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Una denuncia en tiempos oscuros

En este fragmento de sus diarios, fechado en 1979, Castillo narra una inesperada visita durante la última dictadura
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30 de mayo de 2014  

Por fin, sucedió, por fin vinieron. Yo estaba solo en casa, gracias a Dios. Sylvia está en Junín. Hoy, es decir, anoche, a eso de las nueve o tal vez más temprano, la policía estuvo en casa. Escrito así parece aterrador, y quizá lo fue, pero yo no lo viví de ese modo. Quiero ser muy preciso. Lo peor, en estos casos, es dejarse llevar por la literatura patética o heroica. El que vino fue un oficial de policía –de la seccional sexta, supongo– acompañado por dos muchachos muy jóvenes, que parecían más bien conscriptos, y que estaban armados con metralletas. Tocaron directamente el timbre de mi puerta, y eso fue una suerte: si hubieran llamado desde abajo, habría sido peor; yo habría tenido que esperar que subieran los dos pisos de escalera. Así me sorprendió pero no me dio tiempo a imaginar nada; simplemente, un oficial de la policía estaba ahí, en mi puerta. Cuando abrí el postigo sólo vi a uno de los dos muchachos armados. El oficial dijo que quería conversar un momento conmigo, que era una cuestión de rutina. Intentaba ser amable, o lo era realmente. "Voy a buscar la llave", le dije. "Vaya, vaya tranquilo", me dijo. Entré en el escritorio, saqué de encima de la biblioteca el cuadro del Che, lo llevé al dormitorio y lo puse sobre la cama. Confieso que pensé ponerlo debajo, pero no fui capaz. Me dio vergüenza; era dejarse ganar por el miedo. Y era ridículo: si venían a buscarme o a buscar algo, iban a encontrarlo igual. O, mejor, iban a ponerlo ellos mismos, sin esperar a encontrarlo. Volví, abrí la puerta y sólo entonces descubrí al segundo muchacho armado. No estaba en el palier sino en la escalera. Dejé la puerta abierta, entré en el escritorio y me senté. El oficial entró solo. En ese momento, empezaron a pasar realmente las cosas. Desde la puerta del escritorio, mirando el retrato que me hizo Alonso y que está colgado sobre la mesa de ajedrez, a unos tres metros, dijo: "Carlos Alonso, qué gran pintor". Y ahora sí, me alarmé. Este hombre es un profesional, pensé; éste es un especialista en intelectuales. Y además, Carlos Alonso, a quien le mataron la hija, a Paloma. El oficial, con toda naturalidad, me dio la espalda y se puso a mirar la biblioteca. No a investigarla, a mirarla, como cualquier persona curiosa acostumbrada a los libros mira una biblioteca ajena. Más o menos a la altura de sus ojos quedaron mis libros anarquistas, los cuatro tomos azules de la selección de Lenin, los veo mientras escribo, las Obras escogidas de Marx y Engels, y como contrapeso el Mein Kampf. Siempre he pensado que sacar los libros de la biblioteca es absurdo. Ellos mismos traen lo que quieren encontrar. Por otra parte, se supone que en la biblioteca de un escritor puede y debe haber cualquier libro; son su herramienta de trabajo. Claro que este argumento no habría tenido mucho peso si se hubiera tocado el tema. Desde allá me dijo: "No vaya a pensar que nos gusta hacer este tipo de cosas. Vengo porque un vecino hizo la denuncia de que en este departamento entra mucha gente a cualquier hora". Le dije que era cierto, que yo daba cursos literarios, que sacaba una revista de literatura y que era escritor. "Sí, sabemos perfectamente quién es usted": seguía siendo muy amable. Me cruzó por la cabeza, en un segundo, lo que voy a tratar de escribir ahora.

Me acordé de Conti. Hace tres años, cuando se lo llevaron, la mujer de Haroldo me llamó por teléfono para que yo le pidiera a Sabato, que iba a almorzar con Videla, que intercediera por él. Cuando le pregunté cómo se lo llevaron, ella me contó que habían sido muy corteses y que en algún momento, Haroldo, cuando se acercaron a su máquina de escribir, les dijo que no la tocaran, que estaba escribiendo un cuento. Uno de ellos le dijo: "Sí, ya sabemos quién sos; y no te creas que no nos gusta lo que escribís".

Todo eso, en un segundo. Y sobre esto mis propias palabras que no sé de dónde salieron: "Además, le dije, en este edificio entra mucha gente joven, no sé si se habrá fijado al subir que en el primer piso hay un cartel que dice Olga Vinci, clases de danza; entran malones de chicas, pero, infortunadamente –éste es el adverbio que usé, ignoro por qué refinamiento producto de la situación–, infortunadamente, no todas suben a mi departamento". El tipo se rio. Después dijo algo así como: "De todos modos sería una lástima que una persona como usted pisara una comisaría por una cosa como ésta". No más de cinco minutos más tarde, todos se habían ido. No sé exactamente qué quiso decir con "una persona como usted". ¿Una tenue amenaza, un reconocimiento? Tampoco sé por qué "sería una lástima", aunque es una idea fácil de completar.

Ahora es de madrugada y ya he tenido tiempo de reflexionar sobre lo que sucedió. No se lo voy a contar a Sylvia.

Lo único que me preocupa, lo que verdaderamente es para dar un poco de miedo es esa mención casi casual del policía: "Vengo porque un vecino hizo la denuncia". En este cuerpo del edificio sólo hay siete departamentos. Si es cierto lo que dijo ese hombre, en uno de esos departamentos vive alguien que, para decirlo con suavidad, no me quiere demasiado.

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