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¿Nuestros próximos errores?

Nicolás Dujovne
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18 de mayo de 2014  

Suena increíble hoy, en esta economía del cepo en la que el Gobierno lucha cuerpo a cuerpo con quien sea para hacerse de migajas de las divisas que, por ejemplo "embuchan" a Uruguay. Sin embargo, uno de los principales riesgos macroeconómicos que tendrá la Argentina poskirchnerista vendrán de la mano de la abundancia de capitales.Desde 2008, en todos y cada uno de los años, la Argentina exhibió una salida de capitales cercana a los US$ 15.000 millones y armó una estructura de prohibiciones a importar, comerciar y a girar divisas consistente con esa sangría. Sin esa salida de fondos, habrá que adaptar gran parte de las políticas monetarias, fiscales y comerciales al nuevo escenario. Y en esa tarea de administrar la abundancia, algunas decisiones serán cruciales.

Finalizado el gobierno kirchnerista, es probable que la Argentina abandone el mundo de lo bizarro en materia de política económica. Pero más seguro que ello es que quien gobierne el país a partir de diciembre de 2015 también abjure de buena parte del esquema autárquico y expulsor de capitales, vigente desde hace ya casi una década. Habrá quien lo haga por convicción. Y quien no lo haga por ese motivo lo hará por conveniencia. Para recomponer la infraestructura del país se precisarán fondos externos ya que los capitales locales serán insuficientes y de corto plazo.

Los US$ 15.000 millones anuales que la Argentina expulsa al exterior se comparan con un movimiento inverso, de ingreso de fondos externos de seis puntos del PBI, que reciben en promedio los países de la región. Puesto en relación con el PBI de la Argentina, para parecerse a la región habría que tener un ingreso anual de fondos de US$ 25.000 millones, esto es, un cambio neto positivo de US$ 40.000 millones respecto de lo actual. Populistas o liberales, nadie podrá abstenerse de buscar esos fondos: nacería una "Argentina regional", cuyas políticas y dilemas serán notablemente diferentes a los de la exhausta "Argentina rebelde".

En la "Argentina regional", el Gobierno deberá acomodar el rendimiento de los bonos soberanos desde el 11% actual hasta el 5% de la región, resolviendo para ello el conflicto pendiente con los holdouts. Una vez abierto nuevamente el crédito externo no se necesitará más del financiamiento monetario del déficit y la inflación bajará desde el 35% actual hasta el 4% que promedian nuestros vecinos. El cepo no existirá puesto que será innecesario.

Cuando una economía se abre a la entrada de capitales se expone a nuevos riesgos y desafíos. Uno de ellos es la probable apreciación real de la moneda, con su consiguiente impacto negativo en la capacidad de crecer y generar empleo. Otro desafío viene dado por el excesivo aumento en el crédito y la probable aparición de problemas de solvencia del sistema financiero. Adicionalmente, la disponibilidad de fondos antes esquivos puede llevar al Gobierno o al sector privado a endeudarse en exceso. Buenas regulaciones prudenciales a los bancos y una mejora en las cuentas fiscales serán vitales para un buen manejo de los nuevos flujos externos disponibles, ya que ello permitiría comprar reservas con fondos del Tesoro, evitando la inflacionaria expansión monetaria o el costo cuasi fiscal asociado a la adquisición de esas divisas.

Pero nada de ello será suficiente para absorber el nuevo flujo de divisas si no se liberan las trabas a las importaciones y se abre la economía al comercio con el resto del mundo. Un crecimiento pujante de las compras externas permitiría no sólo inyectar una dosis de competencia muy necesaria en nuestra economía. Las importaciones serían además la principal fuente de absorción de las divisas que ingresarán a la Argentina. Sin esa demanda de divisas, la presión a la apreciación de la moneda sería inmediata a menos que el Banco Central repita los errores cometidos a partir de 2005, cuando en su afán de defender la paridad nominal (y no real) de la moneda empapeló a la economía de pesos y sembró la semilla de la inflación, que devino en apreciación cambiaria y cepo.

Resistirse a ese proceso por el que transitaron países tan fallidos como Australia, Canadá o Chile en los 90 sería penoso. El Chile gobernado por la coalición de socialistas y democristianos subió el superávit fiscal y bajó su arancel externo con el fin de promover la competitividad, la demanda de divisas y evitar la apreciación del tipo de cambio real. Los dólares alcanzarían para todos y todas. Paradójicamente, sólo permitiendo que crezcan las importaciones el país podrá hacer sostenible su nueva configuración económica.

Es altamente improbable que la Argentina tenga en claro esa hoja de ruta hacia la prosperidad. Una de las herencias que nos dejará el kirchnerismo es haber instalado el fetiche mercantilista del superávit de comercio como síntoma de fortaleza de la política económica. Ese comprensible discurso de quien aislado del financiamiento externo hace de necesidad virtud ha calado hondo y de manera transversal a lo largo de gran parte de los economistas y políticos de la oposición. Y se hace más intenso en los sectores políticos más poblados por ex funcionarios del ex presidente Kirchner.

Causas y consecuencias. Mientras la Argentina tuvo superávit externo durante el kirchnerismo fue porque, en conjunto, el sector privado y el público ahorraron más de lo que invirtieron o gastaron. Cuando ese ahorro se agotó, el superávit externo sólo pudo ser sostenido con cepo, trabas a las importaciones, recesión y, al final, falseando las cifras del comercio exterior. Que la herencia ideológica del kirchnerismo haga descarrilar la macroeconomía de los años por venir no está hoy en los papeles de nadie. Pero puede ocurrir.

El autor es economista

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