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Familias de tránsito: los que reciben en su casa a hijos de otros

En el país hay unas 2000 familias que se ocupan de bebes y chicos abandonados o abusados hasta que la Justicia resuelve su situación; entre la alegría de ayudarlos y la tristeza de tener que dejarlos ir
Evangelina Himitian
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27 de mayo de 2014  

Para Sandra, ese día tiene el rostro de Lucila, de dos meses y medio. Para Ana, el de Roxana, de un año y siete meses, y para Victoria, de Marcela, de casi dos años. Después de haberlas cuidado como a sus propios hijos, las vieron irse de regreso con su familia biológica o con sus padres adoptivos. Son parte de las casi 2000 familias que hay en el país que abrieron sus casas para recibir temporalmente a niños abandonados, maltratados o abusados, que fueron separados de sus padres hasta que un juez o el Estado resolviera su situación.

Estas mujeres, todavía, cuando recuerdan ese día, no pueden evitar las lágrimas. El vacío, el desarraigo, los sentimientos encontrados vuelven. Pero también, la convicción de haber pasado una experiencia que las enriqueció a ellas y a sus familias.

Los últimos datos disponibles de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Sennaf) indican que en el país hay 14.675 niños que crecen sin el cuidado de sus padres biológicos. El 14% de ellos vive en casas de familias de apoyo o acogimiento. Los demás viven en hogares de gestión privada o pública, a la espera de que se resuelva su situación. Ser una familia de tránsito implica recibir a un niño como a un hijo propio, cuidarlo, amarlo, darle la atención médica y afectiva que no tuvo, para pocos meses después verlo irse con su familia definitiva.

Estos padres temporarios no podrán, por ley, pedir la adopción de los chicos que recibieron. Deben saber que así como llegan un día se irán de su casa. Tienen que prepararse para esa despedida, que en la práctica puede resultar mucho más difícil y dolorosa de lo que imaginaron, sobre todo cuando el niño vuelve a un entorno complicado.

Sólo el 10% de los chicos que fueron alejados de sus padres por situaciones de violencia física, maltrato psicológico, abuso sexual o negligencia y abandono serán separados definitivamente de su familia biológica y dados en adopción. El 90% restante volverá a su entorno de origen. En la mayoría de los casos, alguna abuela, tía u otro pariente se hará cargo de él, según afirma el subsecretario de Promoción y Protección de Derechos de la Secretaría de Niñez bonaerense, Sebastián Castelú. En otros casos, volverá con sus padres, luego de que el juez considere que se resolvió la situación de maltrato, por ejemplo, al separar al violento del hogar.

La primera vez que Victoria Acosta escuchó de las familias de apoyo fue hace 20 años. Estaba en la fila para confesarse, en la Catedral de San Isidro, cuando el bebé de la mujer que estaba adelante le llamó la atención. "¿Es tuyo?", le preguntó. Entonces la señora le contó que lo criaba como si lo fuera hasta que le encontraran un hogar. "Yo no podría, me encariñaría", pensó Victoria. "Si no te encariñás, no servís", fue la respuesta.

Desde entonces, ella, su marido y sus siete hijos, que en ese entonces tenían entre 13 y 3 años, se convirtieron en familia de apoyo. Hoy es la directora de la asociación Familias de Esperanza, que cuenta con más de cien parejas voluntarias y por la que ya han pasado más de mil niños.

"Tenés que abrir lo más personal y valioso que uno tiene, que es su familia. Lo más importante que les dejamos a estos chicos es enseñarles a ser familia. A vivir una cotidianidad que tal vez nunca tuvieron. No necesitan que los llenemos de regalos ni que los llevemos a Disney", apunta Acosta.

Pero ¿cómo no encariñarse? ¿Cómo salir entero de semejante experiencia, sobre todo cuando ese niño que pasó casi un año con uno y su familia vuelve a un entorno en el que no recibirá los mismos cuidados? "Vas a sufrir. Pero lo importante no es uno, sino el otro", apunta Acosta.

Existen requisitos para convertirse en familias de acogimiento. La pareja tiene que tener hijos y no estar inscripta en el registro de adoptantes. Y obviamente, no tener antecedentes penales y ser evaluados positivamente por un equipo de psicólogos y sociólogos.

Desde el Estado no se da mucho impulso a esta modalidad de atención de niños alejados de sus padres porque se considera que el factor económico es para muchas familias la razón para abrir sus hogares. Según detalló Castelú, aquellas familias vinculadas a instituciones o programas públicos reciben unos 2000 pesos por cada chico. Sin embargo, las que se vinculan a ONG no reciben plata.

Otra de las razones que se alegan para desalentar estos programas es que las familias se encariñan demasiado y aunque firmaron un contrato por el que se comprometieron a no pedir la adopción de ese chico finalmente no logran desprenderse de él. "En algunos casos, las familias de acogimiento enmascaran una adopción irregular", apunta Castelú.

"Nosotros somos familias que recibimos en nuestra casa a un niño abandonado o en estado de abandono por un tiempo, mientras la Justicia decide su futuro. Realizamos este trabajo junto con los Tribunales de Familia, quienes nos otorgan la guarda del niño, y lo cuidamos en nuestra casa como un hijo más, sin ningún tipo de retribución económica ni de ninguna naturaleza", dice Silvina Villanueva, directora del Servicio de Hogares de Belén, del Movimiento Familiar Cristiano de la Iglesia Católica.

"No existe un entorno mejor para cualquier chico que crecer en una familia. No creo que nadie pueda decir lo contrario", agrega Acosta.

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