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La decadencia educativa condena a la economía

La deserción de alumnos del nivel medio y la baja calidad de lo aprendidoson un obstáculo de peso para la demanda laboral de personal calificado
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5 de mayo de 2014  

Numerosas empresas y potenciales inversores se enfrentan hoy a un escollo impensable hace algunos años en nuestro país: no encuentran suficientes candidatos capacitados para cubrir los puestos laborales que ponen en juego.

Esa capacitación no está sólo referida a la profesionalización que se obtiene por haber concurrido a la universidad, sino a la baja calidad educativa del nivel medio de enseñanza , con una escuela de contenidos mayoritariamente anticuados, alejados de las demandas del mercado laboral y, lo que es aún más grave, de la realidad social y cultural, y de los intereses de los chicos, que abandonan esos estudios hipotecando con ello su futuro.

El nivel cultural de los jóvenes, valga recordarlo, es un factor determinante que históricamente ha puesto a nuestro país a la cabeza de América latina. La realidad hoy es otra: varias naciones de la región nos aventajan y la explicación hay que buscarla en las prioridades que ha establecido nuestro país, aún habiendo dedicado más recursos al área educativa durante la última década.

Es casi un eslogan permanente del actual gobierno el incremento de la inversión en educación, que pasó del 4 por ciento al 6,2% del PBI en poco menos de una década. El dato es valioso, sin dudas, pero los resultados no lo han acompañado como debe esperarse de un esfuerzo de ese tipo.

Nuestros estudiantes de nivel medio no pueden demostrar en las pruebas internacionales PISA que son capaces de resolver problemas concretos de lengua y matemática, y la mitad de ellos han dado cuenta de que no comprenden lo que leen.

Por otro lado, la permanencia de los chicos en las escuelas no ha logrado consolidarse. Cifras de diversos investigadores dan cuenta de que apenas un poco más de la mitad de quienes empiezan el secundario en el país lo terminan y que la desocupación de quienes no concluyeron esa etapa es tres veces mayor que la de quienes obtuvieron un título universitario.

Poco se ha hecho, además, sobre la rejerarquización de los docentes, capacitándolos convenientemente para afrontar las nuevas demandas de un mercado laboral exigente y en constante cambio. En general, la escuela no ocupa hoy el lugar de antaño ni en la consideración del Estado ni en la de numerosísimas familias, que han delegado en la educación formal buena parte de las responsabilidades que debe afrontar el núcleo primario de formación de los chicos, que es el propio hogar.

Además, se han deteriorado gravemente las relaciones interpersonales entre padres y maestros -cuando existen, pues muchos ya ni siquiera toman contacto directo-, se ha resquebrajado como nunca el principio de autoridad, y falta un claro ejemplo de compromiso, tenacidad y dedicación de parte de todos los actores del sistema educativo.

Una computadora no convierte al alumno en un ser curioso por aprender si no hay profesores que sepan utilizar ese instrumento para entusiasmarlos en la búsqueda de nuevos aprendizajes.

Las estadísticas que el Gobierno difunde en materia educativa, como otras tantas cifras oficiales, hablan de una inclusión que, en la práctica, no es tal.

De nada sirve que se inscriban más personas en el nivel medio, si finalmente lo abandonan, así como resultan criticables los planes que, como el Fines (Finalización de Estudios Secundarios), lanzado en 2008 para los adultos que quieran terminar sus estudios secundarios, se basan en una enseñanza acotada, con profesores que muchas veces no son especialistas en las materias que dictan.

Como otros tantos planes oficiales, el Fines parece más dirigido a engordar las estadísticas que a brindar soluciones de calidad, siendo que ya existe en el país la escuela para adultos, una modalidad mucho más exigente que el título "exprés" que las actuales autoridades promueven con no poca dosis de demagogia.

La precarización del empleo tiene así varios responsables. Al egresado de la escuela secundaria de poco le servirá su título si no está debidamente preparado para responder a los requerimientos de potenciales empleadores. Tampoco le garantiza que pueda acceder y transitar sin dificultades por estudios terciarios y universitarios que, sin dudas, lo aventajarían a la hora de buscar trabajo.

Debemos retomar seriamente el debate sobre la calidad de la educación que se brinda en el país. No se trata solamente de hallar talentos a los cuales apoyar, sino de desarrollar las aptitudes que cada uno tiene, haciéndolo de la mejor manera posible.

La propia presidenta de la Nación reconoció recientemente que es en la franja de los más jóvenes donde el desempleo es mayor. Lo admitió al lanzar el plan Progresar, consistente en un subsidio destinado a que retomen o continúen sus estudios chicos de entre 18 y 24 años que no trabajan, que lo hacen informalmente o que tienen un salario menor al mínimo vital y móvil. Sería muy gravoso para los propios destinatarios del plan -más de un millón y medio de personas- y para el país mismo que esa educación que se pretende integradora no tenga la calidad necesaria.

Debemos volver a ser una apuesta cultural interesante, basada en la actualización de los contenidos educativos, en la solidez de los conocimientos, en el aprovechamiento de esos aprendizajes y en el continuo perfeccionamiento.

En algún momento, la Argentina se destacaba respecto de sus pares de América latina por la calidad de su mano de obra. Hoy que la situación es bien distinta, debemos trabajar seriamente para recobrar ese prestigio y devolver a nuestros jóvenes las oportunidades que merecen.

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