La larga y estratégica despedida de la Presidenta

Martín Rodríguez Yebra
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27 de abril de 2014  

MADRID.- Cristina Kirchner encara el tramo final de su mandato como una larga gira de despedida. Ajena al ajuste económico que su gabinete aplica en la Argentina real , sus apariciones públicas son rituales autocelebratorios del del legado aparente que dejará al país el paso del kirchnerismo por las instituciones.

La puesta en escena incluye el recurso de naturalizar los problemas. Por ejemplo, la inseguridad "no es nueva", como vino a demostrar días atrás exhibiendo, como prueba, una tapa de Clarín de 1993 en la que se informaba sobre un crimen. Tan irrefutable como si Carlos Bianchi usara un diario de los 80 para mostrar a sus críticos que antes Boca también perdía.

La misa nostálgica de la Presidenta no repara en delicadezas. Puede incluir alusiones ácidas contra las potencias mundiales en pleno giro ortodoxo del Gobierno. O festejar una revolución ferroviaria por una compra de trenes cuando ex funcionarios suyos están sentados en el banquillo por la tragedia de Once.

En la práctica, el despliegue teatral de Cristina Kirchner encaja en la estrategia imaginada para trascender más allá de 2015. Enterrado el plan de una segunda reelección, el sueño presidencial es ahorrar poder para usarlo después de 2015, cuando tal vez lo necesite más que nunca. Por vocación y quizá por protección.

La versión mítica sobre los 11 años de kirchnerismo viene acompañada de la operación para reacomodar los efectos de ese "éxito" en la economía. La opción de irse en medio de un incendio -si es que se sopesó- quedó descartada. De ahí no se vuelve.

En paralelo busca cómo acomodar sus fichas ante un gobierno que será ajeno. ¿Apoyar a Scioli, pero condicionarlo con un vicepresidente "del palo"? ¿Minar al peronismo para ayudar a que gane Macri, mientras el kirchnerismo puebla de camporistas el Congreso y se hace imprescindible? Especulaciones de ese tipo se acumulan. Pero chocan con la constatación de que el poder es impiadoso con quien lo pierde.

La Presidenta no para de corroborarlo. Intenta hacer los deberes con el capital financiero, y se topa con un manifiesto de inusual firmeza de las grandes centrales empresariales. Modera algo la tensión con sus opositores y se encuentra con que surgen nuevas fuerzas con capacidad competitiva. Y que el peronismo juega a las cartas sin invitarla; hasta conspira para cambiar la ley electoral de modo que se limite la influencia del Gobierno en el armado de las listas.

En el mundo tampoco le va mucho mejor. Las potencias la ayudarán a pagar deudas. Poco más. Lo vio en Francia cuando visitó a Hollande para hablar del Club de París. Obama concedió apoyar al país ante la Corte de Estados Unidos contra los fondos buitre por presión de otros acreedores temerosos de un default. La Presidenta pagó el costo político de indemnizar a Repsol por YPF. Pero la Cancillería no consiguió eco en el gobierno ni en los empresarios españoles para gestionar una visita reconciliatoria de Cristina Kirchner a Madrid.

Aquí se elogia el giro presidencial, pero se espera con cautela la próxima etapa. Tampoco es que descuenten que vendrá algo mejor. Lo dice con ironía un veterano líder del socialismo español: "Aprendimos que nunca hay que subestimar a la Argentina: siempre es capaz de superarse a sí misma".

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