Carmen Argibay: la ley por encima de las propias ideas

En una entrevista publicada en Enfoques en 2007, de la que se presenta un fragmento, la jueza, fallecida el sábado 10, expone su forma de entender la independencia judicial
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18 de mayo de 2014  

-La mayoría de la clase política festejó un fallo que fue calificado como un triunfo sobre la impunidad. ¿Cómo vivió esas reacciones y qué peso tuvo para usted haber votado en contra de la corriente en una decisión, digamos, tan impopular?

-Fue una decisión sumamente difícil para mí porque no está en mi forma de pensar, ni en mis ideas, facilitar la impunidad de nadie. Fue una lucha interior entre lo yo creo que debe ser y el principio de la cosa juzgada. Por encima de mis gustos personales, e incluso de mis ideas, está la ley, y yo no puedo ignorarlo porque no podría seguir viviendo conmigo. Hubiera sido muy cómodo para mí sumarme a la mayoría porque, ¿quién me hubiera criticado? Nadie. Mucho menos, teniendo en cuenta mi historia personal. Probablemente al resto de la gente no le hubiera molestado que yo firmara con la mayoría, pero a mí sí. A mi conciencia, sí. De todas maneras, fue mucho el apoyo que recibí de gente que comparte que, si queremos salir adelante como sociedad, debemos respetar la Constitución siempre, no sólo cuando nos viene bien.

-¿Cómo fueron esos apoyos?

-La primera en llamarme fue una amiga, que estuvo secuestrada y fue torturada en la ESMA. Y me dijo: "Carmen, nosotros tenemos muchos muertos sobre nuestras espaldas, es la historia de nuestra generación, por esto te digo que estoy totalmente de acuerdo con lo que hiciste". Y eso, viniendo de una persona que no sabe cómo se salvó, es para mí mucho más importante que cualquier otra crítica que puedan hacerme. Yo sé que mis disidencias son antipáticas, y que no caen simpáticas en el Ejecutivo. O que, al menos, sorprenden.

-¿Por qué cree que sorprenden?

-Y, bueno, porque hay prejuicios. Y porque, en general, se parte del presupuesto de que todo el mundo es vengativo. Y, si ese señor fue o es tu enemigo, entonces hay que fallarle en contra. Y no: si tiene razón, hay que fallarle a favor, aunque no me guste el señor. Yo me centro en los hechos.

-No está mirando las encuestas.

-No, no miro eso. A veces, sí, trato de no ser demasiado hiriente. Porque puedo ser hiriente si quiero, ¿eh?

-Bueno, tampoco está obligada a ser la Madre Teresa...

-No lo soy, y creo que no hubiera podido serlo nunca, pero bueno...

-¿Es difícil mantenerse independiente en un gobierno con tanta vocación de avanzar sobre el resto de los poderes? Por ejemplo, ¿tiene relación con Kirchner, con Cristina o con Alberto Fernández?

-Ninguna. Por lo pronto, al Presidente lo he visto dos veces en mi vida: una, cuando me ofreció el cargo, y lo acepté. Y la segunda, cuando me dio el decreto de designación acá y vine a jurar. A Alberto Fernández lo conozco desde cuando era empleado acá en Tribunales, pero no tengo ninguna relación con él.

-¿Nunca la llamó por alguna resolución?

-Pero para nada. Y a Cristina ni la conozco. Me llamó una vez cuando estaba en La Haya, cuando ya estaba propuesta como candidata. A mí nunca jamás nadie me ha llamado para que resuelva de alguna manera, ni nada por el estilo (...)

-Pero en este último fallo en que la mayoría declara nulo en indulto, ¿no pudo haber falta de independencia o quizá la respuesta automática a algún reflejo del poder? Digo, pensando en la sobreactuación que, a veces, tiene este Gobierno en la agenda de derechos humanos.

-No, para nada. En esta Corte no hay mayoría automática, ni podría haberla jamás. Esta Corte es independiente. Ocurre que, en este caso, hay dos principios constitucionales en juego: por un lado, el derecho a la verdad de las víctimas y, por otro lado, está la cosa juzgada, que es la garantía fundamental de las personas de no ser procesadas dos veces por el mismo delito. Para mí, este último principio tiene preeminencia porque es el fundamento de la existencia misma del Poder Judicial. También creo que el derecho de las víctimas es muy respetable pero, en mi opinión, esa garantía pasa exclusivamente por el derecho a la verdad, que no queda afectado porque ese juicio, igual, va a seguir. Pero los dos principios tienen el mismo rango y ahí viene el conflicto (...)

-Según su propia evaluación, ¿cuál es la diferencia entre esta Corte y la que creó Menem?

-Muchísimas. Primero, en la Corte anterior, había una mayoría automática, lo que significa que ese cuerpo estaba atento a los deseos y necesidades de otro poder. Esto no pasa acá. Segunda: nosotros nos encontramos socialmente, comemos asado, nos llevamos muy bien. Y, aunque pensemos diferente, que pensamos, nuestra amistad no queda afectada. Los miembros anteriores, según sabemos, terminaron todos peleados, y así no puede trabajar un cuerpo colegiado. Nosotros debatimos mucho y tratamos de llegar a una solución común, aunque, a veces, como en este caso, no se puede. Y finalmente, la calidad intelectual de este tribunal es, a mi criterio, muy superior a la anterior (...)

-¿En qué cambió su vida desde que ingresó en la Corte?

-Cambió mucho. Antes, por ejemplo, podía andar muy tranquilita por la calle porque era una desconocida. Ahora es una cosa espantosa: me conocen en todas partes. Me tomo un taxi y el taxista me reconoce, ¿podés creer?

-Pero está bueno que un taxista reconozca a una jueza. Antes, nadie les conocía las caras, mucho menos el ciudadano común. ¿Y qué le preguntan los taxistas?

-Y, de todo un poco. También me preguntan si yo soy yo. Y a veces, cuando vuelvo de comer con amigos, cansada, después de una maratón aquí adentro, me dan unas ganas de decirle: "No, no soy Argibay; soy la hermana".

-Independientemente de la política partidaria sobre la que, sabemos, no puede opinar, y teniendo en cuenta sólo la cuestión de género, ¿le gusta la idea de tener una presidenta mujer en el sillón de Rivadavia?

-A mí sí, claro que me gusta. Porque los muchachos no hicieron las cosas tan bien. Así que ahora sería hora de darle una oportunidad a alguna muchacha. Y creo que es el momento: las mujeres están avanzando por derecho propio.

-Pero las muchachas no nos están haciendo quedar muy bien por estos días, ¿no le parece? Me refiero a los casos de la ex ministra Miceli y a Picolotti.

-Bueno, justamente. Vos decías antes que vivimos en un país machista, y es cierto. Y con esto no digo que ellas no hayan puesto las condiciones para el escándalo, pero si el protagonista hubiera sido un hombre, la noticia se hubiera agotado en dos días. Porque la gente está acostumbrada a que los hombres lo hagan.

-¿Qué cosa?

-Lo de Picolotti, por ejemplo. Los ministros o secretarios nombran a parientes y a nadie le parece mal. Mirá, en esta Corte hubo una acordada que les permitía a los ministros tener como secretarias a sus propias hijas. Yo jamás nombré a parientes en cargos en los que tuviera decisión. Y no porque vaya a nombrar a un incapaz. Como decía Somoza, cuando se defendía de cuestionamientos por haber nombrado a su parentela: "¿Qué culpa tengo yo de que todos mis familiares sean brillantes?"

En 2007, la Corte Suprema dejó sin efecto el indulto al ex general Santiago Riveros. Carmen Argibay votó en contra, y abrió la polémica. En esta entrevista, publicada el 22 de julio de ese año, realizada por Laura Di Marco, da sus razones.

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