El monumento a la coima, una leyenda urbana de más de 70 años de vigencia

Según la leyenda, Hortal buscó simbolizar en la pieza de arte la presión que soportó durante la creación del edificio
Según la leyenda, Hortal buscó simbolizar en la pieza de arte la presión que soportó durante la creación del edificio Fuente: LA NACION - Crédito: Guadalupe Aizaga
Está emplazado en el segundo piso de la actual sede de los Ministerios de Salud y de Desarrollo Social y no tendría precedentes en el mundo; según el mito, denuncia la corrupción que pesaba sobre Buenos Aires en 1930
Valeria Vera
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22 de mayo de 2014  • 16:39

La ex sede del Ministerio de Obras Públicas, conocido popularmente como el edificio de Evita, alberga un monumento que podría no tener precedentes en el mundo: una estatua que parece simbolizar el pago de coimas en la Argentina de la década del ´30.

La singular torre, un verdadero ejemplo de modernidad para ese entonces y una de las construcciones más emblemáticas de la ciudad de Buenos Aires (desde allí se realizó la primera transmisión televisiva y Eva Perón pronunció el ya histórico discurso de "renunciamiento", entre otros hitos), fue ideada por Alberto Belgrano Blanco, aunque quien realmente la materializó fue su colega José Hortal, director nacional de Arquitectura, allá por el año 33. El mismo que tiempo después se convertiría en el responsable de la escultura que genera las interpretaciones más curiosas.

Su nombre y las razones que lo impulsaron a crear a ésta última no aparecen reflejados ni certificados en ningún documento oficial. No obstante, integran una antigua leyenda urbana que se mantiene viva entre representante del sector, según revela el periodista e historiador Daniel Balmaceda en diálogo con LA NACION.

Muchos de ellos, incluso los más contemporáneos, coinciden en afirmar que el móvil principal de la incorporación del monumento, a la altura del segundo piso, giró en torno a la incomodidad que experimentaba Hortal por no poder terminar el edificio a tiempo.

LOS RASGOS DISTINTIVOS DEL MONUMENTO

Las idas y venidas, sumadas a los presuntos intentos de sobornos y pagos de coimas que buscaban acelerar la obra -en un escenario en el que la construcción en Buenos Aires se encontraba en pleno auge- terminaron por agotar la paciencia de Hortal y lo animaron a poner en marcha la pieza de arte que tenía en mente. Quería reflejar de algún modo la presión que sufría en carne propia. Esa es una de las hipótesis que, con mayor o menor fuerza según el tiempo, sostiene un grupo de historiadores y arquitectos.

Por eso, antes de entregar el edificio, decidió colocar en los vértices de la fachada principal dos esculturas de gran tamaño y estilo art déco que no estaban previstas en el proyecto original, al menos no con el formato que finalmente tuvieron. Algunas versiones sugieren que se las encargó al escultor Troiano Troiani, pero ese dato tampoco aparece en ningún archivo.

Según el mito, prosigue Balmaceda, una de ellas lleva en sus dos manos un pequeño cofre, mientras que la otra extiende la palma de su mano hacia atrás, con su brazo pegado al cuerpo, y mantiene una mirada distraída; una alegoría o denuncia sutil, aunque significativa, acerca de la interna que subyacía al proyecto, vigente hace más de setenta años.

Contrarreloj

Varias versiones dan cuenta del malestar que sentía por esos años Hortal. Hay quienes apuntan que la inauguración de la Avenida 9 de Julio complicó los planes originales del arquitecto porque el edificio, de 93 metros de altura, obstruía el trazado de la calle más ancha de la Argentina y quedaba en medio del llano. Así lo expone el periodista y escritor Diego M. Zigiotto en su libro Las mil y una curiosidades de Buenos Aires, en el que realiza una radiografía completa de sus 48 barrios, incluido el de Monserrat.

También refieren a los tironeos y las propuestas para abortar el proyecto y demolerlo, que poco tardaron en replicarse. Entre las alternativas barajadas -agrega Zigiotto- Belgrano Blanco propuso una segunda construcción gemela y enfrentada, que acentuaba su monumentalidad y se transformaba asimismo en un gran portal de ingreso a la ciudad desde el sur. Otros recomendaron derribar la planta baja conservando los pilares, y algunos especialistas -tal vez los más "osados"- sugirieron trasladar el edificio a la manzana lindera mediante rodillos.

Finalmente y contra los malos augurios y pronósticos, las dos obras, la de la torre y la del monumento, siguieron adelante y fueron inauguradas hacia 1937. La 9 de Julio llegó recién a esa zona diez años más tarde y fue concluida en toda su extensión en 1980.

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LA ESTATUARIA DE LA EPOCA

Cristina Beatriz Fernández, responsable del programa "Moderna Buenos Aires" del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo, y Carmen Magaz, experta en monumentos de la ciudad y profesora de los posgrados de Historia de la Universidad del Salvador (USAL), abonan el argumento de que no hay información precisa ni menciones a la creación de Hortal, ni siquiera en el boletín de obras públicas, que registra los planos de los distintos edificios construidos en aquel periodo.

No obstante, tampoco se muestran sorprendidas cuando se les consulta sobre la existencia de leyendas o mitos urbanos alrededor de la estatuaria de Buenos Aires. "En el Juicio Final de la Sixtina, Miguel Angel puso a los que odiaba como condenados, por lo que no me extrañaría que Hortal haya solicitado a Troiano Troiani esa temática; un poco como descargo de tanta presión", desliza Magaz.

Fernández añade que se trata de una práctica común dentro de esa rama del arte. "Los artistas incurrían muchas veces en una especie de juego o guiño imaginario con el otro. Especialmente, esto ocurría cuando había algo del contexto en que vivían que los inquietaba. Así, muchos escultores de la época, mediante sus obras, buscaban movilizar al pueblo y (volverlos cómplices)", subraya la arquitecta y deja abierta así la posibilidad de que este caso no escape a una tradición que se ha enraizado dentro de la historia argentina.

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