlos Bianchi, por ser el técnico y tener licencia para viajar, se dio el gusto y asistió a la consagración en el propio estadio Amalfitani. Pero Roberto Trotta no tuvo igual suerte. Debió conformarse con asistir a la celebración desde la capital de Italia. El que fuera capitán del equipo campeón, pese a todo, sufrió y gozó a través de la emisora La Red. Por ese medio contuvo el aliento cuando Hay cobró el penal a Calderón y estalló en un grito feliz cuando su amigo Chilavert le atajó el remate a Burruchaga.

Como una muestra del ascendiente que tiene sobre el plantel, Trotta habló con todos sus compañeros, con los técnicos y los dirigentes. A su apodo de "Cabeza" se le sumaron todo tipo de adjetivos laudatorios. Tal vez el momento más emocionante del diálogo telefónico-radial fue el que mantuvo con el joven Héctor Gabriel Banegas, su reemplazante: "Este triunfo te lo dedico a vos, porque realmente te lo merecés, por todo lo que hiciste y por lo que me enseñaste".

Desde Roma, la respuesta fue instantánea: "Gracias, pero el mérito también es tuyo. Eso sí, te pido que así como yo te di una camiseta con el número 2, me guardes la tuya como recuerdo de este campeonato que fue tan importante para mí como los otros en los que jugé hata el final".

En todo momento Trotta reconoció que le hubiese gustado mucho estar en Buenos Aires, que comprendía que el trabajo con el equipo de Roma impidió su viaje a Buenos Aires, pero que el haber escuchado el final del partido y haber hablado con los integrantes del plantel le había significado sentirse parte de la fiesta. "Di la vuelta olímpica aquí -aseguró- y este triunfo seguramente me servirá como incentivo para afrontar la temporada con la Roma con otro espíritu. Espero que acá, en Italia, las cosas me vayan tan bien como en Vélez, un club al que seguramente volveré".

Walter Pico, como hincha

El que sí estuvo en el estadio, pero de "civil", fue Walter Pico. El ex jugador de Boca, que pasado mañana viajará a España para incorporarse al club Las Palmas, expresó: "Vine a saludar a los muchachos de Vélez, a muchos de los cuales conozco por haber jugado junto a ellos. Me alegré por el campeonato que lograron. Se lo merecen por ser buenos futbolistas y mejores personas".

Un abrazo interminable

"Provagar o, en lunfardo, proseguir." La frase, firmada por Carlos Bianchi, adorna el ingreso al vestuario local de Vélez Sarsfield. Y qué mejor manera de continuar el camino que asegurando en su lugar a un amigo. Para Bianchi, que viajó desde Italia por 72 horas para ver a su ex equipo, el interminable abrazo con Osvaldo Piazza al final del partido significó mucho más que la estadística del campeonato. Su idea era vivirlo desde la platea, pero las formalidades quedaron de lado y los nervios lo llevaron a saltar a la cancha en el segundo tiempo.

"Ahora sí se puede decir que mi ciclo en Vélez se terminó. Esto fue lo último, tenía que cortar el cordón umbilical", comentó Bianchi con lágrimas en los ojos.

"Estoy muy feliz por el club, por mis jugadores y por Osvaldo, que comienza su primer trabajo en primera división. En estos cuatro partidos la situación era delicada y él respondió de manera excelente", agregó el entrenador de Roma.

Piazza siempre se mostró humilde a pesar de haber conseguido su primer título como entrenador, en primera: "En todo el recorrido de la vuelta olímpica, abrazado con Carlos, no hice más que agradecerle por permitirme continuar su trabajo. El triunfo es de él, desde este momento empiezan para mí las obligaciones y necesito demostrar que puedo ser entrenador en este nivel.".

Piazza, que seguirá en el torneo Apertura, aclaró: "En el proyecto que les presentaré a los dirigentes no hay muchas diferencias con lo que se vino haciendo".

Más tranquilo, el técnico analizó el partido con Independiente: "Desarrollaron una táctica que no nos dejó hacer nuestro juego. Esperábamos depender sólo de nosotros, pero llegado el momento nos prendimos a la radio. Después del penal iba a mandar a todos al ataque, pero Carlos, más sereno, me dijo «Esperá un rato, que en La Plata también están jugando+".

Sobre el penal que atajó Chilavert, comentó: "Llegué a pensar lo peor, pero José Luis es un monstruo. Te da tranquilidad y confianza. Es el mejor del mundo".

Final feliz de un domingo inolvidable

No por estar acostumbrados al festejo se dejó de sufrir. Hasta el último minuto. Tal vez para gozar mejor de la celebración (la sexta en 42 meses). Todo se vivió al conjuro de las radios portátiles, porque el otro escenario, el de La Plata, importaba tanto como éste, el multicolor estadio Amalfitani vestido desde temprano con el tradicional azul y blanco. Pese a las bombas de estruendo, a las bengalas, a los papelitos, a los cantos, a las banderas flameantes, y el portentoso recibimiento al equipo capitaneado por José Luis Chilavert, los hinchas de Vélez vivían con el ojo puesto en el césped propio y el oído apretado contra el aparatito que traía noticias de la cancha de Estudiantes.

Así, cuando se supo que Gimnasia perdía por 1 a 0 se dio rienda a suelta a la euforia. Largos minutos de felicidad, sólo alterados por algún toque de Burruchaga o alguna escapada de Calderón. Todo normal, la vuelta olímpica asegurada. La fiesta completa.

De repente, el silencio Pero no podía ser un lecho de rosas. Estaba escrito en el libro de las definiciones apasionantes que tenía que instalarse el suspenso. Que era el turno de una película imaginada por Alfred Hitchcok o por Martín Scorsese o si se prefiere por Brian de Palma. Silencio absoluto, manos crispadas, aliento contenido Gol de Gimnasia. A ver si todavía el final de la película era otro, como en un libreto especialmente preparado para que los corazones sufriesen un infarto.

Y las preguntas que iban y venían ¿cómo sigue Estudiantes? y el grito de los de Independiente que habían ido a Liniers sólo para disfrutar con el hecho de que Racing no tuviera la posibilidad de ingresar en la Copa Libertadores. Visto con ojos imparciales, el espectáculo no podía ser mejor. Con una dosis de emotividad que sólo es patrimonio del fútbol argentino por su curiosa manera de disputar los campeonatos.

Como si todo fuera poco, como si no bastase la incertidumbre de que se produjese otro gol de Gimnasia cuando Vélez, pese a Posse y a Flores, no podía lograr el suyo, llegó el penal para Independiente. Y allí se cortó la respiración. Los ojos se posaron solamente en dos figuras. La negra de Chilavert y la roja de Burruchaga. El infalible ejecutor por un lado y el hombre capaz de cualquier hazaña por el otro. Fue un minuto de espera, pero pareció un siglo. Cuando el paraguayo desvió el remate ya no hubo otro matiz que el de la euforia desatada.

Todos, hasta los hinchas de Independiente, casi convidados de piedra, comprendieron que era el tiempo de la fiesta, de proclamar a los cuatro vientos el bicampeonato de un equipo convertido en símbolo. Y ya casi no interesaba tanto lo que ocurría en La Plata, porque Chilavert le había otorgado a su público la tranquilidad que se había perdido por varios minutos.

Entonces, ya con el empate de Gimnasia consumado, con la certeza de que el Diablo no tenía ni tiempo ni ganas de meter la cola, se cantó y bailó , se gritó por Vélez, por Villa Luro y por Liniers, que en el catastro futbolístico son la misma cosa: un barrio de campeones. Entonces se abrazaron los hombres y las mujeres, los chicos y los grandes y hasta los más viejos se olvidaron de la jubilación escasa y del PAMI en crisis. Ahora, ante la inminencia de otra vuelta olímpica, era el tiempo de las sonrisas.

Nadie escuchó el silbato final de Anibal Hay. Todos se bañaron con los miles y miles de papelitos blancos y azules que irrumpieron con el estruendo de los morteros y los petardos. Fiesta. Pura, genuina, que no por repetida dejó de vivirse con la misma intensidad con la que se habían seguido paso a paso, instante por instante, 90 minutos de una alta carga de dramatismo.

Entonces, la bandera con la leyenda "Aguante Piazza" se juntó con la que rezaba en letras de molde "A Bianchi no lo vamos a olvidar nunca". Nombres y hombres ligados a la historia de Vélez que se dio el gran gusto de otra vuelta olímpica realizada limpiamente, gozada con justicia hasta el delirio. Con sufrimiento, claro. Como ocurre en los últimos tiempos del fútbol argentino. Pero eso ya a Vélez no le importa nada. Ríe y canta. A lo campeón.

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