Los costos de mirar sólo el corto plazo

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
Los vaivenes de YPF en las últimas décadas reflejan cómo los sucesivos gobiernos desestimaron una visión estratégica de país que hubiera permitido un crecimiento genuino
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30 de mayo de 2014  

Uno de los famosos "mandamientos" de Federico Manuel Peralta Ramos -el mítico personaje que solía aparecer en el programa del genial Tato Bores- consistía en "darse cuenta". Esto viene a cuento porque vivimos en un tiempo en el que pareciera que nadie se da cuenta de cómo son los hechos. Se cerró hace poco un nuevo capítulo del azaroso derrotero de YPF con la salida de Repsol de la empresa. Repasar su historia y la de la industria petrolera en las últimas décadas nos ayudará a darnos cuenta del estropicio que cometió el país en este terreno.

Cuando el gobierno radical de Arturo Illia anuló los contratos petroleros firmados por Perón y Frondizi, buena parte de la sociedad respaldó la decisión, ya que muchos veían con malos ojos que empresas extranjeras ganaran dinero con un recurso nacional.

Las multinacionales habían realizado importantes inversiones en distintas regiones, por lo cual el país se hizo cargo de una compensación. Al efecto, fueron dinero quemado y años perdidos, porque tiempo después volvimos a llamar a las multinacionales (aún hoy seguimos buscándolas). Y la sociedad no se dio cuenta del desatino, ya que muchos consideran al autor de aquella gesta un defensor del interés nacional.

Las instalaciones, hechas a la medida de la geografía y las condiciones del país, optaron por venderlas a inversores locales a precios de ganga y amplias facilidades, con la condición de que no sea al Estado nacional. Así, una veintena de empresas argentinas se sumaron al negocio petrolero en el que ya operaban algunas compañías nacionales.

Muchas de estas empresas, sin tradición ni experiencia en el negocio energético, iniciaron un camino de aprendizaje y capitalización, y a pesar de los constantes cambios de reglas y crisis del país, constituyeron el sector petrolero privado más importante de América latina desde un país con menos de la vigésima parte de las reservas de las potencias petroleras de la región, como México y Venezuela. Esto habla bien de la capacidad de los empresarios argentinos cuando las condiciones lo permiten.

Cuando, a comienzos de los 90, Menem desregula la actividad, esas empresas jugaron un rol fundamental en la extraordinaria expansión de la producción, que llevó al país primero al autoabastecimiento, y luego a ser exportador neto de hidrocarburos, con el consiguiente ingreso de divisas.

La YPF que heredó Menem era un lastre. Con casi 60.000 funcionarios, era la única petrolera del mundo que perdía dinero. Su privatización parcial con control estatal y su transformación en una empresa moderna, eficiente y rentable fue un gran acierto.

Hasta esos años, los países de la región habían tenido reservado el negocio energético para sus empresas estatales. Debido a la incapacidad financiera, operativa y tecnológica para abastecer con ese modelo sus necesidades energéticas, no tuvieron más remedio que abrir el sector a la inversión internacional.

Se presentó entonces una oportunidad de oro para las petroleras argentinas. Y no la dejaron escapar.

YPF, por su dimensión, capacidad financiera y peso en el sector, lideró la entrada en muchas licitaciones, llevando de la mano a otras petroleras nacionales .

La legión argentina participó en distintos grados en esa etapa del desarrollo energético en Perú, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Colombia y Brasil, convocando a ingenieros, técnicos y especialistas nacionales. Se generó, además, renta fuera del país que quedó en manos de argentinos. En esos países pasó a estar buena parte del potencial de negocios para las petroleras argentinas.

El menemismo, sin embargo, acabó arruinando mucho de lo bueno que había hecho. Al desprenderse del total del capital de YPF y de su control para cubrir gasto público y, luego, al ser el principal causante de la crisis de 2001 por no haber moderado el despilfarro consumista al final de su gestión, no sólo comprometió el destino de esa empresa, sino el de casi todo el sector petrolero nacional.

Los nuevos adquirientes de YPF, como era de prever, prescindieron de las asociadas argentinas para la cruzada latinoamericana, optando por empresas españolas u otras europeas.

Al perder a la empresa líder para operar en la región y verse afectadas por la brutal devaluación -la mayoría tenía préstamos en dólares en el exterior que no pudieron pesificar- muchas empresas se sintieron empujadas a vender sus negocios a capitales extranjeros.

Al desarticularse el sector petrolero, casi 40 años de esfuerzo empresario se tiraron por la borda.

El gobierno de la Alianza no estuvo exento del desquicio: prorrogó las concesiones más importantes a precios absurdamente bajos en tiempos todavía de petróleo barato para pagar gasto público y seguir manteniendo la fiesta consumista. Para que un sector de los argentinos -y no precisamente el de los más necesitados- pueda seguir pavoneándose por Miami como si estuviera en Mar del Plata.

Lo que vino después es conocido. Al congelarse los precios de la energía y subir desmesuradamente las retenciones se fomentó el derroche y se desalentó la producción, lo que llevó al país de exportador neto a fuerte importador, con su impacto en el déficit fiscal y las cuentas externas. Lo hicimos para castigar a las empresas que invirtieron durante el menemismo -nuevamente, con el beneplácito de la sociedad, ya que nadie se rasgó las vestiduras por ellas-, a la vez que para favorecer el consumo. Y allí están, pendientes de ser pagados con bonos (todo lo arreglamos con bonos que deberán pagar otros gobiernos) los juicios perdidos en el Ciadi.

En una política diametralmente opuesta a la de estos días, de apoyo a la empresa, el kirchnerismo se la pasó hostigando a la YPF de los españoles. Más, cuando la forzó a cuasi regalarle a un grupo local afín la cuarta parte de la empresa, le prenunció lo que venía después: que se iba a quedar con la compañía. Ese acto estuvo al borde de la estupidez (la izquierda radical, si se hubiera dado cuenta, lo hubiera calificado de traición). Lo último que hay que hacer es anunciar con años de anticipación una decisión tan osada. Esto les permitió a los españoles, que se habían dado cuenta, acelerar el proceso de desguace de las operaciones de YPF fuera del país a favor de Repsol España -que era una empresa local española y se volvió internacional con los activos latinoamericanos de YPF- y hacer un vaciamiento financiero de la compañía. Es decir, repatriar dividendos presentes y futuros y financiar con deuda externa los costos operativos en el país, teniendo para ello un justificativo perfecto servido en bandeja: era la única manera en que el socio local impuesto por el gobierno pudiera pagar sus cuotas partes. Los ejecutivos españoles hicieron lo que entendieron que era legítimo en esas circunstancias. Lo mismo haría cualquier empresario de cualquier nacionalidad en su sano juicio en una situación similar, si creyera que comienzan a quitarle algo que por los usos y por la ley le pertenece.

En el desguace, lo único que dejaron para la empresa argentina fue la operación de Bolivia, como para disimular el saqueo.

Luego siguió lo que estaba anunciado: la confiscación de la empresa, que significó la ruptura definitiva del canal de inversión con España y con el mundo. Forzada por las circunstancias, se concretó finalmente la estatización, que fue pagada con bonos que deberá atender un próximo gobierno.

Para colmo, al margen del justificado malestar de los españoles por el atropello con que se manejó el proceso, que no se ajustó al más mínimo decoro, Repsol hizo un negocio espectacular a costa del patrimonio de los argentinos. El país tuvo el peor de los resultados imaginables: lo esquilmaron y encima quedó pésimamente visto por la comunidad internacional de negocios.

Si esto es sólo un botón de muestra de cómo el país maneja sus recursos públicos y hasta los supedita a efectos comunicativos con fines políticos, ¿de qué nos sorprendemos? Todo ha sucedido sin que la sociedad se diera cuenta. ¿Habrá llegado la hora de que empiece a darse cuenta?

Si no, habrá que hacer un tratamiento colectivo para volver pétreos nuestros rostros -aunque muchos no lo necesiten- para poder mirar con indiferencia la desigualdad y la pobreza, porque estaremos condenados a vivir con ellas por mucho tiempo.

El autor es empresario y licenciado en Ciencia Política

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