La hija rockera del antipoeta

Se crió con su padre, Nicanor Parra, rodeada de los objetos de su tía Violeta. A los 8 aprendió a tocar cueca, pero al escuchar AC/DC pensó: “Ese grito es mío”. Se dedicó al rock y desde 2011 muestra su lado más dulce, como solista. Colombina Parra lleva la música en la sangre
Francia Fernández
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4 de mayo de 2014  

Crédito: Nacho Rojas/ Gentileza El Mercurio

SANTIAGO, CHILE.– ¿No importa que repita cosas que he dicho en otras entrevistas?", pregunta con voz aniñada Colombina Parra. Lejos de la onda punk que despliega en los escenarios y a pesar de lo masculina que dice sentirse –porque se crió entre hombres y siempre se ha rodeado más de ellos que de mujeres—, la hija rockera de Nicanor Parra resulta mansa y delicada en la intimidad.

Para llegar a la casa de esta mujer –cuyos ojos azules adornan un rostro que recuerda al de su padre y al de su tía Violeta— hay que atravesar un portón de hierro y subir por un camino de piedras. La construcción de 92 metros cuadrados, que mordisquea las faldas de la Cordillera, en el barrio La Reina de Santiago, Chile, está en medio de un bosque de olmos. En estas tierras también se ubica la residencia en que ella pasó su infancia y donde vivió su papá, antes de radicarse en el balneario de Las Cruces, y que ahora ocupa su hermano Juan de Dios (42), el hijo menor del antipoeta, que también es músico, como ella. En otros tiempos, hasta allí llegaba a menudo, con sus creaciones, la indómita Violeta Parra.

Delgada y sagaz, la cantautora de 43 años, que también es arquitecta –ella y su ex pareja, Hernán Edwards, proyectaron la obra de ventanales enormes en la que vive–, se mueve descalza por la terraza. A unos pasos, su hija Julieta Parra Edwards, una hermosa niña de 3 años y pelo rubio-albino, se mece en una hamaca paraguaya.

A Colombina, su padre, físico, matemático, Premio Nacional de Literatura y, más recientemente, Premio Cervantes, la llama La Güiña, porque siempre ha sido huraña, como el felino chileno de ese nombre. "Cuando era chica, la gente se acercaba a decir: ¡Qué linda la niña! y yo les decía ¡No! Siempre he ido como al choque –relata ella–. Él me dice: No, no, usted tiene que dejar pasar el toro, hacerle una verónica, porque si no el toro se le va a tirar a usted. Y tiene razón." Don Nica, quien acostumbra a poner sobrenombres, a su hijo Juan de Dios le dice Barraco, ya que, según él, de niño hacía muchos berrinches, aunque éste lo niega.

Ambos hijos nacieron cuando el escritor chileno estaba por cumplir 60 años, producto de un intenso romance con Nury Tuca, una mujer 30 años menor, que era conocida por su belleza, leía el tarot y pintaba. Después de que Parra y ella se separaron, cuando Colombina tenía 6, él se encargó de la crianza. "La infancia para nosotros fue totalmente rara, porque crecimos sin madre, con un papá que trabajaba en la casa y, a veces, se desaparecía por un año. Ahí nos quedábamos con cualquier persona de turno; eso era un desastre. Otras veces, también nos quedábamos solos. Nos arreglábamos con Barraco hasta que volvía nuestro padre", cuenta Colombina.

Parra era un papá viejo –y ahora más: cumple 100 en septiembre—, que les leía poesía a la hora del almuerzo y los hacía participar de sus escritos, pidiéndoles que lo ayudaran a buscar la palabra que le faltaba para cerrar un poema. A la salida de la escuela, más de una vez a Colombina o a su hermano le gritaron: ¡Ahí viene tu abuelo! "Fue como un papá-abuelo, aunque se veía así desde afuera, porque para nosotros, por su forma de ser, era un papá-niño, y aún lo es."

Si bien Violeta Parra murió en 1967, antes de que Colombina naciera, siempre estuvo presente en su vida. "Me crié en medio de su música, de sus pinturas, de su ropa, de sus objetos. Fue parte de todo lo que yo vi, de todo lo que yo soy, sobre todo del recuerdo a través de mi padre con el que tuvieron una relación muy cercana, porque ellos eran como hermanos novios", detalla. Grabados en su memoria están los días en que él se encerraba en la biblioteca a escuchar la música de Violeta, a todo volumen, y no salía de ahí. "Sentí el sufrimiento de mi padre por la desaparición de ella. Quedó como el alma de Violeta en la casa."

La cueca también rondaba en el aire. Y a los 8 años, Colombina aprendió a tocarla y a bailarla. A pedido de su padre, que la acompañaba en guitarra, cuando llegaban visitas entonaba el bolero Contigo, de Los Panchos. "Yo tenía 10 y cantaba Tus labios se vinieron a recrear aquí en mi boca, llenando de ilusión y de pasión mi vida loca. Me daba una vergüenza, me ponía roja."

Al rock llegó a los 12, gracias a un casete de AC/DC que le regaló su hermano Ricardo, El Chamaco (el cuarto de los seis antihijos, nacidos de diferentes relaciones; la mayor, Catalina, tiene 74). "Cuando lo escuché, sentí: ese grito es mío. Todo lo que está ahí soy yo –dice Colombina–. En las guitarras eléctricas encontré algo que no había en mi casa. Sentí que podía expresarme dentro de esa sonoridad de manera más cómoda", agrega. Así fue que se decidió por ese género y no por el folklore, tan incrustado en la raíz del clan Parra.

Salió del colegio haciendo música. Estudió piano y canto lírico, y más tarde, a los 26, Arquitectura. Sus comienzos en los escenarios fueron un tanto decepcionantes, porque en un grupo del que no se quiere acordar cumplía el rol de la niña bonita. "Me decían t oca tales notas o ponte un poco más atrás. Entonces no había mujeres cantando rock. En el fondo había que hacerse respetar, y es lo que hice", subraya. De ahí salió la rabia que destiló en su primer disco, Caída libre, cuando en 1996 se lanzó con Ex, su banda propia que se rebautizaría como Los Ex una década más tarde.

Colombina apeló a la decepción femenina, así como a temas sociales, en sus canciones. Por ejemplo escribió sobre un ama de casa frustrada ( Sacar la basura) o sobre una chica que repite. Búscate alguien que te lave la ropa, búscate alguien que te quiera mucho, cantó en Sácate la cresta. El público comenzó a seguirla. "Siento que generé cierto espacio, aunque, claro, la Violeta es la rockera por excelencia. Ella les abrió el camino a todas las artistas chilenas que hay hoy. Pero yo también hice mi aporte."

Aquel año, con su cuarteto –del cual es la vocalista y la única mujer, y que ha sufrido modificaciones a lo largo del tiempo– rotaron por las pantallas de MTV con temas como La corbata de mi tío. Y telonearon a los Rolling Stones, durante su primera visita a Chile.

Afectos e influencias

Rebelde y a la vez ultratímida, Colombina fue madre por primera vez cuando comenzaba su carrera musical. Su hijo, Cristóbal –rebautizado Tololo por Nicanor–, que se encargó de recibir el Premio Cervantes en nombre de su abuelo, en 2012, es fruto de una relación con Pablo Ugarte, ex líder del grupo Upa y ex bajista de su banda. Actualmente, Cristóbal tiene 21 años, estudia para ser arquitecto, igual que su madre, y también hace música (clásica). Colombina dice que la diferencia entre la mamá de Tololo y la de Julieta es que la primera era "más inconsciente. Si yo tenía que ir a tocar a algún lado, iba con él. A la Juli no la hago pasar por eso. No la llevo a los conciertos ni la pongo a los 2 millones de decibeles a los que ponía al Tololo, que lloraba y lloraba todo el ensayo, hasta que terminaba. Mi disco debut se hizo así. Él se crió en el ruido. Con razón la música clásica ahora es su mundo", comenta.

Aunque es descendiente del linaje más conocido de la música chilena –además de Violeta, sus hermanos Hilda, Roberto y Lalo, sus hijos Ángel e Isabel, y sus nietos Ángel Parra Orrego, Javiera Parra y Tita Parra–, dice que no sintió la presión del apellido. "Era tan niña cuando empecé que no tenía mayor conciencia. Al principio, a lo mejor me daban rabia los comentarios del tipo te pescan porque eres Parra. Pero ahora que he hecho un montón de cosas me siento sólida, en ese sentido", afirma.

En 2011, luego de tres álbumes de estudios con Los Ex, Colombina debutó como solista con Flores como gatos, un disco precioso e intimista que contó con la colaboración de su hermano Barraco en la guitarra y de Hernán Edwards, guitarrista de Los Ex, en la producción. El disco surgió mientras estaba embarazada de Julieta. Entonces, la artista se mudó a Las Cruces, cerca de su papá, y se puso a escribir una especie de carta privada sobre sus afectos, que no planeaba editar. Después grabó el álbum en su casa. Sus amigos lo escucharon, le pidieron copias y así empezó a circular.

Ahora que la cantante y su hermano han vuelto a reencontrarse con su mamá (a quien se refiere en Vamos a almorzar, quizá la canción más triste de Flores…), también está embarcada en las presentaciones de su segunda placa en solitario: Detrás del vidrio (2013). Y dice que tiene en mente mostrar su material en Buenos Aires, donde estuvo en 2007, con Los Ex y se encontró con que había un par de bandas que hacían sus covers. "Quedé con muchas ganas de volver", indica.

Lo que no le interesa para nada es hacerle tributos a Violeta, que es lo que han hecho muchos artistas Parra y no Parra en el último tiempo. "Prefiero hacerle una canción y regalársela. O ir a su tumba y tocarla. Todas sus canciones son increíbles, por eso siento que no podría cantar algo de ella mejor que ella, entonces prefiero escuchar su versión y arrodillarme. Ahí hay mucha más conexión."

A su padre, en tanto, espera regalarle cariño, para su centenario. "Ir a tocarlo y hacerle un run run en los cachetes. Cortarle las uñas de los pies, que siempre me ha tocado hacerlo, y lustrarle los zapatos."

Dice que le da pudor mostrarle lo que hace. " Caída libre nunca se lo mostré. Él lo descubrió solo. Fue su disco de cabecera. Lo ponía fuerte para dormir la siesta", se ríe. De Flores como gatos fue medio productor, no con las letras, sino con el canto. "Me sugirió cosas y las llevé a la práctica… Él se alegraba cuando veía que yo le había hecho caso. Como muchas canciones que están ahí son para él, tenía que escucharlo. Eso fue muy importante", dice Colombina, quien sigue a Daniel Melero (su dios) y reconoce como influencias a Charly García, Jorge González, Freddie Mercury, los Beatles, los Rolling Stones, Philip Glass y la música mapuche.

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